Por: Keilor Rojas.   7 septiembre

Desde que se inventaron los test de inteligencia, hace poco más de cien años, se ha visto un aumento en los coeficientes intelectuales a través de las generaciones. Y aunque este test tiene sus críticas, en general ha sido considerado un predictor del potencial intelectual y académico.

El aumento generacional del coeficiente intelectual, conocido como el Efecto de Flynn, podría explicarse por factores del entorno más que por cambios genéticos. Así, las dietas más nutritivas, las mejores condiciones de salubridad y los avances en los métodos de educación pueden tener un efecto importante.

Sin embargo, el ser más inteligente no garantiza a las personas, ni a las sociedades en su conjunto, tomar mejores decisiones. Véase por ejemplo el tipo de candidatos que se seleccionan, cómo se ignora el cambio climático, el aumento de la desigualdad y la inminencia de nuevas luchas mundiales.

Es más, es común observar personas inteligentes que fácilmente se dejan engañar por frases engañosas, dan por verdadera aquella información que concuerda con sus propias opiniones, que continúan invirtiendo tiempo y recursos en proyectos fallidos, y que privilegian el corto plazo a pesar del costo a largo plazo.

Hay algo más. La sociedad ha sobrevalorado la inteligencia en detrimento de otras habilidades como la creatividad y el pensamiento crítico.

El sistema educativo debería cultivar más la creatividad. No solamente en el sentido artístico sino en cuanto a la capacidad de imaginar escenarios alternativos y de generar soluciones novedosas ante los problemas.

Se debe educar en el pensamiento crítico. Es decir, en esa capacidad para desmenuzar ideas y argumentos, evaluar evidencias, identificar falacias, ver vacíos de información, desafiar suposiciones preexistentes y buscar explicaciones alternativas antes de obtener conclusiones o juzgar.

Urge un mayor pensamiento crítico. Evitaría muchos problemas cotidianos y propiciaría decisiones más prudentes y sabias.