Por: José David Guevara.   20 julio
Estrenar ropa para ocultar los problemas del cuerpo es como conformarse con pintar la fachada de una casa que se está cayendo.
Estrenar ropa para ocultar los problemas del cuerpo es como conformarse con pintar la fachada de una casa que se está cayendo.

Resulta fácil leer el poema Trajes, del escritor costarricense Jorge Debravo (1938-1967), y asociarlo de inmediato con Costa Rica...

Me refiero a esa ingeniosa composición que nos habla de un vestido con el que nos sentimos cómodos, muy cómodos, porque lo hemos usado durante muchos años.

Jamás nos hemos abrigado con otra ropa, nunca hemos lucido diferente, pues poseemos y utilizamos solo esta prenda.

Nos sentimos a gusto dentro de ella. ¿Cómo no si disfrutamos la textura de su tela, costuras, cuello, mangas, ruedos, pliegues, botones, cremallera y bolsillos?

¿Cambiarla por otra muda? ¡Jamás! Está tan adherida a nuestra piel que podríamos morir si nos despojamos de ella, desnudamos, aunque sea solo durante los pocos segundos que nos tome ponernos otro traje.

“Ajustamos los pasos, las costumbres, los credos, el amor, los pensamientos a la estreches reseca de este traje apolillado y viejo”, escribió el poeta.

¿Verdad que es posible relacionar esos conceptos con nuestro país? ¿Acaso no somos un tejido de rutinas, costumbres, hábitos, tradiciones, creencias, mitos, ideas, prejuicios, invenciones, sueños, temores, leyendas, fantasías, fábulas, amores y odios?

En las líneas siguientes Debravo afirma que si bien el traje comenzó prestándonos un servicio, ahora se convirtió en carcelero. Algo así como una camisa de fuerza que nos inmoviliza.

Cualquier parecido con Costa Rica es mera casualidad...

Por eso el poeta recomienda “quemar este gangoche donde ya no nos cabe el pensamiento” y reemplazarlo por un vestido nuevo, fresco, actual, moderno. Desechar el traje que usamos desde la década de los 50, 60, 70 u 80 y vestir uno recién salido de la sastrería.

“Lo importante es tirar este vestido, encontrar uno nuevo y no dejar jamás que se nos hunda en la piel y en los huesos”, reza el poema.

Un país enfermo

Podríamos imaginar, con base en lo que dice Debravo, un país un tanto desgastado, deshilachado, desteñido, mohoso, descosido, sucio, roto.

Entonces correríamos el riesgo de caer en la trampa de pensar que los problemas de Costa Rica se solucionan simple y sencillamente con una muda nueva. Es decir, con medidas superficiales pero no de fondo.

Fácil, muy fácil, y simplista, culpar al traje —la imagen, lo aparente, lo que apreciamos a simple vista— del estancamiento, los rezagos, las tareas pendientes, los desafíos pospuestos, cuando lo cierto es que los males y padecimientos se albergan en el cuerpo.

Sí, corren por las venas, lastiman los tendones, roen los huesos, atrofian el hígado, amenazan el corazón, atacan el páncreas, debilitan las rodillas, reducen la visión, atascan los oídos.

¿De qué sirve desvivirnos por estrenar ropa cuando es el organismo el que requiere atención urgente?

El filósofo estadounidense Henry David Thoreau (1817-1862) expresó lo mismo con otras palabras: “Quizá no debiéramos adquirir un traje nuevo, por muy harapiento y sucio que estuviera el anterior, hasta que nos hayamos conducido, arriesgado o embarcado en algo de forma que nos podamos sentir hombres nuevos dentro del viejo traje”.

¿Acaso no nos hemos percatado de que estamos abusando de la complexión física de nuestro país, jugando con su salud, menoscabando su vigor, dejándolo sin aliento, llevando sus nervios al límite, provocándole un coma?

¿No somos capaces de ver con claridad, seriedad y sentido de responsabilidad lo que nos dice un diagnóstico plagado de corrupción, evasiones, beneficios, privilegios, pensiones de lujo, repúblicas independientes, cínicos que ordeñan el Estado, eternas postergaciones?

Costa Rica está enferma, verdaderamente enferma —no es un simple dolor de cabeza, un leve sarpullido o — y que no se agudice su gravedad no depende de un vestido nuevo; mucho menos de parches, remiendos o tratamientos en tintorerías. Es hora de dietas, ejercicios, tratamientos, terapias, controles rigurosos y cirugía.

De TODOS depende que este cuerpo no se convierta en lo que el filósofo francés Henri Bergson (1859-1941), ganador del premio Nobel de Literatura en 1927, llamó “un envoltorio pesado y molesto, lastre inoportuno que mantiene en tierra un alma impaciente por elevarse”.

El problema no es el traje, sino el cuerpo.