En los sistemas de salud, la tecnología médica suele hacerse visible solamente cuando falla. Es notorio que un equipo fuera de servicio, una reparación que se prolonga o una tecnología que llega al final de su vida útil rápidamente se convierte en una preocupación para pacientes, profesionales y administradores. Sin embargo, detrás de cada uno de estos escenarios existe una dimensión que pocas veces ocupa el centro de la conversación pública: la planificación de la renovación tecnológica.
La tecnología médica tiene un ciclo de vida que comprende etapas como adquisición, instalación, puesta en marcha, mantenimiento, actualización y reemplazo oportuno. Este proceso es inevitable. Lo que sí puede cambiar es la manera en que las instituciones gestionan ese ciclo de vida y, particularmente, su capacidad para anticiparse al momento en que una tecnología crítica debe ser sustituida.
Tomemos el caso de los aceleradores lineales utilizados en tratamientos de radioterapia para dimensionar la importancia de esta planificación. Estos equipos son fundamentales para el tratamiento de numerosos pacientes con cáncer y forman parte de servicios donde la continuidad y oportunidad de la atención tienen una relevancia extraordinaria. Cuando uno de estos sistemas deja de estar disponible en la seguridad social, no se pierde simplemente un equipo; se reduce temporalmente la capacidad de atención de todo un servicio, con implicaciones que pueden alcanzar a una parte importante de la población.
La discusión pública que se dio semanas atrás sobre la salida simultánea de dos aceleradores lineales del Hospital México por procesos de sustitución constituye un ejemplo que merece ser analizado desde una perspectiva más amplia. El punto central no debería ser únicamente cuánto tiempo tomará instalar los nuevos equipos, sino la importancia de desarrollar con suficiente anticipación una estrategia que permita realizar la transición sin comprometer innecesariamente la capacidad disponible.
Desde la bioingeniería, esta situación se entiende como un problema de gestión del ciclo de vida de la tecnología médica y gestión del riesgo. Los aceleradores lineales no son activos aislados. Son equipos que dependen de infraestructura especializada, sistemas eléctricos, climatización, blindaje, sistemas de planificación de tratamientos, dosimetría, mantenimiento, personal técnico y clínico especializado, además de procesos rigurosos de aceptación, calibración, puesta en servicio y aseguramiento de la calidad.
Por esta razón, sustituir un equipo de estas características requiere mucho más que adquirir una nueva unidad. Es un proyecto multidisciplinario que debe integrar ingeniería, arquitectura, física médica, mantenimiento, gestión de proyectos, administración, proveedores y, principalmente, las necesidades del servicio clínico.
La precisión en la planificación adquiere aquí una importancia particular. Un proyecto puede tener el equipo adquirido y aun así no tener capacidad asistencial disponible. Entre la compra y el inicio de la atención clínica existe una serie de etapas que requieren tiempo: diseño, contratación, adecuación de infraestructura, instalación, pruebas de aceptación, commissioning, calibración, capacitación y validación de los procesos. Cada una debe estar contemplada desde el inicio en el cronograma y en la matriz de riesgos.
Además, cuando se retira temporalmente un equipo crítico, la planificación debe considerar la capacidad de respaldo disponible. En servicios de alta especialización, la posibilidad de trasladar pacientes a otra unidad no siempre es inmediata ni ilimitada. La capacidad instalada puede estar comprometida y cualquier falla adicional puede generar un efecto acumulativo sobre las listas de espera y los tiempos de atención.
Este es precisamente uno de los principales aportes que puede realizar la bioingeniería: pasar de una visión centrada en la adquisición de equipos a una visión integral de la capacidad tecnológica del sistema de salud.
La decisión de sustituir una tecnología no debería tomarse únicamente cuando esta falla o cuando resulta evidente que ya no puede mantenerse en operación. Debe existir una planificación basada en indicadores como edad del equipo, historial de fallas, disponibilidad de repuestos, costos de mantenimiento, obsolescencia, desempeño, criticidad clínica, demanda proyectada y disponibilidad de alternativas dentro de la red.
Con esta información es posible construir planes de renovación tecnológica que permitan anticipar las necesidades y distribuir las sustituciones en el tiempo. De esta manera, se evita que varios activos críticos lleguen simultáneamente al final de su vida útil y que su reemplazo produzca una reducción significativa de la capacidad instalada.

Esta visión resulta especialmente importante para instituciones como la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), que administra una de las redes de servicios de salud más complejas de la región. La renovación tecnológica no puede abordarse únicamente como una sucesión de procesos de compra; debe formar parte de una estrategia institucional de largo plazo que considere infraestructura, talento humano, mantenimiento, presupuesto, innovación y continuidad de los servicios.
En el ámbito de la atención del cáncer, esta planificación adquiere todavía mayor relevancia. La radioterapia forma parte de los tratamientos utilizados para múltiples tipos de cáncer y requiere una infraestructura tecnológica altamente especializada. La disponibilidad de los equipos, su correcto funcionamiento y la calidad de los procesos asociados son elementos esenciales para sostener la capacidad de atención.
Por eso, la renovación de un acelerador lineal debe visualizarse como un proyecto de continuidad asistencial y no solamente como un proyecto de adquisición tecnológica.
La lección trasciende a la radioterapia. También aplica a tomógrafos, resonadores magnéticos, equipos de hemodinamia, sistemas de laboratorio, medicina nuclear, ventiladores, equipos de esterilización y muchas otras tecnologías cuya indisponibilidad puede afectar directamente la prestación de servicios de salud.
Costa Rica necesita fortalecer una cultura de planificación tecnológica que permita anticipar estos escenarios. Es ahí donde la bioingeniería juega un papel estratégico, porque conecta las necesidades clínicas con las capacidades técnicas, la infraestructura, la gestión de activos, el mantenimiento y la planificación de proyectos.
La tecnología médica debe gestionarse pensando en todo su ciclo de vida y, sobre todo, en las personas que dependen de ella. Un equipo puede tener un precio, una garantía y una vida útil estimada, pero su verdadero valor se encuentra en la capacidad que permite entregar al sistema de salud.
Llegar tarde con una renovación tecnológica puede significar mucho más que enfrentar un problema administrativo; puede transformarse en una pérdida temporal de capacidad para atender. Por eso, planificar con precisión no es una condición deseable para los proyectos de tecnología médica: es parte esencial de la seguridad, la eficiencia y la continuidad de la atención.
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El autor es decano de la Facultad de Bioingenierías de Ucimed.