Por: Roberto Artavia.   26 julio

Sentí profunda tristeza con nuestro ambiente político estas últimas semanas.

De manera oportunista las universidades públicas, con base en la famosa autonomía universitaria, se excluyen de respetar las reglas —fiscales y otras— que aplican a los demás sectores y ciudadanos. En vez de enseñar con el ejemplo y ayudar a explicar a la ciudadanía la situación y la necesidad de austeridad, corrieron a comportarse de la manera más egoísta; típica de a quienes no les importa el bienestar de la nación, sino únicamente el particular.

Los diputados aprovecharon la confusión de la huelga para aprobar —con un solo voto en contra— lo que podría ser un desastre ambiental en nuestras costas y mares: la pesca de arrastre. Ellos saben que de una u otra forma terminaremos con ese tema en la Sala IV, pero se dan el lujo de decirle a los industriales de la pesca “que les cumplieron”. Me impresiona lo pobre de su análisis y el carácter populista de la decisión, sin considerar que, si se llegara a implementar, dicha aprobación traería pobreza duradera y crisis ambiental a cambio de unos cuántos dólares para unos cuantos industriales por un período reducido.

Albino...

Pero lo que más me sorprendió fue la ignorancia demostrada y la facilidad con que fueron manipulados algunos estudiantes de secundaria por unos cuantos agitadores que, con tal de ganar algo de visibilidad por medio de mentiras, los engañaron y embarcaron a hacer el más grande ridículo que recuerde en mucho tiempo. Oyendo de su boca que no sabían por qué protestaban, contradecirse en cuestión de dos minutos en una misma entrevista y terminar apoyando lo que inicialmente cuestionaban me hizo debatirme entre la risa y el llanto.

Y por supuesto Albino… confesar que sabe que viola le ley y la Constitución pero que seguirá en lo mismo porque no se le acusa ante la justicia es típico de lo que convenios internacionales obsoletos y convenciones colectivas ridículas han propiciado en nuestro sindicalismo. Esto debe cambiar.

Tristes semanas.