La política exterior de la administración de Laura Fernández Delgado atraviesa sus primeros cuatro meses marcada por tropiezos y desencuentros que tuvieron su último episodio con la salida del entonces canciller de la República, Manuel Tovar.
La presidenta destituyó al encargado de las relaciones exteriores del país luego de señalar que no fue informada sobre la reunión del Escudo de las Américas, una iniciativa de seguridad hemisférica impulsada por el Gobierno de Estados Unidos (EE. UU.). Tovar se encontraba en territorio estadounidense para reunirse con el secretario de Estado, Marco Rubio, y participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU). Al mismo tiempo, Fernández emprendió su primer viaje internacional para reunirse con su homólogo colombiano: Abelardo de la Espriella.
Durante su estancia en Colombia, la mandataria rompió el libreto diplomático para decir que no quería recibir “ninguna basura” de dicho país, en relación a la criminalidad y al narcotráfico. También fue fotografiada yendo de compras.

Pero antes de ese quiebre entre la Presidencia y la Cancillería se había producido otro, esta vez en el frente diplomático. Tovar declaró al Miami Herald que Costa Rica ya no mantenía relaciones con Cuba. Desde La Habana manifestaron sorpresa ante la afirmación, pues no habían recibido una notificación oficial sobre una ruptura diplomática. Hasta ese momento, lo que Costa Rica había comunicado era el cierre de su embajada en la isla.
El episodio expuso una diferencia entre la decisión adoptada al final de la administración de Rodrigo Chaves —el cierre de la sede diplomática en Cuba— y lo que posteriormente afirmó Tovar sobre el estado de las relaciones entre ambos países.
“Ahí (ruptura de la relación con Cuba) sí hay una contradicción en torno a lo que se quiso hacer al final de la administración Chaves Robles (cerrar la embajada en Cuba) y lo que mencionó Tovar en sus últimos días en el puesto”, señaló Carlos Humberto Cascante, analista internacional.
La falta de sintonía entre la Presidencia y la Cancillería también quedó expuesta en otro frente diplomático: Panamá. Fernández acusó a ese país de mantener un “bloqueo comercial” contra productos costarricenses y anunció que Costa Rica activaría “todos los mecanismos a su alcance” para ponerle fin. Poco después, Tovar retomó el diálogo con su homólogo panameño.
Más que episodios aislados, estos desencuentros abren interrogantes sobre la capacidad de la nueva administración para articular una línea coherente entre las decisiones de la Presidencia y la gestión de la Cancillería. La continuidad de algunas políticas heredadas de Chaves convive, así, con un discurso presidencial que en sus primeros meses ha marcado nuevas prioridades y ha introducido tensiones en la conducción de las relaciones exteriores.

Versiones que no coinciden
El cese inmediato de Tovar, ocurrido el 24 de septiembre, tuvo como argumento central la supuesta negligencia del entonces canciller al no informar a la mandataria sobre la convocatoria del Escudo de las Américas, promovida por el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio. Según Casa Presidencial, la ausencia de la presidenta en ese encuentro ocasionó un daño de carácter estratégico.
La versión de Zapote contrasta con la agenda que la Cancillería ya tenía definida para Tovar. De acuerdo con declaraciones que el entonces canciller brindó al Miami Herald, desde al menos el 17 de septiembre —un día después de su reunión con Rubio— se conocía la convocatoria del Escudo y estaban definidos los siguientes pasos de su visita a Estados Unidos.
La gira de Tovar incluía, además, su participación en la Asamblea General de la ONU, una cita a la que Fernández había anunciado públicamente desde julio que no asistiría. En el programa Octavo Mandamiento, la mandataria explicó que no viajaría porque estaba “muy ocupada” y que “en esos días acá tenemos temas muy importantes en el país como para que yo me vaya a un viaje”.
Si bien la presencia de Fernández en Colombia se enmarca en una política exterior que empieza a priorizar la lucha contra el narcotráfico y la criminalidad, en la ONU se abordó por primera vez el impacto de la inteligencia artificial en la seguridad internacional durante una sesión especial del Consejo de Seguridad.
La ausencia de Fernández en Nueva York contrastó con su decisión de viajar de urgencia a Colombia para abordar asuntos de seguridad y narcotráfico con su homólogo, Abelardo de la Espriella. El movimiento no solo marcó el primer viaje internacional de la mandataria, sino que también evidenció una prioridad distinta a la que ocupaba la agenda multilateral de la ONU en esos mismos días.
Fue después del primer día de actividades de la Asamblea General que se llevó a cabo la sesión del Escudo de las Américas, convocada por Rubio. El encuentro adquirió especial relevancia por la presencia, no anunciada previamente, del presidente estadounidense Donald Trump. La participación de Trump no estaba contemplada inicialmente, según confirmó el presidente argentino Javier Milei al diario La Nación de Argentina.
Mientras esos encuentros se desarrollaban en Nueva York, Fernández permanecía en Colombia. Después de participar en la reunión de urgencia sobre seguridad, la mandataria realizó compras en una boutique de ese país, donde fue fotografiada.
En medio de ese cruce de agendas, el 24 de septiembre Casa Presidencial anunció el despido de Tovar. La Presidencia sostuvo que la participación de Costa Rica en el Escudo de las Américas había sido gestionada “de manera inadecuada” por el entonces ministro de Relaciones Exteriores y Culto.
El episodio dejó así dos versiones sobre una misma ausencia. Para Casa Presidencial, la falta de información sobre una reunión de relevancia estratégica justificó cuestionar la actuación del canciller. La reconstrucción de la agenda de aquellos días, sin embargo, muestra que la presidenta había optado por no viajar a EE. UU. y que, la ausencia ocurrió mientras desarrollaba su propia agenda internacional en Colombia.
Ruptura de relaciones
La falta de sintonía tampoco se limita a la coordinación de agendas. En el manejo de las relaciones con Cuba aparece otra diferencia entre las decisiones heredadas de la administración anterior y las actuaciones de la nueva Cancillería.
El 18 de marzo, durante la administración de Chaves Robles, Costa Rica ordenó el cierre de su embajada en Cuba. El entonces presidente justificó la decisión al señalar que no reconocía “la legitimidad del régimen comunista de Cuba” debido, entre otras razones, al “maltrato” y la “represión” contra los habitantes de la isla.
El cierre de una embajada, no obstante, no implica por sí mismo la ruptura de relaciones diplomáticas. La Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas contempla la retirada de una misión diplomática sin que ello suponga necesariamente el fin de las relaciones entre los Estados.
El escenario cambió cuando Tovar asumió la conducción de la Cancillería. En la misma entrevista con el Miami Herald en la que se refirió al Escudo de las Américas, el entonces canciller afirmó que Costa Rica ya no mantenía relaciones diplomáticas con Cuba. “Costa Rica ya no se prestará a legitimar un régimen tiránico y despótico que ha privado a su pueblo de la libertad más fundamental de una democracia”, declaró.
La afirmación tomó por sorpresa a las autoridades cubanas, que aseguraron no haber recibido una notificación formal sobre la ruptura. La Habana también planteó la posibilidad de que existiera presión de Washington sobre San José, debido a que las declaraciones de Tovar se produjeron un día después de su reunión con Rubio. El entonces canciller rechazó ese señalamiento.
Para Carlos Murillo, director del Observatorio de Desarrollo de la Universidad de Costa Rica (UCR), las versiones contrapuestas dentro de la propia Cancillería y entre el Ministerio y la Presidencia no responden necesariamente a un desconocimiento de los protocolos básicos del servicio exterior.
“Hay una gigantesca descoordinación a lo interno de la Cancillería que obedece más a un asunto a nivel de decisiones políticas de cómo manejamos las cosas”, afirmó.
Esas señales de descoordinación son la antesala de una crisis interna en el manejo de la política exterior. Cascante enfatizó que la descoordinación se está manifestando en las políticas de relaciones exteriores que desarrolla el Gobierno.
Las diferencias en torno al Escudo de las Américas y Cuba apuntan, de esta manera, a un problema que trasciende la salida de un canciller. Lo que queda bajo escrutinio es la capacidad de la administración Fernández para articular una política exterior en la que Presidencia y Cancillería compartan prioridades, mensajes y criterios de actuación.

Un cambio en el tono diplomático
Los primeros meses de la administración Fernández también han dejado señales de un cambio en la forma de comunicar y gestionar algunos asuntos de política exterior. La disputa comercial con Panamá, las declaraciones sobre Nicaragua y, más recientemente, el lenguaje utilizado en Colombia muestran un tono más directo en asuntos que tradicionalmente han requerido un manejo diplomático cuidadoso.
Uno de los primeros ejemplos apareció con Panamá. Desde sus primeros días en el cargo, Fernández trasladó al ámbito diplomático una disputa que hasta entonces se había manejado principalmente desde el frente comercial: el bloqueo de ciertos productos agrícolas costarricenses en ese país.
La mandataria sostuvo que el conflicto había superado las instancias de negociación del Ministerio de Comercio Exterior y que, por esa razón, había trasladado directamente el tema al entonces canciller, Manuel Tovar, “para que instale los mecanismos de diplomacia internacional y de acciones internas nacionales”. Fernández también aseguró que activaría “todos los mecanismos que estén a su alcance” para intentar levantar el bloqueo panameño a productos costarricenses.
El anuncio tomó por sorpresa al presidente de Panamá, José Raúl Mulino, quien cuestionó la forma en que Costa Rica había llevado el diferendo al terreno diplomático. “Fui el principal sorprendido de esas declaraciones el primer día de su mandato”, manifestó el mandatario, quien defendió su responsabilidad de proteger los intereses panameños frente a lo que calificó como un problema que también tenía antecedentes para su país.
La tensión escaló cuando Mulino ordenó suspender la venta de electricidad a Costa Rica y cuestionó públicamente la forma en que Fernández había planteado el conflicto. “Las relaciones internacionales se basan en mucha prudencia. Eso no quiere decir que uno guinde los guantes, pero no es a través de un púlpito, de una tarima, de una conferencia de prensa cuando yo voy a hacer exposiciones que tocan directamente las relaciones entre dos países que son vecinos y amigos, como es Costa Rica y Panamá”, señaló en mayo.
El episodio tuvo, sin embargo, una salida por la vía diplomática. Tovar abrió ese mismo mes una mesa de diálogo con su homólogo panameño, Javier Martínez-Acha Vásquez, lo que volvió a colocar el conflicto en el terreno de la negociación entre ambas cancillerías.
La forma de abordar las relaciones con Nicaragua mostró otra arista de ese cambio de tono. En una entrevista con NTN24, Fernández afirmó que los nicaragüenses tienen “su forma de gobierno que han elegido tener”. La declaración generó críticas de exmandatarios costarricenses, entre ellas las de Laura Chinchilla.
La expresidenta cuestionó las palabras de Fernández en la red social X y recordó que las tres últimas “reelecciones” de Daniel Ortega, en 2011, 2016 y 2021, fueron cuestionadas por observadores internacionales. También señaló que, en la última elección, siete candidatos presidenciales fueron encarcelados o inhabilitados.
Más recientemente, el lenguaje utilizado por Fernández durante su visita a Colombia volvió a mostrar ese viraje discursivo. La presidenta afirmó que Costa Rica no recibiría ninguna “basura” que Colombia “está limpiando”, en referencia a una política vinculada con la seguridad y el manejo de criminalidad.
El cambio, por tanto, no aparece únicamente en los temas que Fernández ha colocado en la agenda internacional, sino también en la manera en que la mandataria los comunica.
Cascante señaló que una de las prioridades en materia de política exterior debe ser que la persona que asuma la Cancillería brinde confianza y estabilidad a los socios internacionales del país.
El problema, a la luz de las situaciones anteriores, es que ese nuevo tono no siempre parece avanzar en la misma dirección que la gestión de la Cancillería.
