Ahora que Estados Unidos e Irán han acordado un alto el fuego de dos semanas, muchos aprovechan esta tregua para preguntarse qué podría llevar al presidente estadounidense Donald Trump a declarar la victoria y poner fin a los combates. Una condición necesaria, al parecer, es la reapertura permanente del estrecho de Ormuz, por donde fluye alrededor de una quinta parte del suministro mundial de petróleo. Pero, aunque el alto el fuego haya reabierto temporalmente el estrecho, Trump no ha garantizado una estabilidad duradera para el transporte marítimo. Por supuesto, si Trump simplemente se hubiera abstenido de atacar a Irán desde el principio, el estrecho nunca se habría cerrado.
El primer mes de la guerra dejó varias lecciones más. Una de ellas se refiere al pensamiento de los dirigentes israelíes. El primer ministro Benjamin Netanyahu sabía que podía llamar la atención de Trump presentándole la perspectiva de una victoria grande y llamativa, y que esta Administración estadounidense no se detendría a considerar las consecuencias de segundo o tercer orden. Quizá fuera mera coincidencia que los ataques contra Irán se produjeran poco después de que el Tribunal Supremo de Estados Unidos anulara los aranceles de Trump en virtud de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional, pero quizá no.
La aparente falta de planificación estratégica por parte de Estados Unidos apunta a una segunda lección: la confianza de los Estados del Golfo en las garantías de seguridad estadounidenses podría no haber estado justificada. Aunque algunos líderes esperan en silencio que la guerra siga conduciendo a un cambio drástico y positivo en Irán, la esperanza no es una estrategia, y el resultado que desean parece cada vez más irrealista. El régimen iraní ya ha demostrado que no hay línea que no esté dispuesto a cruzar para asegurar su supervivencia y disuadir a sus enemigos.
Por eso es difícil evitar la conclusión de que este conflicto desplazará el equilibrio estratégico de la región hacia el este, hacia potencias emergentes como China e India. Junto con Rusia, ambas son actores centrales en el BRICS+, que ahora incluye a Irán, y que tiene la oportunidad de presentarse como líder inevitable de cualquier nuevo orden mundial que esté surgiendo.

Es especialmente probable que China desempeñe un papel importante en lo que sea que siga a la guerra. Es casi seguro que tanto ella como Rusia estuvieron detrás de la iniciativa para incluir a Irán en la ampliación de la membresía del BRICS. Al mismo tiempo, la India acogerá la próxima cumbre del BRICS+ este septiembre, y está disfrutando de su nuevo papel como defensora de facto del Sur Global, debido a su posición geográfica central en la economía del siglo XXI y a su enorme población.
Por supuesto, las relaciones de la India con sus vecinos inmediatos siguen siendo complicadas. Pero ni siquiera las tensiones históricas de larga data son un obstáculo insalvable. Como muestran Heiwai Tang y Brian Wong Yue Shun en su volumen editado Towards a Future for BRICS+, la India tiene un gran interés en explotar el potencial de beneficios mutuos dentro del bloque. Una de las principales preocupaciones es el acceso a los suministros energéticos de Oriente Medio, tanto para sí misma como para sus vecinos.
Las economías asiáticas se han visto especialmente afectadas tanto por la crisis de los precios de la energía como por la escasez de suministro, e Irán lo sabe. Las declaraciones ocasionales del último mes sugieren que Irán acogería con agrado fijar el precio del petróleo destinado a países amigos en renminbi. Estas dinámicas son aún más pertinentes a la luz del papel cada vez más importante que ha desempeñado Pakistán como mediador entre EE. UU. e Irán. Si los pakistaníes ayudan a poner fin a la crisis energética, ni siquiera la India podría quejarse.
La guerra, si continúa, también tiene implicaciones evidentes para la reunión bilateral prevista entre Trump y el presidente chino Xi Jinping, que se ha reprogramado para mediados de mayo. Sea cuando sea que se celebre, Xi probablemente considerará que China tiene una posición de fuerza, no solo para ejercer presión sobre Irán, sino también para negociar con dureza con EE. UU. Los mercados estarán muy atentos a cualquier indicio de posibles acontecimientos antes de la cumbre.
Teniendo en cuenta estas fuerzas convergentes, la creciente eficiencia del consumo de petróleo y el aumento continuo de las fuentes de energía alternativas, sigo dudando de que esta crisis provoque tanta agitación en los mercados como la crisis financiera de 2008, la llegada de la COVID-19 o la invasión rusa de Ucrania en 2022.
Al fin y al cabo, Trump no puede permitirse presenciar un rápido aumento de los precios de la gasolina justo cuando los estadounidenses se adentran en la temporada alta de conducción —y luego se dirigen a las urnas para las elecciones de mitad de mandato que se celebrarán en noviembre—. Sus publicaciones cada vez más desquiciadas en las redes sociales sugieren que está más que frustrado con la situación y desesperado por encontrar una salida. Si el alto el fuego no se la proporciona, China podría tener una posible carta de triunfo.
---
Jim O’Neill es exministro del Tesoro del Reino Unido y expresidente de Goldman Sachs Asset Management.