Mi deber como filósofo es aguar la euforia que ha seguido a las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos. Efectivamente, a primera vista, todos hemos triunfado: no solo el partido de Donald Trump sufrió una derrota espectacular, sino que el propio Trump aceptó su derrota y prometió colaborar con el nuevo Congreso demócrata. Nos hemos librado del estado de emergencia o de la anulación de los resultados que tantos temían.
Aun así, mi postura básica no ha cambiado desde 2016, cuando le dije a un entrevistador que votaría por Trump. El hombre puede ser absolutamente “repugnante”, expliqué, pero su victoria provocaría un “gran despertar”, que supondría una sacudida fundamental para el sistema político estadounidense y obligaría a llevar a cabo realineamientos necesarios desde hace mucho tiempo. Prefería a Trump antes que a Hillary Clinton -una notoria partidaria de la intervención militar con profundos vínculos con los grandes bancos-, no porque él fuera mejor, sino porque cabía esperar que provocara una reacción pública contundente.
Es fácil imaginar los ataques brutales que provocó mi postura. Aun así, creo que estaba en lo cierto, aunque me adelanté demasiado a mi tiempo. A mi modo de ver, esta obsesión con Trump, que ya lleva diez años, refleja su elevación a la categoría de fetiche, en un sentido psicoanalítico. Como observó Jacques Lacan, incluso si lo que un marido engañado afirma sobre su esposa es cierto (que ella se acuesta con otros), sus celos son patológicos, porque representan la única manera que tiene de conservar su dignidad -e incluso su propia identidad.
Del mismo modo, se podría decir que, incluso si las afirmaciones de los nazis sobre los judíos fueran ciertas (no lo eran, para que quede claro), su antisemitismo seguiría siendo patológico, ya que servía para reprimir las verdaderas razones de su postura ideológica. Al anhelar creer que la sociedad alemana era una comunidad orgánica basada en la sangre y el suelo, caracterizada por una colaboración armoniosa, necesitaban un intruso externo que explicara las diversas divisiones y antagonismos innegables. La figura antisemita del judío asume todos estos antagonismos y se convierte en lo último que ve un antisemita antes de enfrentarse a la cruda verdad.

En este sentido, la imagen fetichizada de Trump es lo último que ve un liberal antes de enfrentarse a la realidad de la lucha de clases. Los liberales siguen fascinados y obsesionados con él porque les permite eludir el tema de la clase. La observación de Hegel de que “el mal reside en la mirada misma que percibe el Mal a su alrededor” es acertada: la mirada liberal que demoniza a Trump es en sí misma malvada, porque ignora cómo sus propios fracasos crearon el espacio para su tipo de populismo nacionalista.
En este contexto, lo que para mí resultó un verdadero espectáculo de terror fue la toma de posesión de Joe Biden a principios de 2021. Aquello redujo la primera administración de Trump a una anomalía: una breve interrupción de la normalidad liberal-democrática. Esta postura quedó plasmada en “La colina que escalamos”, que la joven poeta Amanda Gorman leyó ante los presentes. “Y así alzamos la mirada no hacia lo que se interpone entre nosotros, sino hacia lo que tenemos delante”, recitó. “Cerramos la brecha porque sabemos que, para priorizar nuestro futuro, primero debemos dejar a un lado nuestras diferencias”.
Si el término “ideología” tiene algún significado, es este: la fantasía de que el establishment y los progresistas se unen en un momento sublime de unidad. Absortos en ese instante, muchos se convencieron de que Trump nunca había existido. Habría sido mejor que se preguntaran de dónde surgieron Trump y sus seguidores. ¿Acaso su ascenso no desmiente la supuesta unidad de los liberales?
Si queremos tener algún futuro, no debemos dejar de lado nuestras diferencias. Debemos hacer lo contrario: centrarnos en nuestras divisiones y antagonismos, y con esto no me refiero a la “guerra incivil” entre el establishment liberal y el movimiento MAGA, sino al auténtico antagonismo de clase subyacente. Dado que Trump afirma representarnos a “nosotros” frente a “ellos”, la única forma de derrotarlo es demostrar que, en realidad, él es uno de “ellos” (una criatura del “pantano” del establishment).
Vale la pena recordar a la figura solitaria que acaparó todas las miradas en la asunción de Biden con solo estar allí sentado, un elemento de discordia en medio de la “unidad”: Bernie Sanders. No es que lo hubieran dejado afuera de la fiesta, pero tampoco es que él tuviera interés alguno en sumarse a ella.
Cuando Hegel vio a Napoleón cabalgando por Jena, pensó que se encontraba en presencia del espíritu del mundo -la historia a caballo-. Al hacerse viral simplemente por estar allí sentado con unos guantes enormes, Sanders encarnó el espíritu del mundo de nuestra propia época -el escepticismo que millones de personas de a pie aún albergaban-. Él y ellos comprendían que todavía se necesitaba un cambio mucho más radical.
Por eso no debemos sucumbir a la euforia tras la última derrota de Trump. En todo caso, su condición de presidente saliente nos priva de un fetiche y nos obliga a centrarnos en la verdadera lucha que tenemos por delante. No tenemos ninguna normalidad a la que volver. El propio Trump es un síntoma de la desintegración del consenso liberal, y del fracaso de la izquierda a la hora de ofrecer una alternativa viable.
El primer paso para combatir el populismo es, por lo tanto, echar una mirada crítica a las debilidades del proyecto liberal. Recordemos el muy celebrado discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos en enero, en el que se refirió al ensayo de 1978 de Václav Havel “El poder de los impotentes”. Havel, explicó Carney, había “planteado una pregunta simple: ¿cómo se sostenía el sistema comunista? Y su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este comerciante colocaba un cartel en su vidriera: ‘Trabajadores de todo el mundo, únanse’. No lo cree, nadie lo cree, pero de todos modos coloca el cartel para evitar problemas, para mostrar que cumple con las normas, para llevarse bien con los demás. Y como cada comerciante de cada calle hace lo mismo, el sistema persiste”.
Del mismo modo que el verdulero de Havel decidió finalmente dejar de vivir en la mentira, Carney instó a su audiencia a retirar su propio cartel y a renunciar abiertamente al antiguo orden mundial.
Ahora bien, existe una gran diferencia entre la historia de Havel y la situación actual. Nuestro cartel ya ha sido retirado, no por disidentes que se oponían al sistema, sino por las grandes potencias que lo crearon. A Estados Unidos ya no le resulta muy útil el orden que le impuso al mundo. La competencia de libre mercado y otras reglas internacionales estaban bien mientras garantizaban los privilegios de Estados Unidos, pero fueron descartadas en cuanto se consideró que socavaban su hegemonía.
La pregunta ahora es qué seguirá al orden liberal. Las únicas alternativas que se ofrecen parecen generar síntomas mórbidos: una guerra económica caótica, nuevas formas de fascismo y tecnofeudalismo, un retorno al acaparamiento colonial de tierras a la antigua usanza y violencia genocida. Peor aún, el proceso “normal” de nuestra historia nos está conduciendo hacia la catástrofe, desde el colapso ecológico y la inteligencia artificial descontrolada hasta nuevas guerras globales. Si estos son los verdaderos finales de nuestra historia, derrotar a Trump no significará nada.
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Slavoj Žižek, profesor de Filosofía en la European Graduate School, es autor, entre otras obras, de Ateísmo cristiano: cómo ser un verdadero materialista (Bloomsbury Academic, 2024).