Con los conflictos que interrumpen el transporte marítimo en Oriente Medio y el futuro de los aranceles de Estados Unidos aún incierto, el comercio global está firmemente en el centro de atención. Pero, aunque sin duda importa cómo evolucionen estos acontecimientos políticos, no se debe perder de vista las fuerzas más profundas que operan en la economía mundial.
El último año ha sido uno de los más turbulentos para el comercio global en la memoria reciente, con las tasas arancelarias de Estados Unidos alcanzando su nivel más alto en casi un siglo y el comercio entre Estados Unidos y China —uno de los mayores corredores comerciales del mundo— cayendo aproximadamente un 30%. Sin embargo, el comercio global no se contrajo. Por el contrario, continuó creciendo, reconfigurándose de maneras coherentes con los patrones que comenzamos a medir hace tres años en la investigación del McKinsey Global Institute sobre los cambios en el comercio impulsados por la geopolítica.
Observamos que el mundo no se está “desglobalizando” tanto como reconfigurando —como el agua que encuentra nuevos cauces—. A medida que aumentan las tensiones geopolíticas y crecen las preocupaciones por la seguridad económica, las empresas redirigen inversiones y rediseñan sus cadenas de suministro.

En nuestro análisis más reciente de los flujos comerciales de 2025, lo que más destaca es la resiliencia de la demanda estadounidense de bienes extranjeros. Aun así, aunque los estadounidenses siguieron comprando en el exterior, lo que adquirieron fue diferente. Estados Unidos importó más chips y equipos para centros de datos, pero menos automóviles y menos energía. El abastecimiento se desplazó de China continental hacia Vietnam, Taiwán y otras economías asiáticas.
Sería natural suponer que los aranceles fueron la fuerza impulsora detrás de estos y otros cambios. Pero esa explicación es incompleta, porque la carrera por desarrollar la inteligencia artificial también ha emergido como un nuevo factor poderoso, representando aproximadamente un tercio del crecimiento del comercio global en 2025. Este desarrollo ha recibido mucha menos atención que las implicaciones de la IA para el crecimiento económico, los mercados financieros o el empleo, quizá porque gran parte del comercio vinculado a la IA se concentra entre economías geopolíticamente alineadas.
Otro factor subestimado es hasta qué punto ha cambiado la economía de China. Sigue siendo el motor exportador del mundo, pero ha profundizado su papel como la “fábrica de las fábricas”: un proveedor de maquinaria y componentes que impulsan la manufactura en otros lugares, particularmente en economías emergentes. Los envíos de insumos industriales fabricados en China aumentaron en más de 175.000 millones de dólares en 2025, liderados por exportaciones de bienes intermedios como chips o componentes de teléfonos inteligentes, que crecieron un 9%, el doble de rápido que las exportaciones totales de China.
Mientras tanto, a medida que el acceso al mercado estadounidense se reducía para algunas industrias, las empresas buscaron nuevos mercados para bienes de consumo. Para mantener el crecimiento de los volúmenes, los exportadores de productos de consumo redujeron precios en un promedio del 8%, y estos cambios se propagaron de forma desigual a través de las economías regionales.
Por ejemplo, la región de la ASEAN amplió su papel como un centro manufacturero clave, creando nuevas conexiones en el cambiante panorama geopolítico. En conjunto, su comercio con todas las principales regiones aumentó, con exportaciones que crecieron un 14%, más del doble del ritmo del comercio global. Al mismo tiempo, India captó una gran parte de la demanda estadounidense de teléfonos inteligentes que antes cubría China; y Brasil expandió sus exportaciones de materias primas a medida que China desplazó sus compras desde Estados Unidos.
Europa, en cambio, tuvo dificultades para ajustarse. La Unión Europea enfrentó una competencia creciente de las importaciones chinas, mientras que aranceles estadounidenses más altos limitaron exportaciones clave. Excluyendo un aumento puntual en las ventas de oro y productos farmacéuticos antes de la imposición de aranceles previstos, el saldo comercial de Europa con Estados Unidos y China se deterioró en aproximadamente 80.000 millones de dólares. Un mayor comercio con otros mercados compensó solo alrededor de la mitad de esa caída. La presión fue especialmente visible en el sector automotriz. Por primera vez en la historia, Alemania, potencia automotriz europea, importó más automóviles desde China de los que exportó hacia ese país.
Es comprensible que los titulares actuales parezcan demostrar que la geopolítica ahora fija las reglas del comercio. Pero, nuevamente, la historia está incompleta. La geopolítica ciertamente está redibujando el mapa comercial, pero los cambios de más largo plazo en la tecnología y el desarrollo económico están determinando qué produce y compra el mundo —como lo demuestra el auge del comercio vinculado a la IA—. En medio de aumentos arancelarios, incertidumbre legal y crecientes restricciones comerciales, las empresas se apresuraron a asegurar chips y servidores, junto con sistemas de refrigeración y otros equipos necesarios para construir y operar centros de datos.
En esencia, el comercio global está siendo transformado por fuerzas de largo plazo, desde la tecnología hasta los cambios en las redes de producción y el crecimiento de los mercados emergentes. Entender lo que viene requiere una visión amplia que considere cómo estas fuerzas interactúan bajo distintos escenarios, en lugar de centrarse en una sola disrupción.
Por supuesto, los shocks geopolíticos seguirán siendo una característica del sistema. La capacidad de adaptarse a medida que evolucionan las condiciones será tan importante como el posicionamiento a largo plazo en un mundo donde el comercio sigue expandiéndose, pero a lo largo de líneas más disputadas.
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Tiago Devesa es investigador senior en el McKinsey Global Institute en Lisboa. Jeongmin Seong es investigador senior en el McKinsey Global Institute en Shanghái. Olivia White, socia senior de McKinsey & Company, es directora del McKinsey Global Institute.