Opinión

Enamorados de un pueblo rural

Hacer bien a otros y participar en proyectos con la comunidad, transforma vidas, ciudades y países

Con gran esfuerzo y deudas, se lanzaron a la aventura de comprar un terreno con una humilde casa de madera y piso de concreto lujado, en el poblado rural de Bajo Lagunas, Turrubares. En aquel tiempo, a pesar de estar atravesado por varios ríos, no había un solo puente y algunas casas no tenían electricidad. Para abastecerse de víveres sus pobladores debían salir “por dentro” hacia Orotina, cruzando a pie el caudaloso río Turrubares, donde muchos arriesgaban y no pocos murieron en invierno arrastrados por la corriente. Y luego, kilómetros de polvazal. Aun hoy no tienen servicio de bus, prueba de su remotidad.

Sin abandonar nunca la casita campesina, la fueron reformando poco a poco; y transformaron su entorno inmediato en un paraíso de plantas y árboles.

Desde que marcaron la primera huella sobre el polvoriento camino, Kattia Chacón y Asdrúbal Porras adoptaron aquel pueblo. Como uno más, se involucraron para mover voluntades, instituciones, buscar donantes y alentar al trabajo comunal para construir puentes sobre los principales arroyos, colaborar con el acueducto, los caminos, la educación escolar, la ecología, la seguridad, la niñez o acondicionar el Ebáis. Siendo un lugar que, aún hoy, solo cuenta con escuela unidocente, los niños y niñas solamente aspiran a culminar la primaria, pues por el aislamiento generado por sus afluentes, lo recóndito del sitio, más la pobreza, sus jóvenes ven casi imposible asistir al colegio. Tocando puertas, organizando bingos y otros eventos, han acondicionado un aula para enseñar computación a personas que nunca habían tocado un teclado, o que apenas leen y escriben. Desde la asociación de desarrollo, en comités, o apoyando iniciativas de la alcaldía, su tesón por ayudar a la comunidad no se ha reducido un ápice después de dos décadas de convivencia en Bajo Lagunas.

Su ejemplo me ha hecho pensar que muchas personas del Área Metropolitana vacacionan, y hasta compran casas en zonas agrícolas o costeras. Pero traen consigo el individualismo y recelo con que acostumbramos vivir en nuestros barrios y ciudades principales. Ajenos a la realidad de carencias que son evidentes en distritos del interior, pierden la oportunidad de involucrarse en proyectos de bien social, y con ello enriquecer el espíritu al relacionarse con familias que han vivido ligadas a la tierra, al río o al mar, lo que les da una connotación especial, una filosofía de vida que en las capitales de provincia perdimos hace varias generaciones.

Decía el expresidente estadounidense John F. Kennedy: “No preguntes que puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer por tu país”. Hacer bien a otros y participar en proyectos con la comunidad, transforma vidas, ciudades y países. No podemos esperar que el Estado lo haga todo, ni que los problemas se resuelvan por generación espontánea de la dinámica del mercado. El trabajo voluntario engrandece al que recibe la mano de apoyo y también al que la ofrece. Al final, mejora la calidad de vida de todos, pues unos y otros navegamos el mismo barco llamado planeta Tierra. Kattia y Asdrúbal dejaron de ser “la pareja que vino de San José” hace muchos años, para ser dos lagunenses más. Los absorbió la montaña, el río y sobre todo, su gente. Y en efecto, han sido un factor de cambio, hombro a hombro con la comunidad que también los adoptó a ellos.

El trabajo voluntario engrandece al que recibe la mano de apoyo y también al que la ofrece.

Me hacen recordar una frase del escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.