En Costa Rica se ha desarrollado una relación emocional con el tipo de cambio y no tan analítica, como debería ser: cuando el dólar baja, se celebra; cuando sube, se alarma, como si fuera un marcador que define si la economía va ganando o perdiendo. No muchos logran comprender a fondo sus implicaciones y que, como en todo, los extremos son malos y, con los dólares, no son amores sino dolores, porque la economía no funciona con aplausos ni con sustos.
El país ha alcanzado niveles históricos de reservas internacionales, superando los 20.000 millones de dólares. En términos técnicos, eso significa mayor capacidad de respuesta ante crisis externas, es un blindaje financiero frente a turbulencias internacionales. Hasta ahí, todo suena prudente.
Pero mientras leía esa noticia, no pude evitar preguntarme: ¿estamos viendo la película completa o solo el tráiler?
En teoría, un colón fuerte abarata importaciones: combustibles, insumos y productos traídos del exterior deberían reflejar esa apreciación. Sin embargo, en la práctica, la población costarricense no ha percibido una reducción proporcional en su costo de vida. El beneficio tangible ha sido claro principalmente para quienes tienen préstamos en dólares, realizan consumo externo frecuente y los importadores.
Un colón persistentemente fuerte puede generar comodidad en ciertos sectores, pero también presiona silenciosamente a quienes producen para exportar. Los exportadores reciben menos colones por cada dólar que generan, mientras sus costos internos -salarios, electricidad, cargas sociales- permanecen en moneda local. El margen se reduce, la competitividad se erosiona y la estabilidad laboral de los colaboradores se asusta, porque parece que muchos no lo sienten en este momento, pero sí en el futuro del empleo, en la inversión y en la capacidad de expansión de sectores estratégicos de las empresas.
Adam Smith entendía que la riqueza de una nación no se construye sobre precios convenientes, sino sobre productividad real. Si la estructura cambiaria comienza a debilitar sistemáticamente al sector que genera divisas, el crecimiento se vuelve menos sólido de lo que aparenta. Un colón fuerte incentiva importaciones y desincentiva producción local: lo importado se vuelve relativamente más atractivo, mientras lo producido internamente enfrenta mayor presión competitiva. Con el tiempo, eso puede traducirse en menor dinamismo productivo y mayor dependencia del exterior.
A esto se suma otro elemento poco discutido: la acumulación masiva de reservas no es neutra. Cada dólar que el Banco Central compra implica emitir colones que luego deben retirarse para evitar presiones inflacionarias. Esa esterilización tiene un costo. Y si ese costo supera el rendimiento de las reservas, estamos ante un gasto que no aparece en celebraciones públicas, pero sí en balances técnicos. Las reservas son necesarias, son un seguro frente a crisis externas, pero ningún seguro es gratuito.
El riesgo no es inmediato ni dramático, es gradual, es estructural.
Definitivamente, el dólar bajo puede proyectar “estabilidad” de nuestro pequeño país -en el papel y la teoría-, pero si no se traduce en menor costo de vida para la mayoría y, al mismo tiempo, presiona competitividad y genera costos financieros ocultos, la fortaleza puede ser más aparente que real.
Un país no se vuelve más sólido solo por acumular reservas, se vuelve sólido cuando su productividad, su disciplina fiscal y su confianza institucional permiten que su moneda encuentre equilibrio sin intervención permanente o un tipo de cambio sin extremos, que nos beneficie a todos, porque cuando una economía depende de sostener artificialmente ciertas condiciones, la comodidad puede convertirse en fragilidad.

Y la verdadera pregunta no es si el dólar está bajo o muy alto, la verdadera pregunta es si estamos fortaleciendo la economía real, o simplemente administrando una ilusión que todavía no muestra su factura.
Tal vez, solo tal vez, el país necesita algo más que celebrar un tipo de cambio cómodo, tal vez necesita “institucionalizarlo”.
Así como existe una regla fiscal para disciplinar el gasto, podría existir una regla cambiaria clara que defina bajo qué condiciones intervenir, cuánto intervenir y cuál es el nivel técnico óptimo de reservas, no para fijar un precio ni para regresar a esquemas rígidos, sino para establecer parámetros objetivos basados en fundamentos macroeconómicos y niveles razonables de cobertura externa.
Quizá podemos soñar en publicar mensualmente el costo cuasifiscal de esas intervenciones, establecer umbrales técnicos transparentes, porque reducir la discrecionalidad no debilitaría al Banco Central, al contrario, fortalecería su credibilidad y ayudaría que muchos costarricenses entiendan su funcionalidad y cómo afecta la vida de todos.
Porque cuando las reglas son claras, las expectativas se ordenan. Y cuando las expectativas se ordenan, el mercado necesita menos intervención, porque ningún tipo de cambio puede compensar ineficiencias internas.
La verdadera fortaleza de una moneda no está en cuánto se interviene para sostenerla, sino en cuán sólida es la economía que la respalda.
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Juan Sandoval Chaves es estudiante de Administración de Empresas y Contaduría en la ULACIT.