A juzgar por lo que se desprende de las diversas reuniones de la Unión Europea —en el Consejo Europeo, en las oficinas de la Comisión Europea y en otros lugares—, la limitada capacidad de respuesta del bloque es evidente. Simplemente hay demasiados retos y demasiadas tareas. El mundo es un lugar caótico, y también lo es la escena política de Bruselas.
El primer reto, por tanto, es ponerse de acuerdo sobre las prioridades. Esto no debería ser demasiado difícil, ya que algunas son evidentes. Seguir haciendo frente a la agresión territorial de Rusia es un claro imperativo estratégico, y el apoyo financiero a Ucrania contribuye a allanar el camino hacia la paz y una nueva ronda de ampliación de la UE. Las elecciones de este mes en Hungría, que derrocaron al primer ministro Viktor Orbán tras 16 años en el poder, han eliminado un obstáculo embarazoso que ponía cada vez más en peligro la seguridad de la UE.
Pero lograr un mayor crecimiento económico en toda Europa no es menos urgente, dado que una base industrial y tecnológica sólida es un requisito previo para la seguridad y la autonomía estratégica en un mundo cada vez más peligroso. Importantes informes sobre la competitividad de la UE y las deficiencias del mercado único, elaborados por el expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, y el expresidente del Gobierno italiano, Enrico Letta, respectivamente, han puesto de relieve los principales retos e identificado las soluciones necesarias.

Sin embargo, más allá de generar una oleada de titulares cuando se publicaron, las conclusiones de Draghi y Letta apenas han tenido repercusión en la agenda política de la UE. Casi ninguna de sus propuestas se ha llevado a cabo, y esta falta de seguimiento sigue siendo evidente en los datos macroeconómicos. Al parecer, están sucediendo demasiadas otras cosas como para que los responsables políticos de la UE presten a los retos de competitividad y productividad de la economía la atención que requieren.
Pero eso no es precisamente una excusa tranquilizadora. Los líderes europeos deben abandonar sus ilusiones y reconocer lo que está en juego. Ante un crecimiento moderado, déficits persistentes y una considerable carga de deuda pública, no hay forma de que los Estados miembros de la UE aumenten el gasto en defensa y, al mismo tiempo, mantengan sus sistemas de bienestar en los próximos años. Para empeorar las cosas, se prevé que la población en edad de trabajar de Europa disminuya en torno a un 12 % en la próxima década, lo que supondrá una carga aún mayor para las finanzas públicas y limitará aún más los recursos disponibles.
Esas necesidades son enormes, ya que el gasto en defensa de la mayoría de los Estados miembros de la UE sigue estancado en torno al 2 % del PIB. Sin embargo, si algo han demostrado los últimos 15 meses es que Europa ya no puede permitirse retrasar inversiones importantes en su propia seguridad y en su base industrial de defensa. Hace solo unos meses, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazó con apoderarse de Groenlandia, un territorio soberano de Dinamarca, Estado miembro de la OTAN. Y más recientemente, la frustración de Trump ante la negativa de Europa a sumarse a su guerra contra Irán ha sembrado serias dudas sobre si Estados Unidos acudiría en defensa de Europa.
Los europeos deben afrontar la realidad. Buscamos garantizar nuestra seguridad física, establecer una disuasión frente a posibles agresores (empezando por Rusia), descarbonizar nuestra economía y mantener un apoyo constante a una de las poblaciones más envejecidas del planeta, todo ello mientras nos enfrentamos a un crecimiento débil, una elevada deuda y un declive demográfico. Solo mediante reformas sustanciales podremos alcanzar nuestros objetivos.
Afortunadamente, en la reunión del Consejo Europeo celebrada en marzo, los jefes de Estado y de Gobierno europeos se comprometieron a completar el mercado único para finales de 2027. Si se toman en serio la implementación de las reformas que esto requeriría, la situación fiscal y estratégica de Europa podría mejorar sustancialmente.
El comercio dentro del mercado único, tal y como existe actualmente, sustenta cerca de 60 millones de puestos de trabajo europeos y ya ha generado beneficios económicos equivalentes al 8-9 % del PIB de la UE. Al completar el mercado único —es decir, creando un mercado único para la conectividad digital, la energía y el capital de inversión—, la UE podría añadir otro 1-2 % al PIB durante la próxima década, algo que se necesita urgentemente. De hecho, esa es una de las estimaciones más conservadoras. Según el informe Draghi, «las fricciones comerciales que aún persisten en la UE significan que Europa está dejando sobre la mesa alrededor del 10 % del PIB potencial».
Pero para que esto sea posible, la UE debe convertir el crecimiento y el dinamismo económico en una prioridad absoluta. Al fin y al cabo, el éxito en este frente es la única forma de evitar el fracaso en muchos otros.
Europa no está condenada al fracaso. Contamos con el talento, las universidades y el Estado de derecho que las empresas necesitan para prosperar. Nuestra moneda común es fuerte y nuestra calidad de vida es superior a la de cualquier otro lugar del mundo. Pero, en lugar de permitir que estas fortalezas nos lleven a la complacencia, debemos reconocer que todas ellas están en peligro. Debemos empezar a afrontar nuestro mayor desafío con la urgencia que requiere.
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Carl Bildt es exprimer ministro y exministro de Asuntos Exteriores de Suecia.