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Exponer cuerpos enfermos sin voyerismo, el desafío de un museo vienés

El prestigioso museo de historia natural de Viena repensó completamente su exposición de anatomía patológica, compuesta de cráneos y órganos conservados en frascos, reflejando la evolución de las cuestiones éticas planteadas en las colecciones de restos humanos.

Su fondo, el más grande abierto al público del mundo con 50.000 piezas en reserva, se ubica en la "Torre de los locos" (Narrenturm), un edificio redondo inicialmente construido en el siglo XVIII para albergar un hospital psiquiátrico.

Inaugurada a principios de septiembre, la nueva presentación apuesta por la sobriedad tras un importante trabajo de renovación. Y semanalmente recibe a miles de visitantes para deambular entre osamentas y vísceras.

La directora del centro defiende este acceso abierto a todos cuando, en otros países, se suele limitar a investigadores.

"Todo el mundo se enfrenta algún día a enfermedades", justifica Katrin Vohland, ensalzando la virtud pedagógica y educativa de esta colección única, concebida en 1796 para formar a estudiantes en medicina.

"Algunos vienen a informarse porque ellos mismos están afectados, otros quieren saber más sobre los progresos de la ciencia", explica.

En el recinto se puede aprender como se manifiesta una lesión orbital, los efectos de un virus sobre el organismo o una quemadura en los vasos sanguíneos.

Para el comisario Eduard Winter, cuando los visitantes ven "un hígado que pesa 30 kilos (...), se dan cuenta de lo que el alcohol puede causar en el cuerpo humano".

En este día de otoño, los adolescentes recorren los pasillos con su profesor de biología, Christian Behavy. "Se asimila mejor aquí con la práctica que con la teoría" en la escuela, indica este.

Pueden ver el esqueleto de una niña con hidrocefalia, el cadáver de un bebé con la piel lacerada conservado en una preparación de fluidos. Algunos alumnos parecen impactados.

¿Es una exposición o una exhibición? La institución sitúa la frontera en aquellos cuerpos que puedan recordar al "Hombre elefante", un hombre con terribles malformaciones que fue expuesto en ferias a finales del siglo XIX.

"Tratamos de evitar el voyerismo dando el máximo de explicaciones didácticas posibles", señala Eduard Winter. Las fotografías, por ejemplo, están prohibidas.

En realidad, en Europa se exponen cadáveres detrás de vitrinas desde finales del siglo XVI, con las momias traídas de Egipto.

Pero en 2002 empezó a emerger una "toma de conciencia", estima Marie Cornu, directora de investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica francés.

El debate surgió cuando Sudáfrica reclamó enterrar los restos de Saartjie Baartman, una mujer del pueblo khoisan expuesta en Inglaterra y Francia tras su muerte en el siglo XIX.

Hace apenas una veintena de años que las instituciones "empezaron a plantearse estas cuestiones", dice Cornu.

Para ayudarlos, existe un código de deontología, escrito por el Consejo Internacional de Museos, que estipula que los restos humanos deben "ser tratados con respeto" y "el mayor tacto", "de acuerdo con la comunidad de origen".

Enfrentada a la misma problemática, Eloïse Quétel, responsable de colecciones médicas en la Sorbona de París, juzga que "no pueden presentarse como antes".

Hay que "acompañar al visitante por las razones por las que estas colecciones se han constituido y conservado", piensa.

En Narrenturm, aunque menos expuestos a las reclamaciones heredadas del colonialismo, Katrin Vohland asegura "conocer el contexto de entrada de los especímenes", llegados después de autopsias, los más recientes de principios del siglo XX.

"Es muy importante para saber qué podemos mostrar al público". "Nada adquirido ilegalmente" puede ser expuesto, insiste.

Y actualmente, aunque el derecho varía según los países, parece descartado "que alguien muera en un hospital y reaparezca a continuación en una exposición", asegura Herwig Czech, profesor de Historia de la Medicina en Viena.

La autorización de donar el cuerpo a la ciencia y a la investigación "no quiere decir en absoluto que se autorice a mostrarse en un museo justo después", insiste Marie Cornu.

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