La tasa cero dejó de ser una simple promoción bancaria y se convirtió en una pieza clave de cómo se endeuda y consume hoy el costarricense. Más que un beneficio aislado, funciona como una puerta de entrada a una nueva forma de relacionarse con el crédito, donde pagar “sin intereses” se siente menos como deuda y más como una extensión natural del presupuesto mensual.
El informe “Perfil del Consumidor 2026”, presentado por Unimer y El Financiero, muestra que esta herramienta se mueve en un terreno donde el crédito ya no es excepcional, sino parte normal de la vida financiera, y donde casi todas las personas cargan con algún tipo de obligación que acompaña su ingreso mes a mes.
El estudio habla de una “normalización del endeudamiento invisible” y advierte que esta modalidad crea una ilusión peligrosa al disolver el miedo psicológico al crédito. El consumidor vive la tasa cero como una victoria emocional porque no hay intereses visibles ni desembolsos totales inmediatos.
De hecho, las cifras muestran que un 81% de los encuestados se sienten cómodos con esta modalidad de deuda. Dicho de otro modo, la tasa cero no eliminó el endeudamiento, lo hizo psicológicamente tolerable, incluso deseable.
Ante esto, Danilo Montero, director de la Oficina del Consumidor Financiero (OCF), lo plantea en términos muy directos: “Si mi hermano me presta ȼ100.000 sin intereses, es una deuda; si el banco o la cooperativa me presta ȼ100.000 con una tasa del 2% o 5%, sigue siendo deuda, solo que con un costo adicional”, explica.
Para el especialista, una compra a tasa cero y un crédito de consumo son, en esencia, lo mismo. Montero subraya que acumular varios planes a plazo sin intereses enfrenta al usuario a múltiples obligaciones que compiten por el mismo salario, tal como lo harían los créditos convencionales. La pregunta clave que debería guiar la decisión no es el gancho del 0%, sino calcular cuánto se pagará en total al final del plazo en comparación con una compra de contado. “Deuda es deuda”, enfatiza.
Los datos de “Perfil del Consumidor 2026” añaden otra capa al problema: el dolor central ya no es la deuda en sí, sino la “anestesia” frente a ella. El consumidor típico acumula planes de tasa cero sobre otras obligaciones —tarjetas, préstamos, créditos en comercios— sin tener un cuadro único de todo lo que debe ni del tiempo que le tomará salir de esos compromisos. De ahí aparecen fenómenos como la “fatiga de obligaciones”: muchas cuotas pequeñas, en distintos formatos, todas peleando por el mismo ingreso. La deuda deja de ser un puente puntual hacia una meta y se convierte en una especie de piso permanente sobre el cual se arma la vida económica.

Al mismo tiempo, el crédito en general ha cambiado de función. Según el estudio, el crédito dejó de ser una herramienta de crecimiento para convertirse en un puente de sobrevivencia: la gente ya no se endeuda principalmente para aspirar, sino para sostenerse. En ese contexto, la tasa cero deja de ser solo una conveniencia comercial y se convierte, para muchos, en una válvula de alivio que permite seguir comprando sin sentir que se cruza una línea de riesgo.
Bajo esta premisa, la tasa cero opera como alivio y riesgo a la vez. Alivio, porque reduce la culpa asociada al crédito; y riesgo, porque normaliza un endeudamiento fragmentado. Pero este impacto no se reparte igual, abriendo paso a las dos caras de la moneda. Para una parte de la población, es un beneficio que refuerza la sensación de “inteligencia financiera” al mimetizarse con el gasto corriente. Para otro grupo, especialmente en segmentos vulnerables, se usa desde la necesidad: es la única forma de financiar compras cuando el ingreso no alcanza, lo que detona incomodidad, culpa y miedo a perder el control.
Desde la acera bancaria, la perspectiva cambia y se enfoca en el dinamismo comercial. Mayid Sauma, vicepresidente de Banca de Personas, Medios de Pago y Pyme de BAC, señala que la tasa cero ha tenido un crecimiento sostenido en los últimos cinco años, tanto en transacciones como en montos. Desde la óptica del negocio, esto demuestra la consolidación de una solución financiera accesible y conveniente para adquirir bienes de forma planificada.
Sauma recalca que la herramienta es un habilitador clave que dinamiza las ventas de los comercios afiliados en sectores como retail, supermercados, salud y turismo. Las categorías de mayor uso incluyen tecnología, viajes y servicios médicos, lo que refleja un consumo orientado a productos de alto valor y bienestar. Además, explica que es una herramienta transversal y presente en todo el país gracias a la digitalización, con una fuerte inclinación actual hacia los plazos de 12 y 24 meses debido a que permiten cuotas más cómodas para los presupuestos.
En la práctica, tanto el informe como los voceros coinciden en que la información que ve el cliente antes de comprar es determinante para verificar su disponible, la cuota y el plazo. Sin embargo, el informe “Perfil del Consumidor 2026” plantea que el mercado aún debe avanzar en transparencia, mostrando de forma unificada el impacto acumulado de tener múltiples planes activos. El documento concluye que el discurso financiero debe segmentarse por generaciones: para los millennials y la Generación X, el enfoque debe centrarse en ordenar y no perder la visión del conjunto; mientras que para la Generación Z, el foco urgente debe ser el límite, enseñándoles a no normalizar el crédito como una parte inevitable de cada compra diaria.
Frente a este escenario, el verdadero desafío para el ecosistema financiero costarricense no radica en frenar el uso de la tasa cero, sino en rediseñar las herramientas de salud financiera con las que el usuario interactúa en el día a día. Las aplicaciones bancarias y las plataformas de comercio electrónico han sido sumamente eficientes en automatizar y simplificar el acceso al microcrédito a plazo; el siguiente paso lógico de la industria debe ser la creación de tableros de control integrados que permitan al consumidor visualizar, en tiempo real y en una sola pantalla, cómo cada pequeña cuota futura compromete su liquidez para los próximos meses.
Al final, la sostenibilidad de este modelo de consumo dependerá de un cambio de paradigma donde la transparencia tecnológica supere al mercadeo del beneficio inmediato. En una economía donde las fronteras entre el gasto corriente y el dinero prestado se han vuelto prácticamente invisibles, la madurez del mercado se medirá por la capacidad de los actores comerciales y bancarios para coadyuvar en la autogestión del límite.
Esa podría ser la llave para que una de las herramientas más eficientes de dinamización comercial no termine por saturar la capacidad de pago de una población que aprendió a consumir bajo la premisa de que el futuro siempre es financiable.

