Para las vacaciones de 1972 el tío Saúl llegó a vivir a casa, y trabajaba como sastre con la máquina Singer de mamá. Un día, con unas tablas, armó una estructura que pretendía ser una pulpería, para que jugáramos en la acera.
Papá nos trajo confites, chocolates y galletas, las cuales colgamos a todo lo alto y ancho de la estructura. Mis hermanos y yo, más Marinito Sagot y Sancho, vecinos nuestros en Barrio Finsa, Paso Ancho, súbitamente convertidos en empresarios.
Todos los niños dejaron de ir a las pulperías aledañas, para comprar en la nuestra. Todo un mercado cautivo.
Al cierre del primer día hicimos caja para repartirnos el dinero, pero mamá instó a no hacerlo, sino comprar mercadería para el día siguiente; principio fundamental de todo comerciante. Así hicimos.
Comprábamos en la Pulpería Marisol, y corríamos a colgar todo en el diminuto abastecedor; o pagábamos a mi padre las golosinas que traía por la noche, no sin antes simular que negociaba precios, lo cual disfrutaba. Quizás, sin saberlo, nos educó en el hábito de siempre regatear.
A cada momento el tío suspendía la sastrería para salir a mediar, pues todos querían estar detrás del mostrador, y solo había espacio para uno (el eterno conflicto de las jerarquías). Entonces se impuso un horario de media hora rotativa; así, uno atendía la clientela, mientras otro recibía pagos y daba vuelto.

La media hora se volvió inmanejable, pues a los pocos minutos, los demás reclamaban que ya se había vencido. El afectado alegaba que le faltaba tiempo, o que no había vendido ni un confite de mora, que era lo más barato (se daban 5 unidades por 5 céntimos de colón).
Como es normal en toda desavenencia laboral, al asunto se le encontró salida: Se designó a Marinito, que tenía reloj de pulsera, encargado de controlar el tiempo y anunciar cambios de turno. La división del trabajo rinde frutos.
Cada día la misma rutina de sacar la pulpería, ver el desfile de chiquillos, o a nuestros mayores resolviendo disputas, incluso suspendiendo a alguno su turno de pulpero.
La emoción nos embargaba a media tarde cuando el tío guardaba la estructura y contábamos las monedas. Al ver que la caja se iba colmando como peces en una red de pescadores, volvía la presión para distribuir la plata, pero mamá se plantaba con la enseñanza de la reinversión.
El dinero lo guardábamos en una alcancía con llave. Mis hermanos mayores, más ágiles en aritmética, anotaban en un papel el monto disponible.
Otro día mamá nos hizo limonada para que vendiéramos.
Constantemente rellenaba el pichel, pues la mayor parte lo bebíamos nosotros mismos, que soportábamos interminables horas de sol, viento y lastre de la calle.
Cierta mañana se detuvo un vehículo y, al notar que era el cura de la iglesia de San Cayetano, corrimos a refugiarnos en casa, dejando la pulpería abandonada. Cuando mamá se asomó, nos obligó a atender al joven padrecito. Cada uno de nosotros pensó, posiblemente, en los pecados inconfesables, en los domingos sin ir a misa, o la larga ausencia del confesionario.
En aquellos tiempos vivíamos con un absoluto respeto hacia toda autoridad: policías, maestros, sacerdotes, o nuestros propios padres.
En nuestro fuero interno quizás pensábamos que el cura llevaba registro de nuestras ausencias y nos aguardaba una solemne reprimenda.
Lo cierto es que el sacerdote, sonriente, compró alguna golosina, bebió buenamente su limonada, pagó la cuenta y se despidió entre bendiciones.
Otros adultos también pasaban, consultaban precios y compraban, dándose la licencia de ser nuevamente niños. O como don Marino Sagot, que solicitó la apertura de crédito para su hijo menor, Gerardo, a quien copiosamente vendíamos durante el día y al final pasaba don Marino a pagarnos entre risas (¡nuestro mejor cliente!).
Una cosa era vender a nuestros iguales, pero vender a adultos generaba una mezcla de vergüenza y miedo. Quizás atravesábamos la línea de lo que era juego, para desembocar en lo que era responsabilidad y, tal vez, no estábamos preparados para ello.
Pocos días después se armó el último de los desencuentros cuando, al conciliar lo anotado con lo disponible en metálico, había un faltante.
Entre todos señalábamos culpables:
- “Que fuiste vos”.
- “Yo jamás; para mí que fue aquel”.
- “Yo te vi entrar al cuarto”.
- “Mentiras. Yo no fui…”
Ante aquel zafarrancho, a mamá “se le llenó la cachimba de tierra”, como se decía. Con notable enfado y facultades de autoridad reguladora, sentenció: ¡se termina la pulpería!
Inconscientemente, quizás todos lo esperábamos. Que surgiera algo que acabara con un juego que se estaba convirtiendo en un pesado fardo y que, además, nos robaba el encanto de tantos juegos al aire libre que practicábamos en calles y potreros.
Mamá estaba cansada de suspender sus labores para mediar en nuestras discusiones; y al tío aquello de sacar y armar la pulpería por la mañana y desamarrar y guardar por la tarde. También terminaba la manía de Marciano y otros niños que, literalmente llegaban a levantarnos de la cama para sacar la pulpería. Solo papá seguía con cuerda para seguir el juego de traer mercadería, hacer la pantomima de negociar precio y extendernos un recibo.
Entonces el tío Donald, que estudiaba contabilidad, calculó el valor de los inventarios, el dinero en caja y el capital liquidativo a cada socio.
A mí, los dividendos me alcanzaron para una hamburguesa en la soda de los Coto. Así terminó mi primera aventura empresarial, pero sus enseñanzas sobreviven desde aquel lejano verano de 1972.
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El autor es economista. Director de la Cámara de Fondos de Inversión, y del Instituto de Gobierno Corporativo.