Por: Carlos Gallegos.   22 diciembre, 2018

Este domingo 16 de diciembre algunos tuvieron la oportunidad de ver al cometa más brillante de la historia llamado el Cometa de Navidad. Difícil de ver a simple vista por la contaminación lumínica de nuestras ciudades, pero fácil de seguir en redes e Internet el cometa nos recuerda la conjunción de lo real y lo virtual. Lleva el nombre de su descubridor en 1945, tiene una órbita de poco más de cinco años y viene de la nube de Oort que contiene miles de millones de otros cometas.

El cometa tiene un verde esmeralda y nos llega en un año de expansión digital sin precedentes y en el que el cambio tecnológico continua su aceleración implacable. Las distancias se acortan y tenemos la posibilidad de ver el mundo a través de un calidoscopio de pantallas, todas digitales y todas casi omnipresentes, ya sea en el celular, en el reloj, en el computador nos acercamos a la noticia, o al evento, o los amigos virtuales, a la historia pasada o al futuro lejano.

Paradójicamente el tiempo también se acorta… el tiempo se nos esfuma en un humo de cristales digitales, y es así como no tenemos tiempo para nuestros vecinos (los de carne y hueso), ni para nuestros abuelos, ni para nuestra familia cercana.

Estamos tan conectados con todos que nos hemos desconectado de lo cercano, del prójimo, de lo importante. Estamos tan a gusto con el resplandor de las pantallas que ya empieza a incomodarnos el brillo de los ojos de los otros, de los no virtuales, de los seres que gravitan a nuestro alrededor.

Puedo dar 1.000 clics… pero me cuesta dar veinte pasos para abrazar a mis padres o besar a mis hijos o darle la mano al vecino. Paradoja virtual y retorcida del avance tecnológico en que nos hemos empeñado. Tengo ojos para todo menos para verme reflejado en el dolor de los otros, en sus miradas o en sus sonrisas. Tengo tiempo para todo lo que sea a través de la pantalla o detrás de una app… pero no encuentro tiempo para verme reflejado en las personas a mi alrededor.

Conquisto el mundo digital y consumo el stream o corriente de memes, mensajes, likes, imágenes y escenas. Pero no me conquisto a mí mismo ni a mis temores.

Se acerca Navidad y tal vez sea el momento de, por un par de días, desconectarme del mundo digital, casi perfecto y virtual y conectar con aquellos con los que solo puedo conectar con un abrazo, un beso, una caricia o una palmadita. Tal vez mi ego no sienta la emoción de los likes pero mi espíritu sentirá una sensación diferente y mi corazón latirá con más fuerza.

Tal vez el cometa después de todo nos recuerde a otro que cambió el mundo hace poco más de dos mil años. ¡Feliz Navidad!