Cualquier persona, aun la menos afín al canto lírico, al escuchar el aria Reina de la Noche (Der Hölle Rache), de la ópera La Flauta Mágica, de Mozart, experimenta una sensación de admiración y belleza. Representa lo más cercano que la voz humana puede acercarse al fino canto de un ave y, por ello, posiblemente el mayor reto de interpretación de toda soprano.
La parte cúspide del aria, donde la cantante debe alcanzar notas extremadamente agudas, es la prueba de supremo virtuosismo, demandante de un nivel de precisión, control y agudeza en la voz, que bordea lo sobrehumano. Entre las interpretaciones magistrales de esta aria se señala a la soprano eslovaca Edita Gruberová, la italiana Luciana Serra, o la surcoreana Sumi Jo. Esta última puede escucharse en este enlace: https://music.youtube.com/watch?v=IpdY4KporMg
Vale recordar que el genio de Mozart compuso esta ópera casi al final de su vida (35 años), y estrenada bajo su dirección el 30 de setiembre de 1791, dos meses antes de su muerte.
Pero volviendo al aria en sí, y más allá de su cristalina belleza lírica, al analizar el texto topamos sorpresivamente con el otro extremo: el mensaje es el de un furibundo ataque de ira y venganza, el instante en que la Reina de la Noche pone un cuchillo en las manos de su hija, ordenándole asesinar a Sarastro, rival de la reina, bajo amenaza de maldición si no lo hace.
Curiosa contradicción entre armonía sonora y mensaje. La crueldad vestida de belleza. Pero no debería sorprendernos. Es parte de la paradoja humana. Una cosa es la forma, y otra el fondo. El envase que difiere del contenido.
Nos recuerda que nada debe escapar a la duda y el escrutinio. Que, si bien una imagen dice más que mil palabras, vivimos tiempos en que ni la imagen ni las palabras son confiables a la primera, ni a la segunda verificación. “Caras vemos, corazones no sabemos”, dice el refrán popular. Y el mismo Jesús hablaba de “lobos vestidos de oveja”, refiriéndose a los religiosos que, tras una apariencia de caridad y pureza, cargaban intenciones perversas.

Si bien esta precaución es menester tener en las relaciones humanas, cuanto más en las organizaciones, sean estas con fin de lucro o no, incluso aplicable a instituciones públicas y al propio Gobierno. Dada la naturaleza voluble, cambiante y maleable del ser humano, no podemos descansar en el ideal de la auto contención del individuo, aunque duela no admitir excepciones.
James Madison (1751–1836), uno de los denominados padres fundadores de Estados Unidos, y su cuarto presidente, al referirse a la institucionalización del Estado, decía que “la república es una desconfianza organizada”.
No debe basarse en la fe ciega ni la divinización del individuo. Por eso las normas, procedimientos, controles, pesos y contrapesos deben atravesar la organización. Lo mismo aplica al entorno empresarial o de cualquier otra entidad.
Ahora bien, todo ese engranaje, esa densa estructura de normas, controles y procedimientos, también debe estar en continua revisión y adaptación al entorno cambiante de las cosas. Más allá de las personas, los procesos deben someterse a simulaciones y pruebas, a auditoría de procesos. La revisión sistemática debe llevar a comprobar si las normas, políticas y procedimientos se ejecutan de manera eficiente, si alcanzan sus objetivos, o si son proclives a errores y riesgos. Entonces actualizarlos para volver a reencauzar su propósito original. Muchas veces, por muchos años, olvidamos este diagnóstico, hasta que el riesgo se convierte en siniestro.
Mucho antes que Mozart y el aria la Reina de la Noche, la mitología griega nos legó la leyenda de las sirenas. Con su canto atraían a los marineros, para acercarlos y luego destruirlos. No en vano la expresión “cantos de sirena” se refiere a promesas o propuestas que parecen atractivas, pero que ocultan riesgos o engaños. Existen en las relaciones humanas, en los negocios, las empresas y hasta en la conducción del Estado.
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El autor es economista.