Por: Constantino Urcuyo.   2 agosto

El fallido gobierno de unidad nacional nació amputado por varias razones. Para empezar, el concepto de unidad nacional tiene sus limitaciones teóricas y prácticas.

La homogeneidad de la fusión se contradice con el principio del pluralismo, aunque el interés general se busca continuamente, el mito de la unión no puede hacer abstracción de las diferencias. El consenso y la unanimidad, implícitos, constituyen fábulas que impiden asumir las contradicciones reales.

Desde el punto de vista práctico, la firma de un documento general no sustituye las difíciles decisiones frente a problemas concretos, máxime si el mecanismo para dirimir controversias no parece estar claro.

Más allá de conceptos, lo cierto es que la formación de coaliciones políticas exitosas depende de la fuerza política de sus integrantes, no del personalismo de sus promotores.

La soledad de Piza

La ilusión de un gobierno semiparlamentario dentro del presidencialismo, debió contar con músculo en la Asamblea para constituir mayorías, más allá de la incorporación de dirigentes al poder ejecutivo. En política como en fútbol, las individualidades bastarán para ganar un juego, pero difícilmente un campeonato.

En un PUSC dividido, muchos de sus líderes apoyaron a Fabricio Alvarado en abril, y otros no siguieron a Piza en su aventura en Zapote. Pasados algunos meses, la fracción parlamentaria se autonomizó, imposibilitando el control del ministro de la Presidencia.

El progresismo social de los diputados del PAC contrastó con el conservadurismo de los diputados del PUSC, diferencias ideológicas que minaron también la idea de un matrimonio feliz.

Al final, la soledad de Rodolfo Piza fue el reflejo de su carencia de base de apoyo y escasa compenetración con la dirigencia del equipo de gobierno proveniente del PAC.