Costa Rica ha construido durante décadas una marca turística valiosa. Biodiversidad, áreas protegidas, estabilidad, hospitalidad, servicios especializados y el “pura vida” permiten ofrecer una experiencia que no pretende ser de bajo costo. Esa diferenciación es una fortaleza nacional.
Sin embargo, diferenciarse no significa estar fuera de competencia.

El Instituto Costarricense de Turismo sostiene que los principales competidores del país no están en Centroamérica ni América Latina, sino en destinos como Indonesia, Tailandia, Vietnam o Nueva Zelanda. La comparación tiene cierta lógica en determinados segmentos: todos combinan naturaleza, actividades al aire libre y una oferta de aventura, bienestar o sostenibilidad comparable. Todos tienen turismo de lujo, aunque también atacan otros segmentos.
No obstante, esa definición de las autoridades es demasiado estrecha para entender cómo decide un viajero su destino y para diagnosticar los riesgos que vive el turismo nacional.
Un turista que busca turismo de naturaleza, playa y montaña no solo estudia la biodiversidad del destino, sino también facilidad de llegada, conectividad interna, seguridad, infraestructura, opciones de hospedaje y la relación general entre lo que paga y recibe. Bajo esa lógica, Panamá, Colombia, México, República Dominicana, Guatemala, Ecuador, Perú o El Salvador sí pueden competir con Costa Rica, al menos en algunos segmentos.
Paralelamente, la competencia en turismo no es solo por visitantes, sino también por inversión. Existe una disputa permanente por inversión hotelera, rutas aéreas, operadores, mercados y reputación. Un inversionista compara seguridad jurídica, trámites, costos, infraestructura, acceso a aeropuertos y perspectivas de retorno frente a otras opciones regionales.
Excluir de entrada a los vecinos puede ser una narrativa reconfortante, pero no una política útil. Es un espejismo que elude la discusión central: Costa Rica no tiene un problema por aspirar a ser diferente pero sí lo tiene si pretende cobrar cada vez más por una experiencia cuya calidad no avanza al mismo ritmo.
El país no debe competir por ser barato; esa sería una carrera equivocada, incompatible con la protección ambiental y el modelo turístico que ha distinguido a Costa Rica. La meta debe ser atraer visitantes que valoren la naturaleza, la calidad y una oferta auténtica, y estén dispuestos a pagar por ellas. Pero hay una diferencia entre ser un destino premium y ser simplemente un destino caro.
Un destino premium justifica su precio con una experiencia superior y consistente. Ofrece traslados razonables, seguridad, conectividad, servicios confiables, destinos bien gestionados y actividades que permiten conocer el país cómodamente más allá del hotel. Demuestra, además, que su sostenibilidad no es publicidad, sino una práctica que protege recursos y genera oportunidades comunitarias.
Un destino caro, en cambio, traslada al turista el costo de sus deficiencias. Le cobra más mientras las carreteras vuelven imprevisible el traslado, la congestión reduce el tiempo útil de las vacaciones, la inseguridad amenaza una reputación construida durante décadas y la infraestructura queda rezagada.
La apreciación del colón frente al dólar ha hecho más visible este dilema. Las empresas reciben buena parte de sus ingresos en moneda extranjera, pero pagan salarios, servicios e insumos en colones. A la vez, un país más caro en dólares cambia la percepción de valor. El encarecimiento no tiene por qué expulsar al visitante, pero puede hacerlo permanecer menos tiempo, concentrar su itinerario y dejar menos gasto distribuido fuera del hotel. Para pymes, guías, restaurantes, transportistas y comercios, esa diferencia resulta determinante.
Las cifras aconsejan prudencia, no triunfalismo. Costa Rica acumuló un aumento de 5,8% en llegadas aéreas durante los primeros ocho meses de 2026, pero agosto cerró con una caída interanual de 5,9%. El ingreso desde Estados Unidos descendió 13,9% ese mes. Los datos no hablan de una pérdida estructural de competitividad, pero obligan a atender las señales de alerta.
La respuesta no es rebajar al país ni abandonar su aspiración de calidad, sino volverla comprobable. Para ello se debe mejorar la movilidad y la conectividad, reforzar la seguridad, ejecutar infraestructura prioritaria, proteger el ambiente y apoyar a las empresas que sostienen la experiencia turística fuera de los grandes complejos.
Costa Rica puede ser diferente, pero no puede actuar como si estuviera sola. Un país que niega a sus competidores regionales corre el riesgo de negar los problemas que debe resolver para seguir mereciendo el precio que cobra.