Por: Roberto Artavia.   14 diciembre, 2018

La semana pasada el Poder Ejecutivo presentó al público su Plan Nacional de Desarrollo y de Inversión Pública. Un paso importante para enfocar la acción e inversión del Gobierno en prioridades bien definidas; para crear un marco de referencia sobre el que se podrá evaluar su gestión anual y para todo el periodo; y un importante instrumento para rendir cuentas y dejar sentado un ejemplo en este campo.

Contar con un plan nacional de desarrollo que en muchas de sus metas trasciende el periodo de gobierno y más bien nos enfoca hacia el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), es un paso importante hacia el planteamiento de una visión de Estado –a largo plazo– más que de administración de cuatro años, y es algo que le estaba haciendo gran falta a nuestro país.

Temas de fondo como una reforma educativa, la transformación de nuestro sistema nacional de carreteras, o eliminar la pobreza multidimensional toman bastante más de 4 años y es importante que se aborden como políticas y programas de Estado, más que de gobierno y este nuevo plan reconoce esa diferencia y la desarrolla de manera inteligente, sin perder de vista que es su responsabilidad poner en marcha todos los procesos relevantes, tanto los que se concluirán dentro de su periodo como aquellos que lo trascenderán.

Ambiente positivo

Hay un ambiente positivo en el país. Este es un gobierno de unidad nacional; se han logrado acuerdos importantes entre los partidos con representación legislativa; existe el Acuerdo Nacional para la Costa Rica del Bicentenario que está firmado y cuenta con el compromiso del Presidente para avanzar…

Da la impresión de que el país, si tan solo se “atreve a estar de acuerdo”, está maduro para dar un salto al frente y volver a ser aquella nación que se atrevía a retar el futuro con innovaciones sociales y productivas, con un compromiso profundo con su ambiente natural y con un contrato social robusto.

Necesitamos entender que los acuerdos nos permitirán avanzar con paso firme hacia un futuro en que los riesgos vienen de la velocidad del cambio tecnológico, del cambio climático, de una región convulsa y de una geopolítica cada día más compleja.