Pregunte usted en qué radica la competitividad de los países, y lo llenarán de respuestas. Los marcos actuales (incluidos los que usa el Banco Mundial) se basan en cientos de indicadores. En un nuevo estudio, mis coautores y yo proponemos uno más sencillo: la inversión. El indicador más claro (y la prueba definitiva) de la competitividad es el lugar que eligen las empresas para su próximo proyecto de construcción, ya sea una fábrica, un laboratorio, un centro de investigación o una central eléctrica.
Nuestro estudio se basa en una comparación detallada de inversiones realizadas en diez sectores, que van de la industria química y la siderúrgica a los semiconductores avanzados y la búsqueda de nuevos fármacos. Hallamos que construir y operar una fábrica o un centro de investigación y desarrollo en Europa o en Estados Unidos es al menos un 50% más caro que en los principales destinos de inversión actuales.
En actividades donde la investigación ocupa un lugar importante, la diferencia puede acercarse al 300%. Por ejemplo, desarrollar una nueva plataforma para vehículos eléctricos cuesta unos $445 por vehículo en China, contra unos $1.600 en Alemania. No extraña entonces que China se haya convertido en el lugar preferido para hacer I+D de la industria automotriz. El capital tiende a ir allí donde los costos son más bajos, sobre todo en el caso de industrias transables y fáciles de relocalizar.
En 1995, la inversión en activos productivos (fábricas, maquinaria, plataformas de producción) era a grandes rasgos similar en Europa, Estados Unidos y China; pero después China se distanció del pelotón. Hoy su inversión productiva neta es más o menos seis veces la de Estados Unidos. Cada año, añade el triple de capacidad productiva que Europa y Estados Unidos combinados. China hoy produce el 85% de las baterías del mundo, y uno de cada dos modelos nuevos de automóvil lanzados el año pasado en el mundo salió de un fabricante chino.
Europa va en la otra dirección. Su inversión productiva neta como porcentaje del PIB se redujo a la mitad desde principios de este siglo (de más o menos 4% a cerca de 2%). En Alemania (la potencia industrial de Europa), la cifra en 2024 sólo llegó al 0,2% del PIB. Se calcula que el déficit anual de inversión en la Unión Europea es de unos 750.000‑800.000 millones de euros (alrededor del 4,5% del PIB). El resultado en la práctica es menos fábricas, menos I+D y pérdida de capacidad de producción.
En Estados Unidos, se ha dado un traslado de la inversión hacia las tecnologías digitales y (en los últimos tiempos) hacia la inteligencia artificial. En las últimas dos décadas, siete empresas relacionadas con la IA multiplicaron por cincuenta su gasto combinado en capital e I+D (de $15.000 millones en 2005 a casi $750.000 millones en 2025). Es posible que a fines de este año la cifra se acerque al billón de dólares. Pero la inversión productiva total como porcentaje del PIB se mantiene estable, y a pesar de las iniciativas de política industrial recientes, la inversión en el sector manufacturero se redujo durante el último año.
No quiere decir esto que China sea imbatible. En comparación con Europa y Estados Unidos, China genera aproximadamente un 40% menos de valor por unidad de capital, lo que ha llevado al gobierno chino a lanzar una campaña contra lo que denomina «neijuan» (involución). Aun así, China hoy atrae más de una cuarta parte de la inversión mundial, y absorbe 63 céntimos de cada dólar invertido en maquinaria en todo el mundo.

¿A qué se debe el éxito de China y el de otros polos de atracción de inversiones? Parte de la respuesta está en la combinación de salarios más bajos con una productividad igual o mejor que la de otras economías con salarios más altos (no en el agregado, sino para las inversiones nuevas). Pero además de los costos laborales, la energía y la construcción son más baratas, y los proyectos avanzan mucho más rápido. El núcleo industrial de Europa, por ejemplo, paga bastante más de $150 por megavatio‑hora de electricidad (más o menos tres veces el costo en China o Estados Unidos).
A esto hay que sumar la rapidez. Mientras que la construcción de una central nuclear lleva menos de seis años en China y unos ocho en Corea del Sur y los Emiratos Árabes Unidos, puede demorar hasta dos décadas en Europa o Estados Unidos. Obtener un permiso de operación lleva unos cinco días en China, veinte en Estados Unidos y 115 en Francia.
Reequilibrar la inversión mundial no será fácil, pero tampoco es imposible. Nuestro estudio indica que un 50‑70% de la divergencia de costos entre Estados Unidos y los principales destinos de inversión del mundo se puede eliminar reduciendo la diferencia de costos de construcción, aumentando alrededor del 30% la productividad mediante automatización e IA y reproduciendo la rapidez de China. En el caso de Europa, la reducción sería entre un tercio y tres quintos de la divergencia.
Estas ideas ya están probadas. Alemania, por ejemplo, usó técnicas de construcción modulares, similares a las empleadas en China y otros lugares, para instalar terminales flotantes para gas natural licuado apenas doscientos días después de la invasión rusa de Ucrania en 2022. Además, muchas empresas empiezan a trasladar sus actividades con alto consumo energético a regiones de Europa donde la energía es más barata y abundante, por ejemplo la Península Ibérica y los países nórdicos.
Otro modo de aumentar la productividad y reducir costos es acelerar la adopción de la IA y la robótica. Hay que destacar que hoy China instala en un año más robots industriales que el conjunto de los países occidentales.
Pero el costo es sólo una de las dimensiones de la competitividad, y aquella donde a las economías con salarios altos más les costará diferenciarse. De modo que otra posibilidad es centrarse en áreas donde el precio no es el factor decisivo. Por ejemplo, las terapias farmacológicas complejas suelen ofrecer exclusividad de mercado efectiva por entre diez y catorce años, y eso da a las empresas más poder para fijar precios. Asimismo, el liderazgo en uno de dieciocho nuevos ámbitos competitivos (que van de la computación cuántica a la bioingeniería) también puede crear ventajas competitivas que compensen el hecho de tener que enfrentar costos más altos (las empresas estadounidenses ya lideran en catorce de esos ámbitos).
Pero las empresas no pueden restablecer la competitividad nacional por sí solas. Los gobiernos tienen una amplia variedad de instrumentos de política industrial para influir en las condiciones de la competencia, desde subsidios directos e indirectos e incentivos tributarios hasta los procesos de compra pública, precios mínimos garantizados, regulaciones y restricciones comerciales en apoyo a los productores locales. China, por su parte, ofrece a las empresas terrenos y propiedades a precios muy reducidos, medida que equivale a un subsidio adicional cercano al 0,5% del PIB.
Un buen ejemplo son los semiconductores. Aunque el apoyo estatal a la fabricación de chips creció en todas las grandes economías, un estudio de la OCDE muestra que China ofrece los subsidios más generosos (más o menos el 10% de los ingresos de las empresas, en promedio), a pesar de contar desde el principio con una estructura de costos más competitiva. En comparación, el apoyo a la fabricación de semiconductores en Norteamérica y Europa sólo llega a un 2‑3% de los ingresos en promedio.
La enseñanza general es clara: atraer inversiones es un proceso deliberado. Los países que lo logran redujeron el costo de construir y operar nuevas instalaciones, aceleraron la ejecución de proyectos y adoptaron nuevas tecnologías para la mejora de la productividad. Cualquier país dispuesto a hacer lo mismo puede competir por las inversiones de las que dependerán las industrias del futuro.
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Jan Mischke es socio del McKinsey Global Institute en Zúrich. Anna Kortis es socia del McKinsey Global Institute en Viena. Chris Bradley es director del McKinsey Global Institute en Sídney.