Por: Constantino Urcuyo.   30 agosto, 2019

La reciente cumbre de las naciones occidentales más desarrolladas terminó marcada por el liderazgo del presidente francés, Emmanuel Macron.

El ocupante del Eliseo ve a su país equilibrando los pulsos entre las grandes potencias y en los conflictos mundiales. Durante la cumbre de Biarritz (G7) moderó a Trump, recibió al ministro de relaciones exteriores iraní e impulsó un encuentro entre Teherán y Washington.

Anteriormente se había reunido con Putin, con el propósito de redefinir la relación con Rusia, pues sería un error mantener alejados a los rusos en un planeta que vive el fin de “… la hegemonía occidental ...”.

Macron ha asumido el papel de promotor de la unidad europea y del multilateralismo, frente a los nacionalistas soberanistas, promotores del aislacionismo xenófobo.

Tradición gaullista

Paralelamente ha apoyado la activa promoción de los acuerdos de París para la defensa de la sostenibilidad del planeta y enfrentado a Bolsonaro por la deforestación de la Amazonia.

En sus relaciones con los Estados Unidos ha definido a los franceses como aliados, pero no alineados: “No somos una potencia que considera que los enemigos de nuestros aliados también son los nuestros”, siguiendo la tradición gaullista.

La vocación europea ha sido reafirmada al señalar que Europa es la prioridad de su política exterior y el fundamento para un nuevo orden internacional, edificado sobre principios universalistas y humanistas, en lucha contra autoritarismos y oscurantismos.

Francia es la heredera de las tradiciones del Renacimiento y refundadora de un orden marcado por el equilibrio del poder y el respeto a la dignidad de la persona.

“No somos una potencia que considera que los enemigos de nuestros aliados también son los nuestros”, dijo Macron.

Esta conceptualización es oportuna y articuladora en momentos en que la paz mundial está amenazada por la desintegración de los particularismos y las fricciones entre potencias.