No era adicto a las poses, frases prefabricadas, gestos histriónicos, ademanes ensayados ni juegos de luces. Un ser humano sin ingredientes artificiales

Por: José David Guevara Muñoz 10 diciembre, 2015
Guitarras y guitarrones fabricados por Don Chu, un hombre que sabía afinar la vida.
Guitarras y guitarrones fabricados por Don Chu, un hombre que sabía afinar la vida.

Se llamaba Jesús Mendoza Villarreal y era carpintero; lento, pero fino. También fabricante de guitarras y guitarrones, un enamorado de estos instrumentos cuyas cuerdas rasgaba con cariño. Además pescador, recuerdo varias cargas de pescado —de río o mar— secándose y tostándose al Sol en el solar de su casa en Sardinal de Carrillo, Guanacaste. No solo eso: pastor de una modesta congregación bautista.

Yo, que no soy ratón de iglesia ni cristiano fanático, lo admiré durante muchos años por su labor pastoral.

Don Chu, como le decíamos con cariño a ese guanacasteco amistoso, humilde y que masticaba muy bien las palabras antes de pronunciarlas, supo siempre lo que era una vida sencilla, con más épocas de necesidades o limitaciones que de bonanzas u holguras. Nunca fue un mercader de la fe, nunca procuró enriquecerse a costa de las necesidades espirituales ajenas, nunca utilizó la religión para engrosar su cuenta bancaria, comprar el 4x4 último modelo, la Harley Davidson del año o exhibir el Rolex de moda.

Tampoco fue un showman. En sus prédicas no había poses, frases prefabricadas, gestos histriónicos, ademanes ensayados ante el espejo, risas falsas, modulaciones adulteradas de la voz, juegos de luces, música de fondo. Era auténtico, natural, sin ingredientes artificiales.

Jamás lo vi utilizar sus dedos índices para señalar a alguien. Prefería escuchar en lugar de juzgar, comprender en vez de condenar, apoyar antes que aislar o pisotear. Era un ser humano bondadoso, misericordioso.

Apelar al miedo al infierno, el pánico al diablo, el terror a los demonios, el pavor a las llamas de fuego, el horror a los lamentos y el espanto a la condena eterna no formaba parte de su discurso; prefería hablar de Dios y su amor y perdón.

Como si fuera poco, no era adicto a los títulos rimbombantes y ególatras como "profeta", "apóstol", "maestro", "reverendo". Nunca lo vi pedirle o insinuarle a su congregación que le rindiera pleitesía ni adoración. Le gustaba servir, no que le sirvieran.

Se llamaba Jesús y hace ya un año que falleció, pero su huella profunda sigue presente y es ejemplo en un mundo donde abundan —en múltiples campos— personas que están lejos de ser como él.