Por: .   27 mayo, 2014

Mucho se habla de la calidad de la educación, de que y como debe enseñarse, e incluso de los recursos disponibles. Ahora con el asunto de la huelga de maestros, y luego de escuchar a uno de ellos decir que “lo de la reposición de lecciones no es problema” (cuando considero –como padre de familia- que es lo más importante una vez que se resuelva el tema de los pagos), tengo mis dudas sobre si ello implica simplemente cumplir con ver el contenido de los programas o si el asunto del aprendizaje sigue siendo la prioridad.

Alrededor de este punto, el análisis de las pruebas PISA (http://publications.iadb.org/bitstream/handle/11319/698/Am%C3%A9rica%20Latina%20en%20PISA%202012%20%3a%20%C2%BFC%C3%B3mo%20le%20fue%20a%20la%20regi%C3%B3n%3f.pdf?sequence=1), para los países de América Latina nos da una señal clara de que algo no se está haciendo bien. El alumno promedio de A.L. solo alcanza el nivel más bajo de desempeño de PISA. De un lado estamos mal en matemáticas, también en lectura y en ciencias. ¿En que consiste entonces nuestra buena educación?

Loe empleadores dicen que los trabajadores son muy buenos para hacer cosas (que otros le dicen), es decir, somos buenos para seguir instrucciones, en otros niveles también quizás para dirigir (o será más bien para mandar?). Pero, ¿y quiénes son buenos para crear? ¿Dónde encontramos a esa masa crítica?

El asunto parece venir desde mucho antes de la crisis en la educación superior; muy probablemente desde la niñez, tiene que ver directamente con el error, y la mala relación que tenemos con él. En la escuela cuando el niño se equivoca (por ejemplo, porque quiere hacer las cosas de forma diferente), es reprendido porque no se enfoca en la “ruta establecida para todos”, ocurre lo mismo (y quizás peor) en la secundaria, porque no es solo el maestro sino también los alumnos (adolescentes).

Finalmente, no aprovechamos, o no podemos, o no nos dejan aprovechar nuestros mejores espacios de creatividad. Mientras somos más pequeños, no tenemos temor a equivocarnos, pero como sociedad les infundimos a los pequeños ese temor, limitando de esa forma su capacidad de ser original, de asombrar.

¿Porque nos sorprendemos entonces de no ser sociedades emprendedoras? ¿No es acaso que todos queremos un empleo asalariado que nos de seguridad y estabilidad? Estamos muy mal acostumbrados, y es la propia realidad la que nos está golpeando en la cara: existen cada vez menos empleos disponibles y los que lo están, requieren de más y más complejos conocimientos y competencias. Al mismo tiempo, más gente deserta de la educación (http://www.nacion.com/gnfactory/especiales/2014/desercionestudiantil/desercion_colegios.html?sk=desercionalza) por la necesidad de generar ingresos. Esto crea un círculo vicioso de pocos conocimientos, precariedad laboral, empleos mal remunerados, y por tanto, pocas posibilidades de darle a los hijos educación de calidad. El surgimiento del emprededurismo en nuestra región es resultado de lo anterior, y no de una toma de conciencia respecto de la existencia de otras opciones al trabajo asalariado. Afortunadamente se está aprovechando (para bien), esta situación para promover un tipo de emprendimiento de mayor calidad. Pero estas son islas de creatividad en un mar de inactividad.

Regresando al tema clave de la educación, ¿es posible empezar a desarrollar dentro del sistema educativo cada vez más espacios para que nuestros jóvenes hagan más cosas por su cuenta basados sus intereses y no en lo que queremos que aprendan?