Costa Rica ya decidió. Laura Fernández será la próxima presidenta, y esa certeza cambia la pregunta de fondo: ya no es si puede ganar, sino cómo va a gobernar. El país no le entregó un puesto administrativo; le entregó la jefatura del Estado y del Gobierno. A partir de ahora, su obligación política no es ejecutar un libreto heredado, sino escribir el suyo y hacerse responsable de cada línea.
Y aquí empieza la incomodidad que algunos preferirían esquivar: cuando un liderazgo personalista como el de Rodrigo Chaves deja el escenario formal, rara vez se resigna a dejar el mando real. La tentación de gobernar “por control remoto” —con operadores, mensajes, presiones, lealtades y un relato de “aquí manda el que manda”— es tan vieja como la política misma. El problema es que también es igual de corrosiva: convierte el Gobierno en franquicia, la Presidencia en fachada y al país en rehén de una figura que necesita conflicto para seguir siendo el centro y regresar después de algunos años a concursar de nuevo formalmente por la presidencia.
En una república, esa franquicia es un fraude moral: se preserva la marca, se preserva la tropa, se preserva la narrativa, pero se diluye la responsabilidad. En una democracia madura, quien manda firma y quien firma manda; cuando se separan esas dos cosas, la rendición de cuentas se vuelve un juego de sombras. Ahí nace la peor versión de la política: poder sin cargo y cargo sin poder, el que ordena sin responder y el que responde sin decidir.

El nombramiento de Fernández como ministra de la Presidencia, bajo el argumento de “mejorar la transición”, puede leerse de dos maneras. La lectura inocente: se busca orden y continuidad técnica. La lectura política —y la que el nuevo gobierno debe disipar de inmediato— es más grave: que no estamos ante una transición, sino ante la instalación de un puente para que el poder siga fluyendo en una sola dirección, con el viejo jefe marcando ruta mientras la nueva presidenta electa deja de ser un par para convertirse en subordinada. Si esto no se corrige desde el inicio, la transición dejará de ser un período y pasará a ser un método.
Si el país votó por Fernández, votó por Fernández, no por un experimento de doble mando ni por una Presidencia tutelada. La democracia no es la coartada para mantener un liderazgo al mando cuando ya no corresponde; es el mecanismo para que el poder cambie de manos dentro de reglas y bajo límites. Votar no autoriza tutelas: delega autoridad y exige resultados con responsabilidad identificable.
El riesgo se amplifica si una parte del nuevo Congreso —por cálculo, por conveniencia o por miedo— decide no comportarse como una bancada seria sino como diputados que no legislan para el país, sino para mantener vivo al líder que añoran y acelerar su reaparición. Ese juego es rentable para quienes viven del aplauso fácil, pero es un veneno para la democracia: reemplaza políticas públicas por fidelidades y reformas por lemas. Un país no se desarrolla obedeciendo caudillos; se desarrolla mejorando sus instituciones, premiando la sana competencia, elevando la productividad y aceptando que el poder político tiene límites.
Laura Fernández no puede permitir que su gobierno nazca con sombra. Si empieza con deuda de autoridad puede terminar con crisis de gobernabilidad. Su tarea es cortar, temprano y sin ambigüedades, cualquier expectativa de “mando compartido”. ¿Cómo? Con señales concretas: un gabinete que responda a ella y no a intermediarios; una agenda legislativa presentada por su administración, no por orientaciones externas; una política de comunicación que informe, no que incendie; y la disposición a contradecir públicamente al antiguo jefe cuando lo que este exija choque con el interés nacional.
Si Fernández quiere presidenta —no un trámite, no un puente, no un comodín— debe ejercer el mando con serenidad, pero con firmeza. Debe ser capaz de decir “gracias” y también “hasta aquí”. Debe entender que su legitimidad no se alquila ni se comparte: se ejerce.
Laura Fernández ganó. Ahora debe hacer algo más difícil: convertirse, de verdad, en presidenta. No en administradora de nadie, ni en eco de un estilo, ni en rehén de una narrativa. Presidenta significa decidir con autonomía, unir con pragmatismo y responder por el resultado. Ese es el mandato que empieza ahora, aunque la toma de posesión sea después.