En otros tiempos, los aranceles a las importaciones se veían más que nada como una herramienta para proteger las industrias locales, con el pretexto de mejorar la balanza comercial; pero ahora se usan para debilitar a rivales geopolíticos y crear incertidumbre estratégica. Sus nuevas aplicaciones se extienden incluso a presionar a aliados en pos de concesiones territoriales: en su intento de hacerse con el control de Groenlandia, la administración Trump está amenazando a ocho países europeos con imponerles nuevos aranceles (todo con el pretexto de la seguridad económica nacional). Pero el debate sobre los aranceles (incluidas las amenazas de Trump a Groenlandia) se basa en gran medida en marcos económicos obsoletos que no tienen en cuenta una característica distintiva de la economía global moderna: la profunda interconexión de las redes de producción y financieras.
Como resultado de esas redes, los aranceles pueden tener efectos muy diferentes de lo que predicen los modelos económicos tradicionales. En vez de provocar distorsiones limitadas y transitorias, puede ocurrir que generen inflación persistente, caídas de la producción significativas y poderosos efectos derrame internacionales, con traslado de la incertidumbre arancelaria al ámbito financiero; y los efectos pueden tardar bastante tiempo en materializarse.
La razón es sencilla: en la economía actual, los aranceles no afectan sólo la demanda, sino también la oferta. Aunque el efecto de redirección de la demanda a productos de fabricación local se mantiene, esos productos ahora son muy dependientes de insumos intermedios importados. En una variedad de ámbitos (de la fabricación de componentes a la energía, la logística y los servicios empresariales), hoy las empresas compran insumos en todo el mundo y dependen de complejas cadenas de suministro y redes financieras transfronterizas. Cuando los aranceles encarecen los insumos importados, provocan un aumento directo de los costos marginales de las empresas y del costo de la actividad económica en todas partes.
Este encarecimiento se propaga a través de las redes de producción a todos los sectores y países. Industrias que al parecer sólo están expuestas en forma indirecta (por ejemplo servicios o eslabones posteriores de la cadena de producción) pueden experimentar importantes aumentos de costos y presiones sobre los precios. El resultado es que los aranceles distorsionan no sólo las decisiones de compra de los consumidores, sino también los modos de producción e inversión de las empresas. Al contraerse la producción, se reduce la productividad y surgen presiones inflacionarias que se extienden mucho más allá de los sectores inicialmente afectados.
Para colmo, el efecto inflacionario puede ser duradero. En muchos sectores, las empresas no suelen cambiar los precios con frecuencia, por razones contractuales, estratégicas o porque esas modificaciones son costosas. Estas rigideces nominales implican que un aumento de costos no se trasladará de inmediato a los precios, sino que irá produciendo sus efectos en forma gradual. Y en una economía multisectorial con vínculos entre insumos y productos, este ajuste gradual generará efectos persistentes, porque los cambios de precios del pasado seguirán influyendo en el nivel de inflación actual. Incluso tras la desaparición del shock arancelario, puede ocurrir que sus efectos perduren conforme los aumentos de costos se van abriendo paso por la red de producción.
Este mecanismo provoca un cambio fundamental en la relación entre inflación y nivel de actividad que enfrentan los bancos centrales. Para contener un aumento inflacionario que no es puntual, sino un proceso prolongado, las autoridades monetarias tienen que mantener una política restrictiva por más tiempo, y eso amplifica la pérdida de producción. De modo que aunque los aranceles sean temporales, la economía puede experimentar una estanflación (aumento de la inflación y caída de la producción al mismo tiempo). Además, este resultado no depende de supuestos extremos sobre la sustitución de importaciones (que el país sustituya o no los productos extranjeros por otros de fabricación local). Incluso si al final las empresas pueden cambiar de proveedores, las complementariedades de las redes de producción llevarán a que el proceso de adaptación a los aranceles temporales sea lento y costoso.

Los aranceles también alteran la dinámica financiera mundial. Lo usual en una economía con mercados financieros incompletos es que los tipos de cambio respondan no sólo a los precios relativos sino también a transferencias de riqueza inducidas por la política comercial. Cuando una economía importante impone aranceles, se producen cambios en la demanda mundial y una transferencia de poder adquisitivo hacia el país arancelador, que provocan una apreciación de su moneda. Puede ser que al principio la balanza comercial mejore, pero esa apreciación llevará a un déficit comercial sostenido a largo plazo.
¿Por qué entonces el dólar se depreció desde el inicio en abril pasado de la guerra arancelaria global del presidente Donald Trump? La respuesta es que el impacto económico de los aranceles no depende de su implementación real. Aranceles anunciados pero no implementados pueden ser igual de disruptivos, y el aumento de incertidumbre sobre la política comercial y económica puede debilitar la moneda del país arancelador (como ha ocurrido en Estados Unidos durante el último año).
Frente a la expectativa de barreras comerciales en el futuro, las empresas y los hogares ajustan su comportamiento de inmediato: adelantan importaciones, recalculan el valor de las monedas y revisan los planes de consumo e inversión. Si los intermediarios financieros aumentan los requisitos de ahorro preventivo y las primas de riesgo, la moneda local se depreciará incluso con aranceles pequeños o con la mera amenaza de aranceles. Estos ajustes en respuesta a expectativas pueden generar presiones deflacionarias y caída de la producción incluso antes de la imposición efectiva del arancel. Es decir que la incertidumbre en sí misma se convierte en un potente canal de transmisión de la política comercial, y eso magnifica la volatilidad en los mercados de bienes y financieros.
Esta dinámica permite extraer tres enseñanzas. En primer lugar, la política comercial no se puede evaluar separada de las redes de producción. Todo modelo que ignore los vínculos entre insumos y productos en las redes de producción y cadenas de suministro globales subestimará en forma sistemática las pérdidas de producción y no tendrá en su debida cuenta la persistencia de la inflación.
En segundo lugar, el efecto de los aranceles dependerá en gran medida de la política monetaria. Si la respuesta es pasiva, prolongará las presiones inflacionarias, mientras que una política de endurecimiento agresiva profundizará las recesiones. Además, el resultado mundial dependerá tanto de lo que hagan los bancos centrales extranjeros como del banco central local.
En tercer lugar, en un mundo de cadenas de valor globales, los aranceles no son una herramienta de políticas localizada. Cualquiera sea su finalidad, provocarán alteraciones macroeconómicas y financieras en todo el mundo, con efectos que se extienden a través de las redes globales y de las expectativas de los mercados financieros a todos los países, sectores y horizontes temporales.
Los gobiernos que están reconsiderando el uso de aranceles como herramienta de seguridad económica nacional o influencia geopolítica deben comprender que sus costos se extienden mucho más allá de las industrias y países apuntados y crean riesgos para el país arancelador. En la economía interconectada actual, los aranceles (reales o como amenaza) no son instrumentos precisos con efectos predecibles, sino una fuerza desestabilizadora de gran alcance con capacidad para generar fácilmente una estanflación mundial si se introducen sin consideración a la estructura subyacente de la producción global.
---
Traducción: Esteban Flamini
Şebnem Kalemli-Özcan, profesora de Economía en la Universidad Brown y directora del Global Linkages Lab, fue asesora sénior de políticas en el Fondo Monetario Internacional y economista principal para Medio Oriente y el Norte de África en el Banco Mundial.