Por: Joschka Fischer.   4 octubre
Si el resto de Europa siguiera el ejemplo británico y optara por el siglo XIX en lugar del siglo XXI, cada país de ese continente se vería obligado a volver a un engorroso sistema de estados soberanos en lucha por la supremacía, midiendo constantemente las ambiciones de los demás.
Si el resto de Europa siguiera el ejemplo británico y optara por el siglo XIX en lugar del siglo XXI, cada país de ese continente se vería obligado a volver a un engorroso sistema de estados soberanos en lucha por la supremacía, midiendo constantemente las ambiciones de los demás.

Solo quedan unos cuantos meses para que el Reino Unido oficialmente deje de formar parte de la Unión Europea. Hasta el momento, el debate en torno al Brexit se ha enmarcado principalmente en términos económicos. En caso de que el país abandone el bloque sin un acuerdo mutuo de salida, probablemente el daño sea significativo. Y, tal como están las cosas, un acuerdo así está lejos de lograrse.

Un “Brexit duro” significaría que a las 11:00 P.M. (GMT) del 29 de marzo de 2019 acabaría la calidad de miembro del Reino Unido en todos los tratados de la UE –como la unión aduanera y el mercado único- y los acuerdos de comercio internacionales firmados por esta. El Reino Unido se convertiría en un simple tercero, lo que conllevaría amplias consecuencias para el comercio de la UE, no en menor medida el caos en la frontera británica.

Pero el Brexit tendrá grandes consecuencias políticas también, por supuesto. En términos de los asuntos cotidianos, la UE se percibe como un mercado común y una unión aduanera. Pero en esencia es un proyecto político sustentado en una idea específica sobre el sistema de estados europeo. Esta idea, no su economía, es a lo que apunta realmente el Brexit. Y por eso la decisión del Reino Unido de dejar la UE —con o sin un acuerdo de salida— tendrá un profundo efecto en el orden europeo del siglo XXI.

La estrecha mayoría de británicos que votaron a favor de dejar la UE en el referendo de 2016 no estaban preocupados de la riqueza económica, sino por reclamar una soberanía política completa, definida no en términos de hechos objetivos sobre el presente o futuro de Gran Bretaña, sino de su pasado como potencia global en el siglo diecinueve. No importa que hoy sea una potencia europea de tamaño medio con poca o ninguna opción de volverse a convertir en potencia mundial, fuera o dentro de la UE.

Si el resto del continente siguiera el ejemplo británico y optara por el siglo diecinueve en lugar del siglo veintiuno, la UE se desintegraría. Cada país se vería obligado a volver a un engorroso sistema de estados soberanos en lucha por la supremacía, midiendo constantemente las ambiciones de los demás.

En tales condiciones, los países europeos carecerían de cualquier poder real y desaparecerían de la escena mundial definitivamente. Dividida entre el transatlanticismo y el eurasianismo, Europa sería presa fácil para las grandes potencias no europeas del siglo veintiuno. En un escenario más pesimista, incluso podría volverse un campo de batalla para ellas. Los europeos ya no elegirían su propio futuro, que se decidiría en otros lugares.

Soberanía europea

El viejo orden europeo en declive del siglo XIX surgió originalmente de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), relevando al sistema medieval sustentado en una iglesia y un imperio universal, que había muerto con la Reforma. Tras una serie de guerras de religión y la creación de sólidos poderes territoriales, el “sistema westfaliano” de estados soberanos pasó a predominar.

En los siglos siguientes Europa gobernó el mundo, y la propia Gran Bretaña fue la potencia europea predominante. Sin embargo, el sistema westfaliano quedó destruido por las dos guerras mundiales de la primera mitad del siglo veinte, ambas de las cuales fueron en la práctica guerras europeas por la dominación mundial. Cuando en 1945 se silenciaron las armas, los europeos (incluso los países aliados europeos victoriosos) habían perdido la soberanía en la práctica. El sistema westfaliano se reemplazó por el orden bipolar de la Guerra Fría, en que la soberanía descansaba en las potencias nucleares no europeas: los Estados Unidos y la Unión Soviética.

La UE se concibió como un intento de recuperar pacíficamente la soberanía europea, mediante la agrupación de los intereses nacionales de los estados europeos. Su meta siempre ha sido impedir una vuelta al sistema antiguo de rivalidades de poder, alianzas recíprocas y fanfarronadas sobre quién tiene la hegemonía. La clave para el éxito ha sido un sistema continental fundado en la integración, económica, política y legal.

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El derrumbe del Brexit

El Brexit ha puesto muy de relieve las implicancias materiales de este nivel de integración. A lo largo de las negociaciones del Reino Unido con la UE, ha resurgido un viejo problema: la cuestión irlandesa. Cuando la República de Irlanda y el Reino Unido pertenecían a la UE, los ímpetus por la reunificación irlandesa desaparecieron, y se pudo acallar la guerra civil que por décadas había enfrentado a católicos y protestantes en Irlanda del Norte. Las realidades prácticas de la integración con la UE significaron que ya no importaba a qué país pertenecía Irlanda del Norte. Pero ahora que el Brexit pone en reversa la historia, los fantasmas del pasado amenazan con regresar.

Los europeos deberíamos observar atentamente el asunto irlandés, ya que hay incluso más potencial para un regreso de conflictos similares en el continente. Está surgiendo un nuevo orden mundial, centrado en torno al Pacífico, no el Atlántico. Europa tiene una, y solo una, oportunidad de manejar esta transición histórica. Las viejas naciones estado europeas no podrán competir a menos que estén unidas. E incluso entonces, para lograr la soberanía europea será necesario un esfuerzo masivo y concentrado de voluntad y destreza políticas.

Añorar un pasado glorioso no ayudará a los europeos a enfrentar el desafío que se les presenta. El pasado, por su propia naturaleza, pasado está. Con o sin el Reino Unido, Europa debe afrontar su futuro.

Joschka Fischer, ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.

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