Cuando se analiza a Costa Rica desde la perspectiva de los negocios globales, suelen destacarse dos factores: estabilidad política y talento humano. Sin embargo, en un contexto internacional marcado por la polarización, la fragmentación social y la desconfianza institucional, existe un activo menos visible —pero decisivo— que sostiene nuestra competitividad: el capital social.
El capital social es, en esencia, confianza. Es la capacidad de una sociedad diversa para coordinarse, cooperar y resolver tensiones sin romperse. En Costa Rica, la democracia ha dejado de ser únicamente un sistema de votación para convertirse en un ejercicio constante de traducción cultural: entre generaciones, entre estilos de liderazgo y entre distintas formas de entender el trabajo, la autoridad y el propósito.

Estructura vs. propósito: el choque de mentalidades
La fuerza laboral actual convive con al menos dos visiones claramente diferenciadas. Por un lado, el modelo tradicional concibe la democracia —y la empresa— como una estructura sólida de reglas, procesos y jerarquías. La confianza se construye a partir del orden, la previsibilidad y el respeto a la institucionalidad.
Por otro lado, las nuevas generaciones de profesionales, así como los nómadas digitales que el país atrae, entienden la democracia como un sistema vivo de participación y sentido. Para ellos, la legitimidad no proviene del organigrama, sino de sentirse escuchados, respetados y con capacidad real de incidir.
Este contraste no es un problema en sí mismo. El riesgo aparece cuando las organizaciones ignoran esta tensión y operan bajo supuestos que ya no conectan con su talento.
La comunicación como infraestructura de confianza
El único puente posible entre estas visiones es la comunicación. En entornos multiculturales, la jerarquía por sí sola ya no es suficiente para sostener la autoridad. Mientras el modelo tradicional utiliza la comunicación para transmitir instrucciones, los enfoques contemporáneos la entienden como el espacio donde se construyen liderazgo, legitimidad y compromiso.
Aquí Costa Rica cuenta con una ventaja histórica: un país que abolió el ejército y apostó por el diálogo desarrolló, casi sin proponérselo, una cultura donde la palabra sustituye a la fuerza. Ese ADN sigue siendo relevante hoy. En un mundo empresarial complejo, la capacidad de conversar, negociar y alinear expectativas no es un soft skill; es una condición para la rentabilidad.
Costa Rica como laboratorio de paz productiva
La estabilidad institucional del país genera un nivel de seguridad humana altamente valorado por la inversión extranjera. Las empresas buscan entornos donde la paz social garantice continuidad operativa. No obstante, este atractivo solo se sostiene si actualizamos nuestra gobernanza interna.
El desafío no es elegir entre disciplina o flexibilidad, sino integrar ambas. La competitividad futura dependerá de nuestra capacidad para tejer un modelo productivo que combine estructura con participación, procesos con propósito, experiencia con nuevas miradas.
Democratizar la gestión empresarial
Costa Rica tiene la oportunidad de posicionarse como un referente de productividad basada en la convivencia. Pero este potencial no se activa solo. Exige decisiones conscientes por parte de líderes y tomadores de decisión.
¿Su organización escucha activamente a su talento diverso o sigue operando bajo modelos de mando que ya no dialogan con la realidad actual?
El capital social no se decreta; se construye. Y hoy, más que nunca, la comunicación es el activo estratégico que define nuestra capacidad de competir. Transformarla en una ventaja real es una tarea urgente. Empezar ahora no es opcional: es una decisión de negocio.
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La autora es consultora y coach empresarial