Dos líderes entrados en años luchan por salir de las desastrosas guerras en las que ellos mismos llevaron a sus países. Ninguno de los dos lo está consiguiendo.
Cuando el presidente ruso, Vladímir Putin, lanzó su invasión a gran escala de Ucrania a principios de 2022, su objetivo era provocar un cambio de régimen en Kiev y declarar la victoria en cuestión de días: no una «guerra», sino una «operación militar especial». De manera similar, cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó un ataque total contra Irán, su objetivo era provocar un cambio de régimen en Teherán y declarar la victoria en cuestión de días —no una «guerra», sino una «excursión»—.
Ambos tomaron la decisión de iniciar una guerra sin seguir el proceso normal de planificación de políticas, y mucho menos sin considerar todas las posibles consecuencias y efectos secundarios. Putin había permanecido aislado durante la pandemia de COVID-19, leyendo historias del antiguo imperio ruso. Cuando llegó el momento, impuso su «operación militar especial» en el Consejo de Seguridad de Rusia, sin tolerar ninguna disidencia. El funcionario más directamente responsable del expediente de Ucrania sí se opuso, pero fue desoído y desde entonces ha dimitido.
De manera similar, Trump entró en guerra tras anotarse una rápida victoria en Venezuela y después de que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, le asegurara que el régimen iraní colapsaría sin duda bajo la presión. El propio director de la CIA de Trump desestimó ese escenario optimista calificándolo de «ridículo», e incluso su obsequioso vicepresidente, JD Vance, expresó sus reservas. Pero la decisión ya estaba tomada, y el expediente se entregó al «secretario de Guerra», cuya retórica cómicamente belicosa ha suscitado más burlas que respeto.

Ahora, ambos líderes se encuentran empantanados sin una salida clara al lío que han montado. El presidente ucraniano Volodymyr Zelensky ha logrado defender con éxito su país, limitando los avances de Rusia durante cuatro años consecutivos. Mientras tanto, a pesar de haber perdido a sus altos mandos y de sufrir importantes golpes a sus capacidades militares convencionales, el régimen iraní ha sobrevivido y ha afirmado su control estratégico de facto sobre el estrecho de Ormuz aprovechando las mismas tecnologías de drones que los ucranianos.
Dado que ni Ucrania ni Irán contemplan la rendición, los hombres equivocados que iniciaron cada conflicto han comenzado a dar marcha atrás en sus objetivos bélicos. Aunque Putin no puede reconocer abiertamente que nunca conquistará Ucrania, ahora espera desesperadamente un acuerdo político que le entregue las porciones de la región de Donetsk que sus ejércitos no han logrado controlar. Y aunque Trump ha amenazado imprudentemente con erradicar la República Islámica, espera desesperadamente un acuerdo político que reabra el estrecho de Ormuz y permita un acuerdo nuclear similar al que abandonó Estados Unidos en 2018.
Pero ninguno de los dos líderes ha logrado grandes avances ni siquiera hacia sus objetivos más modestos. Putin puede ordenar a sus ejércitos que avancen, pero estos no pueden hacerlo en la práctica. Se está enviando a la muerte a decenas de miles de reclutas de calidad cada vez más baja, sin nada que mostrar a cambio. La economía de guerra rusa está produciendo en masa drones de ataque al estilo iraní, pero los ucranianos han demostrado ser aún más innovadores. Sus drones no solo mantienen la línea de defensa, sino que también atacan infraestructuras energéticas y objetivos militares en el interior de Rusia.
Sin duda, Ucrania recibe apoyo externo —principalmente de los europeos, ahora que Estados Unidos se ha metido de lleno en su guerra con Irán, gastando la mitad de sus reservas de misiles avanzados en el proceso. Afortunadamente, la propia industria de defensa de Ucrania satisface ahora la mitad de sus necesidades militares, mientras que Rusia se ha vuelto cada vez más dependiente de China para el apoyo económico, y de Corea del Norte para los proyectiles y la carne de cañón. El glorioso ejército ruso del que Putin leyó en sus libros de historia es cosa del pasado.
Es indudable que Estados Unidos e Israel disfrutan de una superioridad militar abrumadora sobre Irán. Pueden bombardear a su antojo todo el país, arrasando donde quieran. Pero sin enviar tropas sobre el terreno, no pueden convertir el dominio militar en éxito político. Ningún país puede ser sometido solo con el poder aéreo.
Me imagino a Putin rechinando los dientes en el Kremlin, o en algún búnker oculto, gritando a las personas que no pueden darle la victoria que necesita desesperadamente. Y Trump, sin darse cuenta, airea a diario su propia desesperación en Truth Social. El viejo adagio es cierto: es mucho más fácil (y más emocionante) empezar una guerra que terminarla.
En algún momento, la guerra fallida de cada líder cambiará su respectivo régimen. Aunque el aumento de los precios del petróleo podría ofrecer un respiro financiero a Putin, la economía rusa necesitará mucho más que eso a largo plazo. Y ahora que la población rusa se ha acostumbrado a las comodidades de la era digital, hay límites a lo que la propaganda y la represión tradicionales pueden hacer. Si la historia rusa sirve de guía, las guerras fallidas conducen al cambio político, como ocurrió tras la derrota rusa ante los japoneses en 1905 y la derrota soviética en Afganistán. El legado de Putin quedará definido por su fracaso en Ucrania.
En cuanto a Trump, prometió que no habría más guerras para cambiar de régimen. Pero se convenció a sí mismo de que no hay nada que el ejército estadounidense no pueda hacer, y ahora todos los consumidores estadounidenses están pagando el precio. Muchos de sus seguidores ven a un hombre que ha perdido el rumbo, mientras que el resto del mundo ve a una superpotencia que se ha desacreditado a sí misma.
Sabemos que Putin y Trump mantienen de vez en cuando largas conversaciones. Putin quiere que Trump le ayude a ganar en Ucrania; pero Trump no puede, porque ya no tiene las cartas necesarias para lograr ese resultado. Mientras tanto, Trump probablemente le ha pedido a Putin que le ayude a someter a Irán; pero Putin no podría aunque quisiera, porque tampoco tiene ninguna carta en la mano.
Putin y Trump han logrado al menos una cosa. El comité noruego que otorga el Premio Nobel de la Paz podrá trabajar sin distracciones. Putin nunca fue candidato, y si Trump lo fue, nunca volverá a serlo.
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Carl Bildt es exprimer ministro y exministro de Asuntos Exteriores de Suecia.