Por: Juan Carlos Hidalgo 3 enero

Estamos a poco más de un mes de las elecciones y el panorama es deprimente. Si a esto le agregamos que el país está a la vuelta de tener una seria crisis económica debido a la insostenibilidad de las finanzas públicas –y que además cerramos el 2017 con el año más violento desde que existe récord–, el panorama se torna desolador. Basta repasar lo que hasta ahora hemos visto de los cinco principales candidatos para caer en cuenta de la triste disyuntiva en la que nos encontramos de cara a febrero:

Juan Diego Castro: Sus votantes están tan desencantados con la clase política, que parecen decididos a votar por alguien que promete venir a quemar el rancho con los muebles adentro –o, como él dice, “refundar el país”–. En estos pocos meses de campaña, Castro ha confirmado lo que muchos temíamos. En la línea de otros populistas latinoamericanos, ha propuesto una asamblea constituyente, ha instado a todos los magistrados de la Corte Suprema a renunciar, ha amenazado con acusaciones penales a medios de comunicación que le son críticos y ha denunciado un inminente fraude en las elecciones y la intromisión de mafias extranjeras –todo sin brindar pruebas–. Su sueño es una “democracia directa, sin partidos políticos y sin corruptos” donde él se yergue como el Rey Sol. Un mes es una eternidad en la política, pero todo parece indicar que el candidato del PIN será uno de los dos contendientes que pasará a la segunda ronda.

Antonio Álvarez Desanti: El desplome de Antonio Álvarez en las encuestas sería doloroso de atestiguar sino fuera porque, en palabras del empresario Andrés Pozuelo, se trata de un millonariote sin convicciones que toda su vida ha estado obsesionado por ser presidente. Tan patética ha sido su candidatura, que el PLN ya empezó a ningunearlo en su publicidad. En su lugar, vemos a otras figuras de esa agrupación apelando al “orgullo liberacionista”. Pero la cobija verdiblanca ya no da para tanto. El otrora partido dominante de la política nacional ahora comanda la simpatía de apenas un quinto de los votantes. El problema de Álvarez Desanti es que ni siquiera los liberacionistas lo apoyan. De ahí la campaña de marras, cuyo objetivo a estas alturas es amalgamar ese 20% de votantes que dicen ser del PLN y así evitar la humillación de quedar fuera de la segunda ronda. Una prueba más de la desesperación verdiblanca es la propuesta de entregarles bonos de $1.000 a los becados que saquen el bachillerato. Es el mismo populismo clientelista desesperado que llevó hace cuatro años a Johnny Araya a proponer un “bono alimenticio” para las familias más pobres. Ya sabemos en qué terminó esa campaña (y quién era su cerebro) …

Rodolfo Piza: La estrategia del candidato del PUSC parece ser no hacer olas y que la gente se resigne a votar por él ante el pánico que provoca Juan Diego Castro y la repulsión que genera Antonio Álvarez Desanti. Es así como tenemos un candidato que dice que enfrentará la delicada situación fiscal sin aumentar impuestos ni hacer reformas importantes del gasto público (¿les suena conocido?). En sus palabras, no hará nada para quitarle la “tranquilidad a los empleados públicos”. En pensiones, tampoco promete reformas estructurales, solo parches. Piza es el candidato del “nadadito de perro”. No sabemos si es porque es así su carácter –me lo temo– o porque sabe que al costarricense históricamente le gusta el “nadadito de perro”, o hacer cosas “a la tica”. Mucho indeciso parece haber estado contemplando votar por Piza, pero la parsimonia del socialcristiano en muchos temas resulta exasperante. El próximo presidente enfrentará varias crisis (fiscal, pensiones, violencia) que requieren de decisiones firmes, y no del palanganeo bonachón que nos ofrece el socialcristiano. En la única área donde Piza promete algo ambicioso, se trata de una propuesta disparatada desde el punto de vista financiero: construir un metro en San José.

Rodolfo Hernández: ¿En serio?

Carlos Alvarado: Si bien languidece en las encuestas con un 5% de la intención del voto, no por eso podemos descartarlo: ese es el mismo nivel de apoyo que tenía Luis Guillermo Solís en enero del 2014. Por supuesto, esta vez el candidato del PAC no puede presentarse como el abanderado del cambio. Cierto, inicialmente intentó venderse como la “continuidad del cambio”, pero con el estallido del “cementazo” y el colapso en la popularidad del gobierno, no le ha quedado otra que reinventarse –al punto de tener que abrazar a Ottón Solís en su campaña luego de que lo tratara de tres veces perdedor–. De hecho, Alvarado ha resultado ser uno de los candidatos más falsos en la contienda, como lo prueba el famoso audio “filtrado” donde dizque ventila su enojo con el gobierno. Con sus constantes –y forzadas– referencias a elementos de cultura popular, como su gusto por Led Zeppelin y Star Wars, a veces parece que más bien se está lanzando a presidente de gobierno estudiantil. Alvarado podrá ser el candidato más joven, pero su programa de gobierno huele a naftalina. Prueba de ello son sus propuestas para el agro que develó ayer, donde destaca un llamado al proteccionismo agrícola, a la planificación centralizada de la producción (¿cómo es que nadie ha intentado eso antes?), y –no puede faltar– el fortalecimiento del CNP. Sin embargo, no podemos descartar a Alvarado. Hay mucho votante agazapado del PAC que está pidiendo a gritos una excusa para votar por él –y probablemente la encuentren a pesar de todo–.

En las próximas semanas estaré escribiendo por este medio –y en mi columna semanal de La Nación– sobre los candidatos y sus propuestas. Porque, si bien con estas opciones a uno le gustaría desentenderse de la política, la política no se desentenderá de nosotros.