Durante décadas, las empresas, los inversores y los responsables de las políticas actuaron partiendo de la premisa reconfortante de que la economía global se sustentaba en un equilibrio relativamente estable. Las crisis macroeconómicas y financieras se consideraban principalmente perturbaciones cíclicas que podían gestionarse para reconducir la situación hacia un destino predecible -el crecimiento del PIB per cápita en el marco de un orden económico y financiero en continua globalización-. Sin embargo, este paradigma se ve ahora desafiado por las tensiones geopolíticas, la instrumentalización de las relaciones económicas, el rápido avance de las nuevas tecnologías y otros factores.
Es posible capear esta crisis económica y de mercado, pero requiere un compromiso con la resiliencia, el mantenimiento de la flexibilidad y una muestra de agilidad. Esto no sucederá de forma automática, ya que actualmente reina la incertidumbre respecto de los resultados teóricos y prácticos de muchos cambios estructurales en curso -desde la productividad y el crecimiento económico hasta las cadenas de suministro y las tasas de interés de equilibrio-. Por otra parte, la arquitectura general del comercio y los pagos está evolucionando aceleradamente, lo que aumenta las complejidades operativas y las incertidumbres en materia de planificación de muchas empresas.
Para aquellos que piensan que esto es una exageración, consideren cómo se ha desarrollado nuestra nueva realidad este año en tres ámbitos. En primer lugar, las tensiones geopolíticas están impulsando nuevos esfuerzos para explotar e instrumentalizar suministros críticos. La era de la globalización sin fricciones posterior a la Guerra Fría ha dado paso a una lucha por lograr influencia política a través de las interdependencias existentes. Tanto los actores estatales como los no estatales han reconocido el potencial de ejercer un poder asimétrico estrangulando las arterias físicas del comercio global. Desde las alteraciones marítimas en el estrecho de Ormuz y el mar Rojo hasta la competencia feroz por las cadenas de suministro de minerales críticos, la geografía se está instrumentalizando de manera sistemática.
Estas estrategias, sin embargo, carecen de un final claro. Nadie sabe adónde conducirá la actual fragmentación geopolítica. Algunos albergan esperanzas en lo que el ex primer ministro británico Gordon Brown denomina una “globalización moderada y controlada”; otros temen un orden internacional irremediablemente fracturado; y algunos siguen añorando aquellos tiempos de la globalización sin restricciones y el estado de derecho multilateral. Sin embargo, en este preciso momento, deben reconfigurarse las rutas marítimas y las primas de riesgo marítimo siguen siendo elevadas. Sin un gran acuerdo diplomático a la vista, las empresas multinacionales se verán obligadas a alejarse aún más de las cadenas eficientes de suministro “justo a tiempo” para incorporar redundancias más costosas del tipo “por si acaso”.
En segundo lugar, los instrumentos de política económica que en su día sustentaron el funcionamiento de la infraestructura común de una economía global unificada se están convirtiendo en armas. El uso cada vez más impredecible de aranceles, sanciones, controles de la inversión y embargos a la exportación está alterando de forma fundamental los cálculos de la asignación global de capital y trastocando el orden financiero internacional tal y como lo conocemos. A medida que las preocupaciones por la seguridad nacional se imponen cada vez más por encima de la eficiencia económica y comercial, ya no existen límites consensuados para la gestión económica estatal. También en este caso, el destino o punto final no está claro, porque lo que antes eran parámetros del sistema ahora son variables volátiles.

En tercer lugar, se les está pidiendo a los mercados que financien enormes gastos de capital (capex) en la carrera por desarrollar e implementar tecnologías que mejoren la productividad. Los gigantes tecnológicos y las empresas consolidadas no tecnológicas están destinando, en conjunto, cientos de miles de millones de dólares a centros de datos, capacidad informática e implementación de IA. Sin embargo, una vez más, el destino -el punto en el que este gasto sin precedentes se traducirá en grandes ganancias de productividad monetizables- sigue siendo incierto.
Debido al temor a quedarse atrás, muchos directorios de empresas se ven obligados a autorizar niveles históricos de gasto sin una estrategia clara para obtener una rentabilidad adecuada del capital invertido. Y dado que todo este gasto de capital necesita financiación, las implicancias para los mercados de deuda distan mucho de ser tranquilizadoras. De hecho, el costo del capital ya está experimentando una presión alcista debido a la competencia entre las demandas de financiación del sector privado y del público.
Es cierto que, a pesar de la incertidumbre en torno a los principales determinantes estructurales, la economía global y el mercado de bonos hasta ahora han logrado sortear las mayores minas terrestres. Pero esto se debe, en gran medida, a que unos pocos factores poderosos han protegido el sistema. El primero es el dinamismo de la economía estadounidense, que desempeña un papel fundamental en el crecimiento y la innovación a nivel global, compensando la atonía estructural de China y Europa.
El segundo factor ha sido la disponibilidad de liquidez endógena del mercado. A pesar del endurecimiento de la política monetaria posterior a 2021, el sistema financiero ha generado su propia liquidez. Las reservas abundantes de efectivo de las empresas y los nuevos instrumentos financieros han mantenido el flujo de crédito, reforzando el papel de las reservas físicas de existencias -sobre todo en los mercados energéticos, donde las reservas estratégicas y la flexibilidad de los mercados de productos refinados han absorbido repetidamente las perturbaciones de la oferta provocadas por factores geopolíticos.
Sin embargo, hay que establecer una distinción fundamental entre las fuentes genuinas y estructurales de resiliencia y las formas más temporales que dependen de reservas físicas y financieras agotables. Las reservas de petróleo han caído a mínimos no vistos en décadas, y no se puede confiar en una liquidez endógena abundante del mercado -como lo demuestra la reciente venta masiva del fondo de cobertura sobreapalancado Situational Awareness y el desapalancamiento de algunos fondos cotizados coreanos-. Tarde o temprano, las políticas fiscales derrochadoras y el gasto de capital corporativo desenfrenado chocarán con un aumento de la carga de deuda, un apalancamiento financiero excesivo y tasas de interés más altas.
Sin objetivos claros, las esperanzas de regresar al mundo predecible del pasado deben dar paso a la realidad de transiciones geoeconómicas turbulentas. Las empresas, los gobiernos y los inversores ya no pueden permitirse basar sus estrategias en pronósticos puntuales (“escenarios de referencia”). En su lugar, deben centrar la atención en desarrollar una mayor resiliencia, agilidad y flexibilidad a corto plazo. Estos son los activos estratégicos necesarios para sobrevivir a una trayectoria accidentada e incierta que podría tomar cualquier rumbo. A medida que se agotan los márgenes de seguridad que han protegido la economía mundial, todos tendrán que ampliarlos.
El sistema se sostiene, en parte, gracias a lo que pronto serán los últimos vestigios de liquidez prestada y existencias físicas agotadas, así como al gasto financiado con déficit. A medida que se vaya asimilando esta realidad, los próximos meses y años se caracterizarán cada vez más por una mayor volatilidad económica y financiera, así como por una mayor dispersión de los resultados, a medida que se amplíe la brecha entre ganadores y perdedores, y entre sectores, países y activos financieros.
Debemos aceptar que la ausencia de objetivos finales ampliamente aceptados constituye otra “nueva normalidad”. Por desestabilizadora y desconcertante que parezca esta realidad estructural, quienes la acepten descubrirán que estas son las circunstancias en las que se consolidan las ventajas competitivas a largo plazo y se forjan grandes fortunas. Y quienes no demuestren resiliencia, agilidad y apertura mental corren el riesgo de sufrir el tipo de parálisis que socava el bienestar económico ahora y en los años venideros.
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Mohamed A. El-Erian, expresidente del Queens’ College de la Universidad de Cambridge, es profesor de práctica en la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, donde también es investigador sénior global en el Instituto Lauder. Es asesor económico jefe de Allianz, presidente de Gramercy Funds, autor de The Only Game in Town: Central Banks, Instability, and Avoiding the Next Collapse (Random House, 2016), y coautor (junto con Gordon Brown, Michael Spence y Reid Lidow) de Permacrisis: A Plan to Fix a Fractured World (Simon & Schuster, 2023).