Por: Roberto Artavia.   23 agosto

La semana que pasó atendí la Cumbre Global de Singularity University, una institución cuya misión es “inspirar, educar y empoderar a la sociedad para aplicar tecnologías exponenciales que resuelvan los grandes retos de la humanidad”.

¿Qué es una tecnología exponencial? Las que crecen exponencialmente —en vez de linealmente— y que por lo tanto alcanzan altísimos niveles de impacto sobre la sociedad en plazos cortos.

Incluye temas como automatización y robótica, energía limpia y ultraeficiente, impresión en tercera dimensión de piezas, incluidos órganos humanos, exploración espacial, medicina genética y nanotecnológica, inteligencia artificial, sistemas de movilidad y logística, hiperconectividad, medios de pago, aplicaciones de Blockchain…

La mentalidad es que los más grandes problemas de la humanidad son las más grandes oportunidades para emprendedores, gobiernos, instituciones sin fines de lucro, universidades y centros de pensamiento, etcétera. Queda claro que los únicos activos valiosos son el conocimiento, la creatividad, las redes personales...

¿Y en Costa Rica?

Tres de los principales conferencistas dijeron cosas como “mis hijos nunca manejarán un carro, nunca irán a la universidad y vivirán más de 100 años con una alta calidad de vida”.

Se habló de ganadores y perdedores de estos cambios, de cómo en la sociedad exponencial se cambian las reglas de la economía, y del riesgo de quedarse por abajo en “la gran bifurcación”, que seguramente se dará en la siguiente década, entre los que se integren a esta economía exponencial y los que insistan en quedarse protegiendo el pasado “por razones sociales y económicas” o, peor aun, “por razones ideológicas, religiosas, de corrupción y poder…”

¿Y en Costa Rica? Bien gracias…

Somos un país feliz, dicen los índices, y si nos aplicamos, en dos o tres gobiernos habremos superado la situación fiscal y tal vez avancemos algo en la reforma educativa.

Para el 2030 será demasiado tarde. Necesitamos una nueva visión de país. Ayer.