Por: Roberto Artavia.   3 mayo

Se estima que los dinosaurios fueron la especie dominante por 205 millones de años, hasta que un fenómeno espacial hace aproximadamente 65 millones de años acabó con ellos y con muchas otras en nuestro planeta.

El Homo erectus, nuestro primer antepasado directo, data de hace unos dos millones de años y el Homo sapiens, nuestra inteligente, creativa y racional especie, tiene apenas 200 000 años.

Si la historia del planeta fuera un día de 24 horas, aparecimos como especie inteligente y dominante hace apenas cinco segundos.

¿A qué viene todo esto?

Como especie, hemos hecho un uso mucho más integral e intenso de los recursos a nuestra disposición. Desarrollamos tecnologías maravillosas en muchos campos; volamos como las aves y llegamos hasta donde estas nunca lograron llegar. Somos capaces de organizarnos como la mejor colmena y de colaborar a la distancia como ninguna especie lo había hecho. Nuestra capacidad de comunicación hace que hoy busquemos contactos en otras galaxias, y tanto más….

Egoísmo

En esa carrera por mejorar nuestra calidad de vida y nuestra longevidad individual –aunque no necesariamente la colectiva–, y ejercer nuestra creatividad e inteligencia, todos los días vemos cómo las especies de flora y fauna desaparecen a nuestro alrededor. Incluso nos encontramos en riesgo de, nosotros mismos, perecer como especie.

¿Es el cambio climático de nuestra entera responsabilidad? ¿Es la mala distribución de la riqueza producto de nuestro afán por crecer individualmente? ¿Es la tecnología nuestra mejor oportunidad de subsistir o una enemiga disfrazada?

Si analizáramos estas ideas desde un marco de amor por el prójimo, bienestar colectivo, solidaridad, conservación y otros conceptos similares, nuestras decisiones serían muy diferentes.

¿Podremos desembarazarnos de nuestro egoísmo para reaccionar a tiempo? ¿Será nuestra lucha por el bien común y el cuido de la casa compartida en vez de una entre nacionalismos, ansias de poder y acaparamiento de recursos?

Si no, habremos demostrado que inteligencia y sensatez no son sinónimos; ni siquiera palabras afines.