A las puertas de las elecciones de 2026, nos enfrentamos nuevamente al ritual más sagrado de nuestra vida cívica. En medio del ruido de la campaña, la dictadura de los algoritmos y una polarización que define el espíritu de nuestra época, corremos el riesgo de olvidar la razón fundamental por la que acudimos a las urnas.
Existe una noción romántica, pero peligrosamente equivocada, de que la unidad nacional implica uniformidad de pensamiento. A menudo escuchamos lamentos sobre la “división del país”, como si el desacuerdo fuera el síntoma de una enfermedad social terminal. Nada más lejos de la verdad. La democracia republicana no es el sistema que diseñamos porque todos pensemos igual; es, precisamente, la estructura que construimos porque tenemos visiones radicalmente diferentes del mundo y de lo que el Estado debería hacer.
Si todos coincidiéramos en cómo gestionar la economía, cómo financiar la seguridad social o cuál es la ruta óptima para acabar con la galopante inseguridad, la democracia sería un estorbo innecesario; bastaría con una simple administración burocrática. Pero la realidad humana es diversa, conflictiva y áspera. La república es el sistema mediante el cual acordamos que esas diferencias, por profundas e irreconciliables que parezcan, se diriman mediante reglas institucionales y no mediante la fuerza o la imposición de una voluntad única.
Bajo esta premisa, el voto del 2026 adquiere una dimensión de responsabilidad crítica. Si aceptamos que el objetivo no es aniquilar al adversario político, sino convivir con él bajo un mismo techo legal, la calidad de nuestra decisión no puede depender del impulso emocional o de los memes que nos llegan por WhatsApp. Degradar nuestra elección a eso es una frivolidad que pagaremos cara.
El llamado al voto responsable e informado no es un sueño imposible en nuestra “civilización del espectáculo”; es un mecanismo de defensa propia. Un ciudadano que no se informa, que no contrasta propuestas y que vota únicamente desde la ira, la venganza o la afinidad superficial, está firmando un cheque en blanco contra su propio futuro y saboteando el de sus conciudadanos.
Informarse hoy implica un esfuerzo activo y exigente. Significa analizar la letra menuda de los planes de gobierno, cuestionar con severidad la viabilidad financiera de las promesas y auditar el talante democrático de quienes aspiran a gobernarnos. Debemos preguntarnos sin miedo: ¿respetan estos candidatos la división de poderes?, ¿entienden que llegar a la Presidencia de la República o a la Asamblea Legislativa no es recibir una patente de corso para la imposición absoluta, sino un encargo limitado para la negociación constante?
Costa Rica posee un tesoro institucional que muchas naciones envidian, pero que no es indestructible. Su supervivencia depende, ante todo, de la madurez de un electorado capaz de distinguir entre la política de lo posible y la venta de falsas ilusiones. Nuestra democracia, como toda obra humana, tiene defectos y exige correcciones urgentes; pero no nos equivoquemos: esos arreglos requieren la precisión del bisturí, no la brutalidad de la dinamita.
En estos días decisivos, la invitación es sencilla: apagar el ruido y encender el análisis. Busquemos liderazgos capaces de administrar el disenso, de construir puentes sobre las grietas ideológicas y de respetar las reglas del juego que nos permiten ser libres siendo todos diferentes.
Votemos plenamente conscientes de que, al día siguiente de la elección, una parte del país habrá perdido y otra habrá ganado, pero todos —sin excepción— tendremos que seguir conviviendo, trabajando y construyendo esta nación juntos. Esa es la esencia de la república: la garantía de que nuestra visión del mundo tiene un espacio seguro para existir, incluso cuando no es la visión de la mayoría. Honremos ese pacto con un voto inteligente.
