Veinte años. Treinta años. Ochenta años, e incluso 90. Algunos de los cargos que los candidatos demócratas ganaron en las elecciones de mitad de mandato del martes, desde escaños en el Senado hasta fiscalías generales, no han tenido un representante demócrata en décadas. El resultado de estas elecciones, incluso más que las de mitad de mandato de 2018, podría redefinir la política y las medidas políticas estadounidenses durante los próximos años. Pero si los demócratas quieren sacar el máximo partido a sus logros, deben ser ambiciosos, incluso audaces.
Las próximas semanas traerán consigo innumerables comentarios de última hora, análisis en profundidad y estudios de datos. ¿Cómo lo han conseguido los demócratas? ¿Cuál fue el secreto de su éxito en estados como Kansas, Carolina del Sur y Texas? ¿Qué grupos de votantes tradicionalmente “rojos” se han vuelto “azules”? Pero los resultados de las elecciones de mitad de mandato, al igual que gran parte de la política estadounidense de los últimos diez años, se reducen a una constante: Donald Trump.
Trump es el alfa y el omega de la era MAGA. La responsabilidad de la crisis de asequibilidad a la que se enfrentan los estadounidenses -una prioridad fundamental que ha impulsado el voto reciente- recae de lleno sobre sus hombros. Sus guerras comerciales caóticas han disparado los costos para las grandes empresas, las pequeñas empresas y los consumidores de a pie en todo el país, con un aumento del precio de la mayoría de los productos de alrededor del 3% como consecuencia de sus aranceles. Su guerra de elección en Irán -desde el bombardeo de las instalaciones nucleares del país en 2025 hasta los ataques a gran escala que han avivado la agitación geopolítica y paralizado el tráfico por el estrecho de Ormuz desde febrero de 2026- ha hecho subir aún más los precios, especialmente los de los fertilizantes y el combustible diésel.
El resultado ha sido el distanciamiento de un sector clave del electorado de Trump: los votantes blancos de las zonas rurales. No ayuda que Trump haya mostrado un desprecio absoluto por las personas que atraviesan dificultades debido a sus acciones y que, en cambio, se jacte de que la industria del petróleo y del gas está haciendo una “fortuna descomunal”. Dado que su comportamiento se está volviendo cada vez más errático, un segmento significativo de sus seguidores ha dicho basta. Muchos se quedaron en casa el martes, mientras que otros votaron por los demócratas.
Los votantes independientes, por su parte, respaldaron de forma abrumadora a los demócratas. Sin embargo, lejos de celebrar este resultado a ciegas, la mayoría entrante debería verlo como una advertencia. Estos votantes indecisos hoy se encuentran bajo una polarización negativa: votan por el partido con el que están menos descontentos. Podrían volverse fácilmente en contra de los demócratas en 2028 si no se los convence de mantener su apoyo.
Si bien la ira hacia Trump fue la principal variable que determinó el resultado electoral, los demócratas se beneficiaron de la gran calidad de sus candidatos en la mayoría de las contiendas clave. En estados como Kansas, Pensilvania y Texas, los candidatos supieron conectar el sentir local con el malestar de un electorado que se siente desbordado. Aquí, una vez más, los demócratas corren el riesgo de sacar una conclusión equivocada: cuando el ala moderada del partido se atribuye el mérito de haber ganado estados tradicionalmente republicanos, pasa por alto el hecho de que Estados Unidos sigue inmerso en una era económica de carácter populista y de rechazo del establishment.
Muchos de los ganadores demócratas, como la gobernadora electa de Texas, Gina Hinojosa, se autodenominan populistas. En declaraciones al New York Times antes de las elecciones, Hinojosa señaló que centrarse en cuestiones culturales era una trampa y no lo que los votantes buscaban en 2026. A continuación, llevó a cabo una campaña centrada en las preocupaciones económicas de los texanos, derrocando a Greg Abbott, quien había pasado los últimos 12 años concentrando el poder político y administrativo en sus propias manos, complaciendo a los donantes adinerados y a las grandes empresas, y manipulando los mapas de los distritos electorales del estado a favor de los republicanos.
El populismo, especialmente el populismo económico, les provoca una reacción alérgica a los demócratas de carrera. Les resulta estéticamente desagradable e incompatible con el agonizante orden económico neoliberal al que siguen aferrados con obstinación. Pero tendrán que superarlo. Ha llegado el momento de que el Partido Demócrata deje a un lado la prudencia institucional y amplíe sus ambiciones.
La IA es un buen punto de partida. Contrariamente a la narrativa que han estado promoviendo las empresas tecnológicas y su ejército de consultores, lo cierto es que los votantes estadounidenses detestan los centros de datos. También comprenden que un desarrollo de la IA sin restricciones conlleva riesgos económicos, sociales y existenciales. Si los demócratas en el Congreso ceden ante las grandes empresas tecnológicas, pronto se encontrarán de nuevo en la misma situación en la que estaban hace dos años.
A nivel estatal, los nuevos gobernadores demócratas deben comprender la naturaleza de su propio poder. Esperar a que un Washington dividido logre resultados mientras Trump aún ocupa la Casa Blanca es una pérdida de tiempo. Deberían ponerse manos a la obra de inmediato con agendas audaces y creativas que se centren no solo en reducir los costos, sino también en aumentar los salarios. La crisis de asequibilidad es, en realidad, una crisis monetaria.
Durante los próximos 18 meses, el terreno para nuevas ideas -tanto sistémicas como económicas- en Estados Unidos se presentará más abierto de lo que probablemente lo haya estado en décadas. Los votantes estadounidenses le han asestado a Trump un duro revés, algo que los demócratas -y, de hecho, todos los estadounidenses- deberían celebrar. Sin embargo, el júbilo del Partido Demócrata deberá templarse y transformarse en determinación. La situación actual no es la que necesitamos, ni tampoco es aquella en la que los estadounidenses esperan encontrarse mañana, el año que viene o dentro de cinco años.
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Reed Galen es un activista político estadounidense y fundador de Civic Forum, una organización sin fines de lucro dedicada a llevar nuevas voces y nuevas ideas al pueblo estadounidense.