El ataque estadounidense-israelí que acabó con la vida del líder supremo de Irán, el ayatola Ali Khamenei, y que supuso el inicio de la aventura más trascendental de Estados Unidos en Oriente Medio desde la guerra de Irak, tomó por sorpresa a muchos en Europa. Ante una serie de crisis en cadena -desde una crisis petrolera al estilo de la década de 1970 hasta una ruptura transatlántica que plantea una amenaza para la arquitectura de seguridad de Europa-, muchos analistas han llegado a la misma conclusión: el conflicto representa un colapso del sistema multilateral y presagia una era de desorden global.
Sin embargo, esta interpretación pasa por alto algo más profundo. La guerra de Irán muestra cómo es la geopolítica cuando la idea misma de orden se ha derrumbado, una situación que denomino “inordenada”.
La distinción es importante. El desorden es lo que ocurre cuando se rompen deliberadamente las reglas establecidas. Describir una situación como desordenada es, paradójicamente, afirmar que aún existen normas compartidas, aunque se violen. Una situación inordenada, por el contrario, implica que esas normas se ven superadas por los acontecimientos y que ya no existe un entendimiento compartido de lo que está bien y lo que está mal, ni siquiera de la verdad misma. En su lugar queda una incertidumbre más profunda e irreducible.
En vez de regirse por normas compartidas, el sistema internacional hoy se ve acosado por brotes episódicos de coacción y represalias. La guerra de Irán es un ejemplo claro: el ataque del 28 de febrero en el que fue asesinado Khamenei y que desencadenó la actual ronda de escalada regional tuvo lugar mientras las negociaciones todavía estaban en curso, evocando el ataque sorpresa a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941, cuando los negociadores japoneses aún se encontraban en Washington para mantener conversaciones con Estados Unidos.
Peor aún, el derecho y las instituciones internacionales han demostrado ser en gran medida ineficaces a la hora de impedir que Estados Unidos, Israel e Irán incumplan abiertamente las normas fundamentales contra el asesinato o el secuestro de líderes políticos, los ataques a infraestructura civil e incluso el tabú de larga data contra las guerras de agresión.
Lo más importante es que los principales actores de la guerra no parecen ser conscientes en absoluto de que están infringiendo las reglas. Cuando los tanques del presidente ruso, Vladimir Putin, entraron en Ucrania en 2022, el Kremlin presentó un sinfín de justificaciones legales para la invasión -un reconocimiento implícito de que se estaba cometiendo un crimen-. Por el contrario, cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazó con atacar la infraestructura civil de Irán, o cuando el secretario de “Guerra” (Defensa), Pete Hegseth, declaró que las fuerzas armadas no mostrarían “ni piedad ni clemencia”, había pocos indicios de que alguno de ellos supiera, o acaso le importara, que estaban incitando a que se cometieran crímenes de guerra.
Ninguna arquitectura institucional puede funcionar cuando los actores principales dejan de cumplir las reglas. Esa es la esencia de la distinción entre un mundo desordenado y un mundo inordenado: en el primer caso, se rompen las reglas; en el segundo, no existen reglas acordadas.
La policrisis es la nueva normalidad
La nueva era inordenada no puede atribuirse únicamente a Trump, aunque su teatralidad haya llegado a encarnarla. A Trump es mejor entenderlo como un síntoma, más que como la causa principal, de un mundo que ha perdido sus principios organizativos. Las fuerzas más profundas que impulsan esta transformación son estructurales: las alteraciones económicas, el cambio climático, los avances tecnológicos y los cambios demográficos, todos ellos convergen en los cimientos del orden global existente.
Como resultado de ello, las crisis se están volviendo más complejas, menos predecibles y potencialmente catastróficas. En lugar de simplemente propagarse, a menudo se entremezclan unas con otras. En un mundo hiperconectado, el contagio, los puntos de inflexión y la volatilidad extrema se convierten en la norma. El economista de Oxford Ian Goldin ha denominado a esta dinámica el “defecto mariposa”, utilizando la imagen familiar de una mariposa que bate las alas en un lado del mundo y desata un tornado en el otro para ilustrar el potencial destructivo de la interdependencia global.
Una versión más moderada de esta dinámica se puso de manifiesto durante la pandemia del COVID-19, que desencadenó rápidamente una crisis económica global cuando colapsaron las cadenas de suministro y cuando el nacionalismo vacunal agudizó las tensiones geopolíticas. Los cambios dramáticos suelen provenir del impacto acumulativo de pequeñas alteraciones.
La guerra de Irán ejemplifica el tipo de policrisis permanente que probablemente definirá las próximas décadas. Más que una sola crisis, se trata de cinco: una crisis de suministro energético, una amenaza de proliferación nuclear, un colapso de la seguridad regional, una alteración económica global y una ruptura transatlántica, todas ellas desarrollándose en una sucesión acelerada.
En respuesta a los ataques de Estados Unidos e Israel, Irán cerró el estrecho de Ormuz, lo que provocó un aumento de los precios globales de la energía, de los fertilizantes y de los alimentos. Incluso si el estrecho vuelve a abrirse y Trump levanta su propio bloqueo de los puertos iraníes, la crisis tendrá efectos perjudiciales a largo plazo sobre los presupuestos asiáticos, las tasas de interés europeas y las reservas estratégicas de energía en todo el mundo. Si el frágil alto el fuego se derrumba y los precios siguen subiendo, las presiones resultantes sobre el costo de vida podrían impulsar a los movimientos populistas en toda Europa de cara a las elecciones regionales cruciales en Alemania, y a las elecciones presidenciales del año que viene en Francia.
Para entender por qué las respuestas occidentales siguen sin ser acertadas, conviene distinguir entre dos formas contrapuestas de concebir el orden. La primera podría denominarse la “estrategia del arquitecto”. Tras la caída del Muro de Berlín, los líderes de Europa y Estados Unidos creyeron haber descubierto el modelo definitivo para organizar el mundo, depositando su fe en un conjunto de reglas e instituciones diseñadas para mantener la estabilidad global.
El destino de ese sistema ahora pende de un hilo. Desde la invasión de Ucrania por parte de Rusia, la preservación del “orden basado en reglas” se ha convertido en el leitmotiv de la política exterior occidental, presente en documentos estratégicos, discursos de líderes y los comunicados de las cumbres del G7 y de la OTAN. Los líderes europeos, en particular, tienden a mostrarse recelosos ante el cambio, asumiendo que este socavará el sistema en lugar de fortalecerlo. Al ser quienes más se han beneficiado del orden existente, esperan que los demás lo acepten o construyan una alternativa. En este sentido, piensan como arquitectos, centrándose en la estructura institucional del mundo.
El auge de los estados artesanos
La segunda forma de pensar sobre el orden internacional podría denominarse la “estrategia del artesano”, según la cual, en una era inordenada, la tarea principal de los gobiernos es sobrevivir mientras se posicionan para beneficiarse de la disrupción. China es el principal exponente de esta visión, pero la misma lógica parece impulsar a muchas potencias emergentes, desde India y Turquía hasta Arabia Saudita y Sudáfrica.
Estos estados no estaban entre los arquitectos del orden actual y se han acostumbrado a adaptar y revisar los marcos concebidos por otros. A pesar de su tamaño e influencia, muestran el pragmatismo y la flexibilidad de los artesanos -reparan, reutilizan y recombinan elementos existentes para crear algo nuevo, en lugar de diseñar sistemas desde cero.
Por supuesto, estos dos modelos analíticos no siempre se corresponden con la formulación de políticas en el mundo real. Aun así, captan la creciente brecha entre quienes trazan grandes planes y quienes abrazan el cambio y se adaptan a él. Mientras que los arquitectos persiguen visiones audaces y a menudo se ven paralizados por la brecha entre el diseño y la realidad, los artesanos buscan comprender hacia dónde se dirige el mundo y sacar el máximo partido de las contingencias emergentes.
Los arquitectos suelen desenvolverse bien en un mundo predecible. Sin embargo, en un panorama geopolítico complejo y en constante cambio, los artesanos corren con ventaja. Durante décadas, la política internacional ha estado moldeada por arquitectos occidentales cuyas visiones expansivas impulsaron la creación de un orden global basado en instituciones universales y una noción lineal del progreso. Los artesanos están mejor equipados para navegar por la incertidumbre radical de un mundo en el que nadie parece reconocer las reglas.
La conducta de Irán en su guerra contra Estados Unidos e Israel es un ejemplo paradigmático de un estado artesano en acción. Sin una superioridad aérea, una paridad militar convencional o aliados fiables, la República Islámica no intentó librar la guerra según los términos de Estados Unidos. En su lugar, identificó el único punto de influencia asimétrica, el estrecho de Ormuz, y luego se valió de su estructura de mando descentralizada para adaptarse a las condiciones cambiantes.
Al cerrar el estrecho en lugar de buscar una confrontación convencional que no podía ganar, Irán ha transformado el conflicto de una contienda militar a una de resistencia económica, en la que claramente lleva las de ganar. En consecuencia, las negociaciones extraoficiales han pasado a centrarse en el propio estrecho y no en las cuestiones que llevaron a Estados Unidos a la guerra: un cambio de régimen, las reservas de uranio de Irán, su programa de misiles y su apoyo a grupos regionales afines.
Al mismo tiempo, Estados Unidos se ve cada vez más limitado por sus propios supuestos arquitectónicos. Paradójicamente, mientras que Trump es un disruptor instintivo -un agente del caos con poca paciencia para los marcos institucionales-, la maquinaria militar y diplomática que dirige sigue operando de acuerdo con una lógica arquitectónica.
Estados Unidos entró en la guerra de Irán con un conjunto de objetivos maximalistas que guardaban poca relación con lo que el poderío militar estadounidense podía ofrecer en la práctica. Armado con sistemas de puntería de IA de última generación y herramientas futuristas como el llamado “Ghost Murmur” -un magnetómetro cuántico de largo alcance que, según se informa, puede rastrear la señal electromagnética de un latido cardíaco humano y aislarla del ruido de fondo-, Estados Unidos logró hazañas tácticas impresionantes. Pero si bien la tecnología de vanguardia pudo haber posibilitado el ataque inicial que eliminó a gran parte de la cúpula iraní y el reciente rescate de su piloto varado, cuando Irán cerró el estrecho, la administración Trump descubrió que no podía conciliar sus grandes ambiciones con la realidad de la defensa improvisada de Irán.
El manual obsoleto de Europa
Se podría perdonar a quien supusiera que los europeos, como arquitectos por excelencia, no están bien preparados para una era inordenada. Sin duda, han sufrido de manera desproporcionada la guerra de Estados Unidos en Irán, dada su exposición a la volatilidad del mercado energético. Asimismo, la formulación de políticas en Europa también se ha convertido en sinónimo de exceso de regulación, interminables reuniones sobre reuniones y discusiones sobre la curvatura ideal de las bananas, en lugar de una acción decisiva.
Sin embargo, Europa está mejor preparada para este mundo de lo que cree, ya que su historia, sus instituciones y su cultura política reflejan profundas tradiciones de adaptación y resiliencia. La propia Unión Europea no fue el producto de un gran diseño arquitectónico, ni la prosperidad y la seguridad del bloque son el resultado de un único plan cuidadosamente ejecutado.
Contrariamente a lo que pueda parecer, el proyecto europeo evolucionó a través de un proceso continuo de ensayo y error. Lo que comenzó como la Comunidad del Carbón y del Acero se convirtió en una unión aduanera, luego en un mercado único y, finalmente, en una unión monetaria con su propia moneda. El número de miembros se amplió gradualmente, pasando de seis estados a nueve, luego a 12, 15, 25 y, finalmente, a 27. Algunas iniciativas prometedoras, como la Comunidad Europea de Defensa, fracasaron rotundamente. Otras surgieron en respuesta a crisis: los gobiernos europeos fortalecieron la cooperación en materia de seguridad tras las guerras de los Balcanes, persiguieron la consolidación fiscal tras la crisis de deuda de la eurozona, ampliaron la colaboración en materia de salud pública en respuesta al COVID-19 y, más recientemente, aceleraron la integración en materia de defensa tras la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia.
El desafío al que se enfrenta hoy Europa es aprovechar esa experiencia y desarrollar un código de artesano que pueda guiarla a través de la crisis actual en Oriente Medio y la era inordenada que se avecina. Con este fin, los responsables de las políticas deben centrarse en tres prioridades clave.
En primer lugar, los líderes europeos deben aceptar la realidad del mundo inordenado en lugar de perseguir una apariencia de estabilidad. Cuanto antes dejen de aspirar a grandes marcos y se centren en objetivos concretos, como mantener la no proliferación nuclear y evitar que las crisis regionales desencadenen crisis económicas sistémicas, antes podrán desarrollar estrategias que realmente funcionen. Por encima de todo, deben reconocer que crisis como la guerra en Irán ya no son problemas que hay que resolver, sino condiciones que hay que gestionar.
En segundo lugar, los responsables de las políticas europeos deben replantearse su estrategia frente a la interdependencia. El cierre del estrecho de Ormuz, al igual que la pandemia y la guerra en Ucrania, ha puesto de relieve los riesgos de depender excesivamente de un único proveedor o cuello de botella. Los países europeos hoy en día comprenden que necesitan diversificar sus cadenas de suministro, pero con la migración y la tecnología que emergen como ámbitos de competencia, también deben mostrarse menos reticentes a la hora de ejercer presión sobre otros, ya sea Rusia, China o incluso Estados Unidos.
Por encima de todo, los países europeos deben asumir la responsabilidad de su propia seguridad. Durante demasiado tiempo han externalizado funciones básicas a estructuras externas -la OTAN, la Organización Mundial de la Salud, las Naciones Unidas- en lugar de desarrollar sus propias capacidades. El resultado ha sido una pasividad estratégica y una dependencia del liderazgo estadounidense. Para sobrevivir a una era inordenada, Europa tendrá que aumentar el gasto en defensa y expandir su industria armamentística nacional, fortalecer la resiliencia social y prepararse para actuar sin Estados Unidos cuando sea necesario.
El mayor peligro, sin embargo, reside en el manual de estrategias obsoleto de Europa. Si bien las reglas, las reuniones y los planes le han sido útiles durante décadas, aferrarse a estas herramientas hoy conlleva el riesgo de cegar a los líderes ante las duras realidades de una era inordenada global. La guerra en Irán no es una aberración; es la primera de muchas pruebas.
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Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, es autor, entre otros libros, de Surviving Chaos: Geopolitics When the Rules Fail (Polity Press, 2026).