Cuatro años después de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, los observadores occidentales siguen sin comprender la estrategia del Kremlin. Algunos piensan que no hay ninguna y que el comportamiento de Rusia es completamente irracional y, por lo tanto, impredecible. Otros sostienen lo contrario: Rusia está llevando a cabo una visión revanchista a largo plazo cuidadosamente elaborada, en la que reclamar el territorio ucraniano es solo el primer paso. Ambas explicaciones son erróneas.
Rusia no ha emprendido su brutal guerra contra Ucrania ni ha trastocado la arquitectura de seguridad de Europa por capricho, y la descripción que hace el presidente ruso, Vladímir Putin, de la guerra como un choque de civilizaciones —una lucha existencial contra un Occidente empeñado en destruir a Rusia— no es mero teatro. Pero esa retórica tampoco es prueba de una ideología imperial plenamente formada, y mucho menos de un plan e a integral para la transformación global.
Aunque Putin ve a Rusia como una gran potencia y un contrapeso civilizacional al liberalismo occidental, no tiene un plan coherente para rehacer el mundo, y mucho menos la capacidad para hacerlo. Esta debilidad determina las decisiones de Rusia. Dado que Rusia no es tan poderosa como la coalición a la que se enfrenta, no se centra en la dominación, sino en la desestabilización.
La «estrategia» resultante no es ni aleatoria ni meditada, sino más bien volátil y escalatoria. También refleja una jerarquía de preocupaciones que Occidente parece no comprender del todo. La máxima prioridad de Putin —el prisma a través del cual se toman todas las decisiones de política exterior rusa— siempre ha sido la continuidad del régimen y el control soberano, lo cual depende sobre todo de la cohesión de la élite y la estabilidad interna.
La segunda prioridad de Putin es mantener el control de Rusia sobre su vecindad, sobre todo impidiendo que la OTAN y la Unión Europea se entrometan en ella. Con ese fin, está dispuesto a emplear una fuerza masiva y a asumir costes extraordinarios, incluyendo la contracción económica, el aislamiento internacional y un número enorme de víctimas. No es casualidad que Putin atacara Ucrania después de que el país dejara clara su intención de estrechar lazos con Occidente. Más que el territorio, el Kremlin quiere controlar la alineación de los países que aún considera parte de su esfera de influencia.
Impedir la consolidación de un orden mundial «hostil» hacia Rusia ocupa el tercer lugar en la agenda. Rusia carece del peso económico, las alianzas y el atractivo ideológico necesarios para construir un sistema alternativo. Tampoco puede imponer un nuevo orden por la fuerza. Lo que Rusia sí puede hacer, como potencia nuclear con enormes recursos energéticos y una alta tolerancia al riesgo, es actuar como un saboteador, desplegando tácticas híbridas que son más baratas y más escalables que la guerra convencional.

En Europa, esto no significa conquista, sino ataques dirigidos a la cohesión interna de los países. La presión energética, las operaciones cibernéticas y el apoyo a políticos polarizadores y favorables a Rusia sirven en la UE para el mismo propósito que las bombas en Ucrania: complican la alineación, alimentan la fragmentación e impiden respuestas coordinadas.
Con Estados Unidos, Rusia hace hincapié en una política de riesgo calculado. Las señales nucleares y la diplomacia de control de armamento son herramientas para forzar el reconocimiento de Rusia como actor indispensable y gran potencia —no por una cuestión de prestigio, sino más bien para evitar la marginación—. El objetivo es la relevancia negociada, no la integración en un orden liderado por Occidente.
En Oriente Medio y partes de África, las actividades de Rusia están determinadas en gran medida por el oportunismo. La intervención en Siria impulsó el perfil regional de Rusia a un coste limitado. Una asociación transaccional con Irán refuerza la capacidad de este país para desafiar el dominio occidental —beneficiando indirectamente a Rusia— sin excluir la competencia por la influencia regional. Para Putin, el objetivo no es configurar el orden regional, sino ampliar la presencia de Rusia a bajo coste al tiempo que se mantiene la flexibilidad.
Visto desde esta perspectiva, el comportamiento de Rusia refleja tanta moderación como ambición. Putin intensifica la escalada cuando están en juego los intereses fundamentales de Rusia y actúa de forma transaccional cuando no lo están. El daño a la reputación en aras de la continuidad del régimen y la profundidad estratégica es un precio que vale la pena pagar. E invertir en la fragmentación crea nuevas oportunidades para utilizar la influencia de Rusia.
La incapacidad de Occidente para interpretar con precisión las intenciones del Kremlin conduce a errores políticos, entre ellos la falta de preparación para una escalada, un enfoque excesivo en disuadir la expansión territorial y una fe mal depositada en las sanciones. Cuando el régimen basa su legitimidad en parte en la afirmación de que fuerzas externas buscan destruir la civilización rusa, la coacción económica por parte de esas fuerzas refuerza su credibilidad. En este sentido, las sanciones podrían, de hecho, apoyar el objetivo primordial de Putin de preservar el régimen. Del mismo modo, la posibilidad de «reinicios» diplomáticos ha persistido, porque las tensiones a veces se malinterpretan como problemas de tono en lugar de como choques de objetivos estratégicos.
Las implicaciones van más allá de Europa y América del Norte. Para las potencias medias y las economías emergentes, es esencial desarrollar la resiliencia, incluso a través de la cooperación. La búsqueda de influencia por parte de Rusia crea oportunidades para un compromiso transaccional. Cuando sus intereses son instrumentales en lugar de existenciales, los países pueden limitar su influencia y, en ocasiones, obtener beneficios.
Pero la interacción con Rusia también conlleva riesgos. Los sistemas fragmentados son más fáciles de penetrar. Las sociedades polarizadas son más fáciles de presionar. Las instituciones frágiles son más fáciles de obstaculizar. Rusia es muy consciente de ello y ha demostrado ser experta en perturbar la coordinación, fomentar la división y explotar las debilidades institucionales para servir a sus intereses.
Rusia no puede construir un orden mundial alternativo coherente, pero sí puede erosionar la cohesión dentro del existente. Por lo tanto, los líderes mundiales deberían prepararse para una perturbación sostenida reforzando la resiliencia, fortaleciendo la cooperación y defendiendo las alianzas soberanas en disputa.
---
Inna Bondarenko es investigadora y activista de derechos humanos en Memorial. Daniel Sleat es asesor sénior de políticas en el Instituto Tony Blair para el Cambio Global.