Una sucesión de nuevas crisis geopolíticas y planetarias domina las noticias y profundiza al hacerlo una visión pesimista del estado de la humanidad. Pero basta volver la vista atrás cien años para hallar una imagen muy diferente: una imagen de progreso humano sin precedentes.
Hace cien años la vida era frágil e insegura. La esperanza de vida media era entre 30 y 40 años, y uno de cada tres niños moría antes de los cinco. Alrededor del 60 % de la población mundial vivía en la pobreza extrema, y sólo un tercio sabía leer o escribir.
Ahora, la esperanza de vida media mundial es 73 años, menos del 10% de la población mundial vive en la pobreza extrema y casi el 90% está alfabetizado. Se ha dado una transformación de los niveles de vida. Tras siglos de estancamiento, el ingreso per cápita se duplicó en el siglo XIX y se sextuplicó entre 1925 y la actualidad.

Pero ¿qué hay del progreso medido por la posibilidad de vivir con seguridad y tener opciones, en lugar de sólo subsistir? Con ese criterio, todavía queda mucho por hacer, ya que alrededor de 4.700 millones de personas siguen por debajo de lo que llamamos «línea de empoderamiento».
En resumen: el progreso mundial ha sido enorme, pero se necesita mucho más.
En este contexto, nuestro nuevo libro A Century of Plenty: A Story of Progress for Generations to Come (Un siglo de abundancia: una historia de progreso para las generaciones futuras) presenta una visión ambiciosa: que en 2100, los más pobres del mundo puedan vivir tan bien como viven los suizos en la actualidad. Con sus altos ingresos, una esperanza de vida más larga, educación de calidad y sólidas redes de apoyo social, es posible que Suiza sea el mejor ejemplo de un país con «abundancia».
Poner a Suiza como meta puede parecer una elección radical, pero no lo es. Para igualarla, bastaría que el PIB mundial per cápita crezca un 2,6% anual (apenas un poco más que el 2,3% de media registrado en el último cuarto de siglo). En el mundo de abundancia que imaginamos, la población mundial llegó a 12.000 millones de personas (mientras algunos países se recuperan de índices de fertilidad extremadamente bajos) y la economía mundial es 8,5 veces más grande que la actual.
Los avances educativos y en inteligencia artificial y otras tecnologías de vanguardia vuelven esta meta totalmente viable. Pero el progreso demanda más que innovación. Buena parte del crecimiento previsto provendría de las economías emergentes, que pueden acercarse a las avanzadas invirtiendo en tecnologías e infraestructuras ya existentes.
Además de estrategias para mejorar la productividad, el próximo salto económico depende de algunos ingredientes básicos, de los que el principal es la energía. Para aumentar las oportunidades económicas, necesitamos un sistema energético descarbonizado mucho más grande. Según nuestros cálculos, habría que duplicar o triplicar la generación de energía mundial respecto de los niveles actuales y multiplicar por alrededor de treinta la producción de electricidad limpia.
Esto se puede lograr construyendo y desplegando a gran escala tecnologías existentes, sin dejar de innovar. No hay duda de que la tarea será ardua, pero hay precedentes. China decuplicó su producción combinada de energía solar, eólica y nuclear en los últimos diez años; ese ritmo es mucho más que lo necesario para lograr un mundo de abundancia. En Estados Unidos, hace dos décadas el esquisto apenas se registraba como fuente de energía; ahora contribuye más a la producción energética del país que el uso convencional de petróleo y gas combinados. Yendo más atrás, Francia construyó un sistema de electricidad basado en la energía nuclear en los setenta.
Hay otro combustible importante, pero para las personas: el alimento. En el libro mostramos que una población de 12.000 millones de personas puede consumir una dieta rica en proteínas sin necesidad de usar más tierra, y con aumentos de los rendimientos agrícolas mucho más modestos que los logrados desde la década de 1960.
Tampoco es la geología limitación para el siglo de abundancia. La Tierra tiene suficientes recursos naturales para sostener esta expansión. Por ejemplo, calculamos que para lograr un 2100 de abundancia se necesitarán 134.000 millones de toneladas de acero. Las fuentes conocidas de hierro utilizable (principal insumo del acero) suman 230.000 millones de toneladas, de las que 88.000 millones (ya dos tercios de la cantidad necesaria) son reservas económicamente extraíbles. Y estas reservas llevan más de treinta años creciendo a un ritmo anual cercano al 1%, lo que compensa con creces la diferencia.
Lo mismo vale para otros materiales importantes: en ninguno de los casos se necesitarían tasas de crecimiento por encima de las históricas para hacer realidad nuestra visión. Y son estimaciones conservadoras: es muy probable que durante este período se desarrollen nuevos materiales y técnicas.
Algunos dicen que el planeta no puede soportar las externalidades de ese crecimiento, sobre todo el aumento de la emisión de gases de efecto invernadero. No coincidimos. Un mundo de abundancia estará en mejores condiciones para hacer frente al cambio climático y otros problemas ambientales (por ejemplo la contaminación atmosférica) porque el crecimiento fortalece la inversión en la transición a las energías limpias (redes eléctricas, fuentes renovables, baterías, etc.), en herramientas de adaptación (sistemas de aire acondicionado y riego) y en investigación y desarrollo. Siempre que los frutos del crecimiento se usen para acelerar la desconexión entre PIB y emisiones (como ya está haciendo la mayor parte del mundo), es posible limitar el calentamiento global a unos 2°C y al mismo tiempo mejorar el nivel de vida de millones de personas.
En resumen, no hay barreras físicas insuperables contra la prosperidad universal. Pero no decimos que nuestra visión de abundancia sea fácil de alcanzar. Pueden existir limitaciones que no sean físicas, sino sociales y políticas, limitaciones que estén en la mente de las personas. En particular, muchos habitantes de economías avanzadas (las que por definición cosecharon los beneficios del crecimiento) ya no creen en el progreso material. En una encuesta reciente, sólo el 9% de los participantes franceses dijo que la próxima generación vivirá mejor, y en ninguna economía avanzada (salvo Singapur) se obtuvo un resultado superior al 30%.
Esto destaca la necesidad de un nuevo discurso que descarte el pensamiento de suma cero. El crecimiento es la solución, no el problema. En el último siglo el crecimiento ofreció un aumento de ingresos y de la expectativa de vida, empoderando al mismo tiempo a millones de personas. De cara al futuro, no podemos permitir que la ganancia de una persona sea la pérdida de otra. En vez de eso, debemos atrevernos a imaginar un mundo de prosperidad para todos. Está a nuestro alcance, siempre que el progreso económico siga siendo nuestro norte.
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Marc Canal Noguer es investigador sénior en el McKinsey Global Institute. Nick Leung es socio sénior de McKinsey & Company y director en el McKinsey Global Institute. Chris Bradley es socio sénior de McKinsey & Company y director en el McKinsey Global Institute.