En las últimas décadas, ¿qué ha cambiado realmente en las finanzas corporativas? ¿Qué permanece inalterado? Son dos preguntas esenciales para cualquier líder empresarial en América Latina, y más en este momento histórico en que la volatilidad parece la norma y las disrupciones tecnológicas, así como la inteligencia artificial, reconfiguran industrias enteras.
A lo largo de cuatro décadas de evolución en la práctica de finanzas corporativas, la experiencia acumulada muestra que los fundamentos de la creación de valor se han mantenido sorprendentemente sólidos. Cuando se evalúa una empresa, el foco debe estar en el retorno sobre el capital y el crecimiento de los ingresos, porque ambos impulsan los flujos de caja y, en última instancia, la valuación. Esta lógica, sistematizada y perfeccionada a lo largo de los años, conecta de manera directa la valoración con las decisiones estratégicas. Crecer más rápido que los competidores y generar retornos por encima del costo de capital sigue siendo el corazón de la disciplina.
Por eso, en un contexto donde abundan narrativas sobre modelos de negocio disruptivos, las preguntas del principio continúan siendo las más relevantes.
La importancia del CFO
Se fortalece la necesidad de gestionar con visión de largo plazo. A pesar de los avances en gobierno corporativo y en comunicación con inversionistas, muchas organizaciones continúan priorizando resultados de corto plazo en detrimento de la creación de valor sostenible. Esta tensión no es nueva. Durante episodios como la burbuja tecnológica de finales del siglo pasado, surgieron voces que sugerían que las reglas tradicionales de valuación habían quedado obsoletas. La experiencia demuestra que cuando se ignoran las bases del retorno sobre el capital y el crecimiento, los resultados suelen ser adversos.
¿Cuál es el mejor ejemplo de la experiencia? La transformación del rol del director financiero (CFO). Es uno de los giros más significativos, y es que, hace cuatro décadas, el CFO estaba centrado principalmente en la contabilidad y en la preparación de estados financieros. Hoy, en muchas organizaciones, se ha convertido en la segunda figura más relevante después del CEO y en un asesor clave en decisiones estratégicas. La integración entre finanzas y estrategia es mucho más profunda. La función financiera dejó de ser un área de soporte para convertirse en un actor central en la definición del rumbo corporativo.
Este cambio de posición trae consigo nuevos retos. El CFO moderno debe equilibrar disciplina financiera con entendimiento estratégico, participar activamente en la asignación de capital y ser capaz de dialogar con inversionistas de largo plazo. De hecho, hace aproximadamente dos décadas se identificó que muchas empresas tomaban decisiones pensando en lo que creían que el mercado deseaba, aun cuando esas decisiones no eran coherentes con la estrategia de la compañía. Esto impulsó el desarrollo de enfoques para comprender mejor quiénes son los inversionistas de largo plazo que realmente importan y cómo comunicarse con ellos.

Recursos, sesgos cognitivos y tecnología
La asignación de recursos se convirtió también en un campo crítico. Se observó que numerosas empresas no reasignaban capital hacia las áreas de mayor crecimiento y mantenían recursos atados a negocios con perspectivas limitadas. Esta desconexión entre estrategia y presupuesto erosiona valor de manera silenciosa. El desarrollo de analítica específica para evidenciar esa brecha permitió generar discusiones más rigurosas en los equipos directivos. La lección es clara. Crear valor exige procesos disciplinados que garanticen que el capital fluya hacia donde su productividad sea mayor.
A ello se suma un desafío menos visible pero igualmente poderoso. Los sesgos cognitivos influyen en la toma de decisiones. La evidencia sugiere que la naturaleza humana difícilmente cambia, pero las organizaciones pueden mitigar estos sesgos mediante reglas y procesos estrictos. Para los CFO del siglo XXI, esto implica diseñar mecanismos formales de evaluación de inversiones y de revisión de portafolio que reduzcan la influencia de intuiciones no contrastadas.
El avance tecnológico introduce otra dimensión. Han surgido modelos de negocio que no existían hace cuatro décadas y compañías que nacieron con internet como plataforma. La tecnología puede generar valor significativo, aunque es un error asumir que el primer actor en escalar capturará toda la renta económica, y los casos de verdadero dominio absoluto son poco frecuentes. En muchos sectores, los beneficios de la innovación se trasladan al consumidor y la tecnología se convierte rápidamente en el costo de competir.
El principio rector del CFO se mantiene intacto
Para América Latina, estas lecciones son particularmente pertinentes. Las finanzas corporativas han evolucionado en herramientas, alcance y sofisticación. El rol del CFO se ha ampliado y su influencia estratégica es mayor que nunca. Los mercados son más complejos y la tecnología redefine reglas competitivas.
El valor se crea cuando una empresa crece de manera rentable y asigna su capital con disciplina, pensando en el largo plazo. Ese es el verdadero trabajo (y reto) del CFO.