World Energy Council (WEC) define la sostenibilidad energética como el equilibrio entre tres dimensiones principales: la seguridad energética, la sostenibilidad ambiental y la equidad social.
En otras palabras, se trata de llevar el concepto de equilibrio sostenible entre las dimensiones económica, social y ambiental al plano energético, reconociendo que la energía es clave y básica para el desarrollo de cualquier sociedad.
La seguridad energética aborda una gestión efectiva y fiable de los recursos energéticos locales y externos; la equidad social procura que la energía sea accesible y asequible para toda la población; y la sostenibilidad ambiental requiere la mitigación de los impactos negativos por medio del desarrollo de fuentes de energía limpias y bajas en emisiones de carbono.
Estos tres pilares componen lo que podríamos denominar un “trilema” que resulta fácil de comprender, pero difícil de ejecutar.
Su implementación requiere de complejas interconexiones entre sectores público y privado, gobiernos y entes reguladores, economía, recursos disponibles, normativas legales, gestiones ambientales y la cultura de las sociedades.
De hecho, el modelo de desarrollo que actualmente han seguido la mayoría de las economías del mundo ha implicado una total correlación entre las mejoras de calidad de vida y los impactos ambientales asociados.
Esto se evidencia al analizar el comportamiento del índice de desarrollo humano (indicador social que contempla los parámetros de vida larga, saludable, digna y educación) y la huella ecológica (indicador ambiental que mide la demanda humana que se hace de los recursos existentes en los ecosistemas del planeta).
Al revisar y comparar ambos, resulta notorio que a mayor índice de desarrollo humano, los países presentan una mayor huella ecológica, producto de una creciente presión hacia sus recursos naturales.
El objetivo
La meta resulta entonces clara: seguir avanzando hacia un mejor desarrollo humano sin aumentar la huella ecológica. Para lograrlo, es fundamental desligar el desarrollo socioeconómico de las consecuencias negativas ambientales.
A pesar de que llegar a este desacoplamiento requiere de un enfoque holístico y necesita el esfuerzo conjunto de todos los actores, el consumo energético resulta inevitablemente uno de los grandes focos de atención, dado que funciona a manera de un engranaje que conecta ambos conceptos.
En este punto cobra importancia la intensidad energética del PIB, el cual mide la cantidad de energía que se requiere para producir determinada cantidad de dinero.
Afortunadamente, no todas son malas noticias: la intensidad energética tanto en Latinoamérica como en Costa Rica ha ido decreciendo, lo que significa que la región en general, y el país en específico, resultan cada día más eficientes en su utilización de energía para producir dinero.
Sin embargo, los esfuerzos siguen siendo insuficientes.
La sostenibilidad puede apoyarse en diversos índices, pero en última instancia consiste en satisfacer las necesidades de la actual generación sin sacrificar la capacidad de futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades. Y, desde el punto de vista energético, esta premisa continúa incumplida.