Por: José Manuel Salazar-Xirinachs.   28 enero
El sector de la educación y la formación profesional es otro en el que la pandemia ha producido una enorme aceleración pero en el que si no se universaliza el acceso, se profundizará la brecha digital.
El sector de la educación y la formación profesional es otro en el que la pandemia ha producido una enorme aceleración pero en el que si no se universaliza el acceso, se profundizará la brecha digital.

La revolución tecnológica, en particular la transformación digital, ya estaba penetrando todos los sectores de actividad económica y humana de manera acelerada antes de la pandemia en todos los países del mundo, incluyendo en América Latina y el Caribe (ALC). La crisis de la COVID-19 ha acelerado aún más esta tendencia profundizando brechas y potenciando amenazas, pero también creando nuevas oportunidades.

Tal como lo señala el reporte Perspectivas Económicas de América Latina 2020 de la OCDE, CAF, Cepal y Unión Europea, la transformación digital puede ayudar a convertir la crisis de la COVID-19 en nuevas oportunidades de desarrollo, ya que provee nuevas herramientas para los países de la región en un amplio rango de temas y áreas: innovaciones en los modelos de negocios y de consumo, transformación de los sistemas productivos y las cadenas de valor, generación de nuevas dinámicas de empleo en los mercados de trabajo, avance hacia políticas sociales de precisión, mejoramiento y modernización de los sistemas educativos y de salud, profundización financiera y bancarización, instituciones públicas más eficientes e innovadoras, etc.

Previo a la pandemia la difusión de teléfonos móviles y el internet de banda ancha había permitido a segmentos importantes de la población de ALC conectarse a redes digitales. A finales del 2017, estaban conectados 391 millones de los 628 millones de habitantes de la región, es decir, alrededor de 62% de la población, en comparación con poco más de 50% a finales de 2014. Un avance incuestionable, pero aún faltaba un 38% de la población, unos 237 millones de personas, para alcanzar una conectividad universal.

Sin embargo, más allá de la simple conectividad, los países de la región están muy lejos de aprovechar todos los beneficios potenciales del mayor acceso, porque este, per se, no se traduce en forma automática, en usos suficientemente generalizados y productivos por parte de las empresas, los gobiernos, los hogares, las escuelas y las personas y, por lo tanto, no se refleja de manera clara en un mejoramiento de la productividad ni en otras variables de desempeño económico y social.

La pandemia ha disparado un salto en el uso, pero aún queda un largo camino por recorrer y urge actuar sobre los factores impulsores básicos de la transformación digital: infraestructura de conectividad, marcos regulatorios adecuados (ciberseguridad, protección de datos, compras públicas de tecnología, políticas de competencia), capacitación y cultura digital del recurso humano, marcos institucionales y de gobernanza adecuados para la transformación digital.

Desafortunadamente, la crisis de la COVID-19 impactó sobre el legado de brechas y dualismos históricos de la región (de productividad, de educación y habilidades, entre territorios, sociales y de desigualdad) exacerbándolas y profundizándolas.

Según la Cepal la pandemia va a significar una década perdida en lo económico y dos décadas perdidas en lo social (pobreza, informalidad). Un reciente análisis del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), entre otros, documenta el gran impacto de desigualdad de esta crisis, mucho mayor que el de crisis anteriores. Los peores escenarios pueden evitarse si se dan las condiciones políticas para respuestas vigorosas en materia de recuperación y para dar saltos transformadores en áreas clave.

Sectores o áreas de alto dinamismo y potencial en materia de transformación digital son:

  • El sector financiero: este ha sido uno de los más dinámicos en la adopción de nuevas tecnologías desde sistemas de pago, y esquemas de microcrédito, hasta banca electrónica con servicios integrados, incluyendo el fenómeno de las “fintech”. La pandemia significó una disrupción positiva, una de cuyas expresiones fue el salto en bancarización que fue necesario hacer para hacerle llegar las transferencias en efectivo no condicionadas a millones de personas pobres y vulnerables para hacer frente a la reducción de ingresos asociada con los confinamientos. Este es un ejemplo de lo que se puede lograr con las nuevas tecnologías cuando una prioridad de política pública coordina bien con un sector privado innovador.
  • El sector salud, que está experimentando una enorme revolución con la aplicación de inteligencia artificial para procesos de diagnóstico, procedimientos quirúrgicos, nuevas generaciones de dispositivos médicos de todo tipo, administración de grandes bases de datos de pacientes, telemedicina, aplicaciones para la trazabilidad de personas y síntomas, y muchos otros. En muchas de estas áreas la pandemia ha producido una enorme aceleración en lo que ya era un proceso de desarrollo tecnológico vertiginoso, que incluye el desarrollo de las vacunas contra la COVID-19.
  • El sector de la educación y la formación profesional es otro en el que la pandemia ha producido una enorme aceleración pero en el que si no se universaliza el acceso, se profundizará la brecha digital. El tiempo perdido en educación es difícil, si no imposible de recuperar. Las soluciones digitales son parte central de las estrategias para evitar lo que Nora Lustig ha advertido que puede ser la peor cicatriz dejada por la pandemia: un posible retroceso a los niveles educativos de los años 60.
  • El área de las políticas sociales, donde con base en las nuevas tecnologías y el análisis de grandes bases de datos se ha venido consolidando una clara tendencia hacia políticas sociales de precisión para identificar y hacerle llegar las ayudas de manera efectiva a los beneficiarios.
  • Las políticas de empleo, en las que la revolución digital está permitiendo saltos cualitativos con bolsas de empleo digitales, la llamada e-formalización, infraestructuras digitales para la intermediación laboral, el reclutamiento y la gestión del talento humano a todo nivel.
  • Las políticas de desarrollo productivo, con la digitalización de las empresas en todas las áreas, así como con la llamada industria 4.0 que está generando fábricas inteligentes, productos inteligentes, cadenas de valor y manejo de inventarios digitalmente coordinadas, entre otros.
  • En materia ambiental la transformación digital está ayudando a alcanzar objetivos de sostenibilidad: reducción de movilidad urbana y descarbonización con la explosión de teletrabajo; ciudades más interconectadas e inteligentes; mejores respuestas a desastres naturales; reducción en la contaminación del aire; edificios y residencias más “inteligentes” y sostenibles; nuevos modelos de agricultura de precisión con principios de Industria 4.0 incluyendo el uso de drones; procesos automatizados de manejo de agua y de sistemas de riego; mayor “ecologización” de las cadenas de suministro por eficiencias en el manejo justo a tiempo de inventarios.
  • Y por último, en esta lista corta, pero de enorme impacto, el gobierno digital. Este es un campo de enorme importancia en ALC en vista de la trampa de bajas capacidades institucionales en la que se encuentran las instituciones públicas en muchos de los países de la región, que engendra frustración y descontento en grandes sectores de la población, en particular entre las clases medias. Las tecnologías digitales pueden ayudar a restaurar la confianza en las instituciones públicas, al hacer que sean más creíbles, eficientes, inclusivas e innovadoras.

El futuro es digital, y entre más se tarden los países en aumentar no solo el acceso sino el uso inteligente y masivo de las oportunidades de la nueva economía digital, más retrasarán el aprovechamiento de sus enormes beneficios. El éxito en navegar la recuperación va a requerir mayores esfuerzos en materia de soluciones digitales.

Una de las lecciones que nos ha dejado la pandemia es que una sociedad digital no solo es más dinámica y productiva sino más resiliente, es decir, tiene mayores capacidades y flexibilidad para reaccionar ante choques y crisis de diversos tipos. Pero para estos resultados es indispensable construir las autopistas digitales que requiere el siglo 21, reducir las desigualdades de acceso y nivelar el campo de juego.

Todo esto requiere una adecuada institucionalidad, gobernanza y liderazgo por parte de la política pública (financiamiento, marcos regulatorios, coordinación y prioridad en los planes nacionales de desarrollo). El año 2021 debe ser uno de innovación y de renovados esfuerzos e inversiones en la transformación digital en todos los países de ALC. Si bien la transformación digital no es una panacea, es un factor decisivo para construir sociedades más resilientes, competitivas, prósperas, inclusivas y sostenibles.