Las grandes guerras dan paso a nuevos órdenes internacionales. La Guerra de los Treinta Años trajo la Paz de Westfalia. Las Guerras Napoleónicas dieron origen al Concierto de Europa. La Segunda Guerra Mundial impulsó la creación del sistema de Bretton Woods, la descolonización y la integración europea. Incluso la Guerra Fría dio lugar a un orden mundial liberal, con Estados Unidos como su hegemón.
Pero no todas las guerras conducen a mejores órdenes internacionales. Es probable que la guerra con Irán resulte particularmente dañina en este sentido.
Es probable que la guerra empeore considerablemente la situación respecto de como estaba cuando Estados Unidos e Israel la iniciaron. Lejos de ser reemplazado por una entidad más afín a Occidente, el régimen iraní se ha endurecido hasta convertirse en una dictadura militar. Cualesquiera concesiones que este régimen termine haciendo en su programa nuclear, sus vínculos con China, Rusia y Corea del Norte permanecerán intactos, e Irán seguirá siendo una fuerza desestabilizadora en Medio Oriente.
La diferencia es que los vecinos de Irán en el Golfo han perdido la fe en su protector estadounidense y están más débiles y divididos que antes de la guerra. Es cierto que la posición del Golfo siempre fue algo precaria. Existían profundas fisuras entre Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, y entre Catar y los demás jeques. El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) nunca estuvo a la altura de su potencial como unión política y económica, y mucho menos como alianza militar. Y la imagen cuidadosamente cultivada del Golfo como refugio de estabilidad y centro comercial lucrativo tenía sus manchas.

Pero la guerra con Irán ha hecho añicos esa imagen, restringiendo los ambiciosos proyectos de inversión de sus soberanos y socavando —quizás de forma fatal— sus esfuerzos por diversificar sus economías más allá del petróleo. Además, la guerra ha expuesto la disfuncionalidad del CCG y ha profundizado las divisiones entre sus miembros.
Arabia Saudita intentó evitar esta guerra por la vía diplomática, prohibió a Estados Unidos utilizar sus bases y su espacio aéreo para escoltar petroleros a través del estrecho de Ormuz y continúa trabajando discretamente con Pakistán para mediar el fin del conflicto. El resultado es un incipiente alineamiento saudí-paquistaní y la continuidad de una política saudí de apaciguamiento hacia Irán.
Catar (con sus vínculos con Turquía) y Omán también probablemente continúen apaciguando a Irán. Emiratos Árabes Unidos, en cambio, ha criticado duramente a sus vecinos por no dar una respuesta decisiva a los ataques iraníes en su territorio y se ha retirado de la OPEP. El país se alinea cada vez más con Israel, así como con Baréin e India.
Una fragmentación similar se observa en Occidente, ya que la guerra profundiza la brecha en la alianza transatlántica. Contrario a la narrativa predominante de las últimas décadas, la alianza transatlántica nunca fue inevitable. Estados Unidos tiene una larga historia de aislacionismo y proteccionismo, ejemplificada por la retirada del presidente Woodrow Wilson en 1919 de la Sociedad de Naciones y su negativa a comprometerse con la seguridad de Europa, una postura que allanó el camino para el ascenso de Adolf Hitler y otra guerra.
Más recientemente, el presidente Barack Obama sacrificó el despliegue previsto de defensas antimisiles balísticos en Europa del Este en aras de su “reinicio” diplomático con Rusia. Su secretario de Defensa, Robert M. Gates, posteriormente criticó a los aliados europeos de Estados Unidos por su “aparente falta de disposición a dedicar los recursos necesarios” para actuar como “socios serios y capaces en su propia defensa”. Tras la invasión rusa de Ucrania en 2014 y la anexión ilegal de Crimea, Obama optó por no movilizar a los aliados de la OTAN para disuadir al Kremlin.
Pero Donald Trump ha llevado esto a otro nivel, adoptando una postura abiertamente antagónica hacia Europa, que ha incluido amenazas de anexar Groenlandia y retirar a Estados Unidos de la OTAN. Europa ha respondido adoptando una nueva forma de gaullismo, caracterizada por fuertes inversiones para reforzar sus capacidades de defensa y alcanzar autonomía estratégica.
Sin embargo, la transformación en materia de seguridad de Europa apenas comienza. El continente —que no controla su propia infraestructura digital— deberá cerrar la brecha de innovación con Estados Unidos y lograr cierto grado de autonomía tecnológica. Y el neogaullismo europeo, como el original, tarde o temprano asumirá la lógica de la disuasión nuclear.
La guerra con Irán ha inyectado una nueva urgencia a este proceso. A pesar de haber iniciado la guerra sin consultar a los aliados de la OTAN, Trump exigió que Europa se uniera a Estados Unidos en el conflicto, en particular para ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz. Cuando Europa se negó, Estados Unidos anunció que retiraría 5.000 tropas de Alemania y amenazó con tomar más medidas contra Italia y España. A estas alturas, ningún europeo razonable considera fiables las garantías de seguridad de Estados Unidos.
Pero no solo Europa ha perdido la fe en Estados Unidos. El Sur Global, al que Trump ya había alienado con sus aranceles y la suspensión de la ayuda al desarrollo, está soportando el mayor peso de esta guerra elegida en Irán. La incapacidad de Estados Unidos para obligar incluso a sus propios aliados a ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz, junto con la imagen de países en desarrollo compitiendo desesperadamente por suministros de energía y fertilizantes, alimenta la narrativa de un exceso de poder estadounidense y su declive.
Mientras tanto, en medio del caos inducido por Estados Unidos, China se ha posicionado hábilmente como una fuerza de estabilidad. Así ha elevado su perfil global a un costo muy bajo. Muchos líderes europeos han visitado Pekín en busca de un socio comercial fiable, pero China no ha hecho concesiones en Ucrania, derechos humanos ni en materia de sobreproducción y dumping.
En la cumbre de esta semana con el presidente chino Xi Jinping, Trump tiene la oportunidad de negociar un acuerdo que reduzca las tensiones comerciales y abra la puerta a la cooperación en temas críticos, entre ellos las guerras en Ucrania e Irán. Un acuerdo para mitigar los riesgos que plantea la inteligencia artificial sería tan trascendental como lo fueron los tratados de limitación de armas estratégicas entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Pero si Xi mantiene su diplomacia de suma cero, como parece probable, el mundo será el perdedor.
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Shlomo Ben-Ami, exministro de Asuntos Exteriores de Israel, es autor de Prophets Without Honor: The 2000 Camp David Summit and the End of the Two-State Solution (Oxford University Press, 2022).