Que varias publicaciones hayan nombrado al presidente estadounidense Donald Trump como una de las personas más influyentes de 2025 no es sorprendente. Pero hay algo llamativo: no reconocen a Trump por su liderazgo (por ejemplo, la capacidad para resolver crisis o consolidar instituciones) sino por infringir normas, trastocar alianzas, promover la fragmentación económica e introducir un modelo transaccional en la política internacional.
En las últimas décadas, Estados Unidos podía endurecer sus políticas sin renunciar a su papel de garante definitivo del orden de posguerra, pero eso ha cambiado. Aunque el abandono estadounidense del liderazgo mundial ya era predecible hace tiempo, Trump lo ha consolidado y convertido en acciones. Sus intentos de usar la influencia del país (que mucho esfuerzo costó lograr) como herramienta para obtener beneficios inmediatos (sobre todo para él mismo y su círculo más cercano) son un atentado directo contra la cooperación internacional y el Estado de Derecho.
La política comercial estadounidense ha dejado de ser un medio para maximizar los beneficios compartidos de la apertura y se ha convertido en un instrumento de presión económica y geopolítica. Las alianzas ya no se evalúan en función de factores intangibles (por ejemplo, valores compartidos e intereses geopolíticos) sino en términos de beneficios inmediatos. Marcos de cooperación centrados en la estabilidad y prosperidad a largo plazo están dando paso a acuerdos bilaterales que reflejan una idea estrecha de la reciprocidad. La vinculación estratégica, que combinaba poder duro y poder blando, ha dado paso a una coerción miope. La «shining city upon a hill» se ha convertido en el matón de patio de colegio.
Pero este cambio no se produjo en el vacío. Las respuestas a la política exterior de Trump han sido variadas, pero se ve en ellas una preferencia general por adaptarse antes que confrontar. Algunos actores han soportado los golpes recibidos, con la esperanza de que no hacer frente a Trump traería el final de sus ataques. Otros han equilibrado la aceptación (e incluso el apaciguamiento) con discretos intentos de generar resiliencia. Países como Brasil y la India ni se han doblegado ante Trump ni lo han cuestionado en forma directa; en vez de eso, procuran preservar la autonomía e identificar las oportunidades creadas por este nuevo orden de posguerra.

China ha ido un paso más allá. Tras largos esfuerzos por restar centralidad a Occidente en la política internacional, los líderes chinos han visto en la disrupción generada por Trump en 2025 una oportunidad: un mundo desestabilizado por el abandono estadounidense del liderazgo mundial tendría motivos para recibir con agrado a un nuevo defensor de la estabilidad y la continuidad. Con su consiguiente posicionamiento, China se ha convertido en el principal beneficiario del tumulto.
En septiembre, el presidente chino Xi Jinping presentó una «Iniciativa para la Gobernanza Global» basada en la premisa de que «todos los países, sin importar su tamaño, fortaleza o riqueza», deben ser «participantes, tomadores de decisiones y beneficiarios en la gobernanza global en igualdad de condiciones». La nueva iniciativa, junto con otras referidas al Desarrollo Global (2021), a la Seguridad Global (2022) y a la Civilización Global (2023), envía un mensaje claro: China quiere liderar la creación de un orden global más estable y pluralista que pueda facilitar el progreso compartido.
No es un proyecto liberal, y China no pretende presentarlo como tal. En cambio, se centra en apoyar la cooperación internacional en áreas críticas, por ejemplo la promoción de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible y la «solución pacífica de diferencias y disputas entre países», respetando al mismo tiempo la soberanía de los países y rechazando cualquier discurso que hable de la «superioridad de ciertas civilizaciones».
Un hecho fundamental es que China presenta esta visión no como un orden completamente nuevo que surgirá de las ruinas del orden de posguerra (lo que implicaría un período de caos que a nadie atrae) sino como una evolución natural del sistema actual. China quiere que se la vea no como una potencia revolucionaria sino como una fuerza fiable al servicio de la continuidad, la prosperidad y la coexistencia respetuosa.
Contrastada con la conducta caprichosa, egoísta y coercitiva de Trump, esta propuesta resulta muy atractiva, sobre todo en el “Sur Global”. Y el contraste se ha manifestado en formas muy visibles. Basta pensar en la reunión de octubre entre Trump y Xi en el aeropuerto de Busan, Corea del Sur: mientras Trump parecía ansioso por cerrar un acuerdo apelando a cualquier medio (incluso cambiar los términos de la negociación), Xi ofreció concesiones selectivas y mostró la autoconfianza necesaria para no aceptar una propuesta desfavorable.
A diferencia de China, que en 2025 ha encontrado formas de usar la presidencia de Trump en beneficio propio, Europa está cada vez más expuesta. Ya no es sólo que no pueda contar con que Estados Unidos cumpla sus compromisos con la OTAN y dé respaldo a la seguridad europea; con su postura abiertamente favorable a Rusia en las negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania, Trump ha contribuido a crear un entorno de seguridad más peligroso para Europa. Incluso hay informes de que su gobierno espera lograr que países abandonen la Unión Europea.
Pero Europa no puede limitarse a apoyar el orden mundial liderado por China que promueve Xi. Aunque no comparta la animadversión de Estados Unidos hacia China, no puede pasar por alto el apoyo tecnológico, económico y diplomático de China a la guerra de Rusia en Ucrania. El año 2026 pondrá a prueba la capacidad de la UE para superar su historial de dependencia y actuar con cohesión y determinación.
Todo indica que 2025 será recordado como un año bisagra. El futuro del orden mundial todavía es una incógnita, pero ya sabemos qué países están mejor preparados para adaptarse a la pérdida de lo que había antes. Lo que vendrá después de esta disrupción no lo determinará el líder que llame más la atención, sino quienes demuestren visión estratégica y hagan el arduo trabajo de fijar las nuevas reglas de vinculación.
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Ana Palacio fue ministra de asuntos exteriores de España y vicepresidenta sénior y consejera jurídica general del Grupo Banco Mundial; actualmente es profesora visitante en la Universidad de Georgetown.