La IA no es un botón, es infraestructura crítica.
Costa Rica habla mucho de inteligencia artificial. Quizás demasiado. Pero la competitividad en IA no se define en conferencias ni en titulares, sino en la capacidad de sostenerla con infraestructura real.
Debemos entender que la IA no flota. En realidad consume energía, requiere centros de datos, redes robustas, almacenamiento confiable y operación madura. Si aspiramos a convertir esta ola tecnológica en inversión y productividad, debemos empezar por ahí.
El desempeño de la IA, su confiabilidad, escalabilidad, costo y seguridad, depende de cuatro pilares: cómputo, redes, almacenamiento y operación. Tener aceleradores de alto desempeño sin energía estable, sin enfriamiento adecuado o sin redes diseñadas para cargas intensivas es como comprar un motor sin vehículo. El hardware no compensa una arquitectura deficiente.
Cuando hablamos de la nube, solemos imaginar algo etéreo. Pero la nube tiene piso. Tiene edificios, fibra óptica, sistemas eléctricos y estándares. Las empresas globales que evalúan instalar operaciones intensivas en datos no solo preguntan por talento; preguntan por continuidad, resiliencia y costos previsibles. En la nueva geografía del nearshoring, la IA ya es un criterio de inversión.
En redes académicas como la de RedCONARE, que ha comunicado velocidades de hasta 5 Gbps, existe una base relevante para colaboración avanzada. Sin embargo, el desafío país es mayor, porque mover datos en IA es tan crítico como procesarlos. Latencia y capacidad definen si un modelo responde en tiempo real o si se convierte en un experimento eterno.

El tercer pilar es el dato. Sin gobierno, sin trazabilidad y sin control de versiones, la IA amplifica el desorden. El problema deja de ser técnico y se convierte en institucional: privacidad, cumplimiento normativo y reputación. Finalmente, la operación: monitoreo, seguridad, auditoría y continuidad. Muchas iniciativas fracasan no por falta de modelos, sino por ausencia de gestión técnica sostenida.
En energía, Costa Rica posee una ventaja objetiva. Según datos del Instituto Costarricense de Electricidad, más del 97% de la demanda eléctrica reciente se ha atendido con fuentes renovables. Este es un argumento potente ante inversionistas que buscan sostenibilidad. Pero la narrativa verde debe acompañarse de planificación de capacidad, transmisión y costos competitivos.
También importan los estándares. El Uptime Institute certifica proyectos en el país bajo criterios Tier de diseño y operación. Esa señal es clave: el capital no deposita cargas críticas en plataformas improvisadas.
En materia de conectividad móvil, la Sutel realizó en 2025 la subasta de frecuencias 5G, abriendo oportunidades para aplicaciones en industria, agricultura y ciudades inteligentes. Pero conviene evitar simplificaciones: 5G suma, no sustituye la columna vertebral de fibra, centros de datos y operación madura que la IA en escala exige.
El país necesita talento capaz de diseñar arquitecturas completas, no solo de utilizar herramientas. La academia tiene aquí un rol estratégico: formar profesionales que construyan sistemas auditables, seguros y escalables.
Antes de afirmar que tenemos IA, conviene responder cinco preguntas: ¿dónde corre el modelo?, ¿qué ocurre si falla?, ¿de dónde provienen los datos?, ¿la red soporta la expansión?, ¿quién opera con estándares claros? Cuando las respuestas son vagas, el riesgo es alto.
La IA no es magia ni amenaza inevitable. Es ingeniería aplicada. Si alineamos energía, conectividad, estándares y formación, Costa Rica no solo adoptará inteligencia artificial, también podrá atraer inversión de alto valor y consolidar una posición regional en IA sostenible.