Hollywood tiene una curiosa capacidad para repetir sus crisis. Cada cierto tiempo la industria se convence de que enfrenta una amenaza inédita; casi siempre, esa amenaza termina revelando algo más estructural: quién controla el acceso a las historias y bajo qué reglas.

La disputa en torno al futuro de Warner, con Netflix y Paramount como actores centrales, va más allá de un episodio de fusiones y adquisiciones. Es, sobre todo, una prueba de estrés para el derecho de la competencia, llamado a decidir si sigue tratando a la industria audiovisual como un mercado cualquiera o si reconoce que aquí la concentración de poder tiene efectos que van más allá del precio y la eficiencia: afecta la cultura, la memoria y el tipo de cine que puede existir.
Cuando el cine ya estuvo “cerrado”
Hasta finales de los años cuarenta, el llamado sistema de estudios dominaba Hollywood. Los grandes estudios (Paramount, Warner, 20th Century Fox, MGM y RKO) producían, distribuían y exhibían sus películas. Actores, directores y técnicos eran contratados de planta, como jugadores fichados por un club, y las películas encontraban exhibición asegurada en las cadenas de salas que los propios estudios controlaban.
Ese sistema terminó en 1948, cuando en el caso Estados Unidos vs. Paramount Pictures se declaró que esa integración vertical violaba el derecho de la competencia, al concentrar un poder excesivo sobre el mercado. Los estudios fueron obligados a desprenderse de sus cadenas de cine y a abandonar prácticas como el block booking. El efecto fue profundo: se debilitó el control centralizado, surgieron más espacios para productores independientes y, en el camino, incluso desapareció uno de los grandes jugadores, RKO.
Paradójicamente, esa apertura coincidió con uno de los momentos más fértiles del cine estadounidense, aun cuando la televisión crecía y la asistencia a salas caía. La competencia no fue cómoda para los estudios, pero resultó saludable para el cine como forma cultural. Lo relevante es la lógica: cuando la distribución se concentra, el mercado se cierra; cuando se abre, la industria cambia.
La integración ya no es física, es algorítmica
Hoy nadie es dueño de las salas como en 1948. Pero eso no significa que la integración vertical haya desaparecido; simplemente cambió de forma. La “sala” contemporánea es una plataforma global y la cartelera es un algoritmo. El acceso al público depende de sistemas de recomendación, ventanas de estreno, licencias internas y decisiones editoriales no del todo transparentes.
Cuando una misma empresa concentra grandes catálogos históricos, capacidad de producción activa y canales propios de distribución digital, reaparece con otro lenguaje el mismo problema que motivó el caso Paramount: la capacidad de cerrar el mercado desde dentro.
Desde el derecho de la competencia, el riesgo ya no es solo el monopolio frente al consumidor, sino el monopsonio frente a los creadores: pocos compradores gigantes que imponen condiciones, reducen la competencia por ideas y presionan salarios, tiempos y formatos.
Streaming: ni villano ni salvador
Reducir este debate a una oposición entre “salas buenas” y “streaming malo” sería intelectualmente pobre. Las plataformas han sido, en la última década, financiadores decisivos de películas que el modelo tradicional ya no sabía o quería sostener. Algunas de las obras más ambiciosas de autores consagrados existen precisamente porque una plataforma estuvo dispuesta a asumir riesgos que la taquilla ya no toleraba.
Al mismo tiempo, el streaming ha acelerado un cambio estructural difícil de negar: las películas que mejor sobreviven en salas son los grandes espectáculos; los dramas y las historias pequeñas, humanas, sin vocación de franquicia migran hacia mercados más reducidos, festivales y plataformas.
No es una tragedia artística, es un cambio de incentivos. Pero los incentivos importan, porque determinan qué historias se escriben, cuáles se producen y cuáles dejan de intentarse.
El poder menos discutido: custodiar el pasado
El control del archivo es un aspecto que no ocupa titulares y que, sin embargo, es central. Los grandes estudios no solo producen estrenos; custodian la memoria del cine. Catálogos como el de Warner Bros. no son simples activos financieros, forman parte del patrimonio cultural del último siglo.
Cuando ese patrimonio queda concentrado en pocas manos, la pregunta ya no es solo qué se producirá mañana, sino qué del pasado seguirá siendo accesible, visible y programable. El cine contemporáneo dialoga constantemente con su historia. Controlar esa historia es una forma silenciosa y poderosa de influir en el futuro.
En la era de la inteligencia artificial, custodiar catálogos históricos ya no significa solo decidir qué películas se exhiben o se restauran. Significa también decidir con qué obras, estilos y narrativas se entrenarán los sistemas inteligentes que mañana ayudarán a escribir, montar o imaginar nuevas historias.
Una advertencia desde el derecho
Los marcos tradicionales de competencia llegan tarde a este tipo de disputas. Medir precios o cuotas de mercado ya no basta cuando el verdadero poder reside en el control de la distribución digital, la acumulación de datos sobre audiencias, la capacidad de imponer condiciones a creadores y la custodia de catálogos históricos.
El caso Paramount nos recuerda que el derecho de la competencia no es culturalmente neutral. Sus decisiones y omisiones tienen efectos directos sobre la diversidad creativa y la salud de una industria que no es como las demás.
La pregunta que subyace al debate actual no es quién ofrece más ni quién cerrará antes una transacción. Es si se permitirá que el cine vuelva a cerrarse, no con puertas físicas, sino con algoritmos invisibles.
Hollywood ya vivió ese encierro una vez. Conviene recordarlo ahora, antes de aceptar sin mayor reflexión que la historia se repita, esta vez, en streaming.
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El autor es abogado experto en Tecnología, Medios y Telecomunicaciones.