En apenas unos pocos años, herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT y Claude se han convertido en una tecnología de uso generalizado. Las empresas detrás de estos innovadores productos pregonan su inmenso potencial para beneficiar a la humanidad. Pero esta narrativa, aunque no es necesariamente equivocada, pasa por alto que estos modelos se construyen sobre el robo masivo de obras protegidas por derechos de autor y amenazan con debilitar aún más un pilar de la democracia ya de por sí frágil: el periodismo.
Por eso, Editorial Perfil, una importante empresa editorial latinoamericana con sede en Argentina —y propietaria de Perfil, el periódico del que soy director digital—, demandó recientemente a OpenAI, la propietaria de ChatGPT, y a Microsoft, el mayor accionista externo de la compañía, por el uso indebido de los contenidos periodísticos de Editorial Perfil en sus productos de IA. En la demanda por daños y perjuicios presentada ante la Justicia Federal en lo Civil y Comercial de Argentina, también acusamos a estas empresas de «competencia desleal»: en otras palabras, de abusar de su posición oligopólica en nuestro perjuicio.
Si bien Editorial Perfil es la primera empresa editorial en español que presenta una demanda por infracción de derechos de autor contra una firma de IA, sigue los pasos de The New York Times, que demandó a OpenAI y Microsoft por el mismo motivo a finales de 2023. El periódico brasileño Folha de São Paulo presentó un caso similar en 2025, que finalmente dio lugar a un acuerdo de licencia de contenidos a principios de este año, una vía que OpenAI también ha seguido con otras empresas editoriales, entre ellas PRISA, el conglomerado español al que pertenece El País.

Ya hemos pasado por esto: las plataformas dominantes de búsqueda y redes sociales también se beneficiaron de contenidos periodísticos protegidos por derechos de autor sin compartir siempre las ganancias. Los motores de búsqueda —como el modelo «gratuito» de Google— hicieron que los artículos periodísticos fueran muchísimo más accesibles al mostrarlos en sus páginas de resultados. Pero, pese a depender en gran medida de estos contenidos protegidos para aumentar sus ingresos publicitarios, Google no estaba obligado a compensar adecuadamente a las empresas de medios, que podían emplear a cientos de periodistas para producirlos. Es cierto que estos sistemas de distribución llevaban tráfico a los sitios web de los medios, pero las condiciones de competencia nunca fueron equitativas y favorecieron cada vez más a las empresas tecnológicas a medida que estas consolidaban su poder.
En la era de la IA, OpenAI y Anthropic —la propietaria de Claude—, así como los gigantes tecnológicos consolidados, como Google y Meta —la propietaria de Instagram y Facebook—, han intensificado enormemente esta dinámica. Los chatbots y otros productos empresariales de IA que han desarrollado a partir de modelos de lenguaje de gran tamaño cada vez más sofisticados responden directamente a las preguntas de los internautas, privando a los medios de comunicación del tráfico y de la oportunidad de mostrar anuncios o vender suscripciones a posibles lectores.
Estos modelos requirieron enormes cantidades de datos de entrenamiento, buena parte de los cuales eran materiales protegidos por derechos de autor extraídos ilegalmente de Internet. Anthropic llegó recientemente a un acuerdo para resolver una demanda colectiva en California y aceptó pagar $1.500 millones a autores de libros que alegaban que la empresa había descargado copias pirateadas de sus obras para entrenar a Claude. Y los modelos tienen una sed constante de más información, en particular de información actualizada sobre los acontecimientos de actualidad.
En Editorial Perfil hemos identificado múltiples casos en los que ChatGPT puede reproducir con detalle contenidos de nuestro archivo histórico. Hace lo mismo con las noticias en tiempo real e incluso invita a los usuarios a solicitar un resumen diario de noticias para evitar perder tiempo visitando varios sitios. Sortea fácilmente los muros de pago; cuando no encuentra un artículo en los propios sitios de Editorial Perfil, recurre a sitios que lo han reproducido ilegalmente. Los registros históricos de los servidores muestran que múltiples bots rastrean nuestros contenidos de manera constante, no solo los de OpenAI, sino también los de todas las demás empresas de IA.
Estos abusos flagrantes son evidentes para cualquiera que tenga sentido común. Las empresas de IA no solo roban contenidos, sino que también alientan a los usuarios a permanecer dentro de sus ecosistemas cerrados, convirtiendo Internet en un mercado oligopólico. Aun así, siguen intentando argumentar que hacen un «uso legítimo» de contenidos «disponibles públicamente». Para desgracia de OpenAI, la empresa ya ha reconocido el valor del periodismo mediante sus numerosos acuerdos de licencia. Anthropic, en cambio, ha evitado celebrar acuerdos de licencia de contenidos con organizaciones periodísticas.
La industria periodística está en crisis desde que la revolución digital trastocó su modelo de negocio hace más de dos décadas. Nunca surgió un modelo nuevo y más sostenible. Aunque quienes trabajamos en los medios no supimos prever cómo el auge de Internet lo cambiaría todo, intentamos reinventarnos una vez que esos cambios ya se habían producido. Pero el dominio oligopólico de las grandes tecnológicas nos ha impedido lograr avances reales, y la IA está agravando la crisis.
Una industria periodística diezmada es un mal resultado para todos. No solo daría lugar a una ciudadanía menos informada; también perjudicaría a las propias empresas de IA que parasitan sus contenidos, al cortarles una fuente importante de datos de entrenamiento. Si no se toman la molestia de actuar en defensa del interés público, al menos deberían velar por el suyo.
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Agustino Fontevecchia es director digital de Perfil, en Argentina.