La cerveza es un viejo conocido de los costarricenses, sobre todo cuando de reuniones sociales se trata. Ahora su consumo no se limita a celebraciones, sino que se extendió a los hogares y comercios como un acompañante casual.
Su demanda generó una vasta variedad de marcas y tipos en el mercado; algunas con menor contenido calórico, saborizadas, ajustadas a condiciones de tolerancia alimentaria y distintas concentraciones de alcohol.
Este último aspecto, en principio, es el atractivo que muchos encuentran en estas bebidas, pues las personas buscan encontrarse, en mayor o menor medida, bajo sus efectos.
No obstante, las décadas pasaron y una creciente concientización sobre las consecuencias que este consumo provoca sobre la salud salió a relucir en un nuevo producto apto para reemplazarlas: la cerveza sin alcohol.
Pese a que no goza de una popularidad desproporcionada en Costa Rica y hay pocas versiones producidas en territorio nacional, lo cierto es que sus importaciones se muestran al alza, especialmente durante los últimos tres años.
La Promotora de Comercio Exterior (Procomer) posee un registro de los productos que entran y salen del país, entre ellos este tipo de cerveza a partir de 2017.
Según sus datos, las importaciones se mantuvieron en números bajos antes de 2022 en comparación con lo que ocurrió en adelante; a partir de entonces, el crecimiento, que ya venía acelerando, se potenció aún más.
De hecho, pasó de contabilizar tan solo $25.630 en 2017 a un total de $1,6 millones en 2024; es decir, el monto se multiplicó 64 veces en siete años.
Ese, sin embargo, es el crecimiento generalizado entre el primer año de registro oficial y el último completo disponible, pero es importante notar el cambio especialmente entre 2023 y 2024.
En ese lapso, las importaciones pasaron de $268.900 a $1,6 millones, lo que supone un crecimiento superior al 500%.
A octubre del 2025, ya se contabilizaba un valor importado de $1,5 millones, por lo que la tendencia indica que el año pasado podría haber cerrado con un monto similar o incluso mayor de importaciones de cerveza sin alcohol.
Sin embargo, todavía presenta cifras bajas en comparación con otros productos, como la cerveza tradicional, que sigue dominando el mercado.
Para tener un panorama del comportamiento de las importaciones, se consideraron en conjunto las cuatro categorías definidas por Procomer en el mismo periodo. Estas se clasifican en: contenido de alcohol hasta 15% por volumen, más de 15% y menos de 30%, más de 30% y presentaciones en envase desechable bajo esos mismos rangos.
La comparación deja en claro números considerablemente más altos en ese conjunto, pero, entre todo, destaca un fenómeno particular: un breve decrecimiento de importaciones a partir de 2023, justo cuando su contraparte sin alcohol se aceleró.
El 2023 marcó el récord de importaciones de las versiones tradicionales en el periodo analizado, con $36,9 millones. Sin embargo, perdió levemente su fuerza y bajó a $35,1 millones en 2024.
Los países de origen y recibimiento en mercado tico
Los países de origen de la cerveza sin alcohol que llegó a Costa Rica durante el 2024 (12 meses completos) fueron siete: Alemania, Bélgica, Canadá, España, Países Bajos, México y Reino Unido.
De los $1,6 millones importados en ese periodo, cerca del 95% proviene de Países Bajos, país que destaca por encima de los demás desde 2023. Le siguen México y España, aunque con números mucho más bajos.
En cambio, en el mismo año la contraparte que posee alcohol provino de 30 naciones, y destacó el liderazgo de Alemania con $11,6 millones.
Si bien hay una limitada cantidad de países de origen, la oferta disponible en los supermercados costarricenses es relativamente amplia, con presencia de múltiples marcas.
Alejandra Masís, gerente comercial de productos secos en Auto Mercado, explicó que la cerveza sin alcohol registró un aumento acumulado cercano al 45% en unidades durante los últimos dos años, mientras que a noviembre de 2025 la variación rondaba el 13%.
Esta observación es congruente con el auge observado hasta años recientes, contrario a la tendencia previa a la pandemia.
La cadena cuenta con nueve marcas y alrededor de 17 presentaciones, en su mayoría importadas. Entre ellas, destacó a DAMM (española), Clausthaler (alemana), Estrella de Galicia (española), Royal Dutch (holandesa), Mahou (española), Heineken 0.0 (holandesa) y Corona Cero (mexicana), además de la nacional Imperial Cero.
A juicio de Masís, este desempeño está alineado con un consumidor que valora opciones asociadas a un estilo de vida saludable.
Por su parte, María Pía Robles, directora de relaciones corporativas de Florida Ice and Farm Company (Fifco), destacó que su producción de Heineken 0.0 e Imperial Cero evolucionaron notablemente.
“La categoría de cervezas sin alcohol ha mostrado un crecimiento sostenido a nivel global, gracias a su versatilidad y a la preferencia creciente por estilos de vida más saludables. Son elegidas por quienes buscan moderar su consumo en diferentes momentos del día o simplemente disfrutar de una experiencia cervecera sin alcohol”, coincidió.
En el caso de Costa Rica, consideró que se trata de un segmento en plena expansión y con alto potencial, por lo que espera que más consumidores adopten estas alternativas en los próximos años.

Ambev Costa Rica, la filial local de la cervecera Anheuser-Busch InBev (AB InBev), también reporta un crecimiento acelerado en la demanda de cerveza sin alcohol.
Tanya Herrera, Marketing Head de la empresa en el país, indicó que Corona Cero registró un incremento de volumen cercano al 300% desde su lanzamiento, muy por encima de las proyecciones iniciales.
Adjudicó este interés a un cambio en los hábitos de consumo y en las ocasiones de consumo, “especialmente en épocas del año donde el consumo de cerveza suele aumentar”.
En cuanto a los precios de venta, se revisaron los disponibles en los sitios web de tres supermercados en el país: Auto Mercado, Walmart y Mas x Menos. El rango va de los ¢600, en el caso de una botella de 250 mililitros de Estrella Galicia 0%, hasta una Heineken 0% de 330 mililitros por ¢1.145.
Su disponibilidad es mayormente por unidad y no en paquetes, sin embargo, los precios no distan de forma considerable en contraste con las versiones de aporte alcohólico. Incluso pueden ser más bajos; por ejemplo, mientras una Corona Extra de 355 mililitros tiene un valor de ¢1.200 en Walmart, la misma medida de Corona Cero vale ¢1.140.
Una perspectiva social y de salud
El creciente interés por este producto es una respuesta a transformaciones sociales, culturales y generacionales amplias, más allá de estrategias para favorecer el comercio.
Así lo explica Jaime Caravaca, investigador y docente en Salud Colectiva y Drogas de la Universidad de Costa Rica (UCR).
Bajo su perspectiva, y de acuerdo con su análisis de estudios internacionales, estas bebidas pueden contribuir a reducir el consumo de alcohol en determinados grupos, aunque no es una solución universal suficiente por sí sola.
“Puede funcionar como una herramienta dentro de estrategias de reducción de daños, especialmente para personas que buscan moderar o transitar hacia la abstinencia” afirmó.
Sin embargo, aclaró que la evidencia aún es insuficiente para sustentar alternativas basadas únicamente en este enfoque, por lo que debe entenderse como una opción complementaria y no como reemplazo absoluto.
Además, atribuyó el crecimiento de esta categoría a una reconfiguración del lugar que ocupa el alcohol en la vida social, marcada por una mayor valoración del bienestar físico y mental.
“No estamos ante una sociedad que deja de beber, sino ante una que reformula el sentido de beber”, comentó.
En ese proceso, el consumo deja de asociarse al exceso y se vincula cada vez más con prácticas reguladas y conscientes, en las que incluso se normaliza no consumir en reuniones.
Este cambio, añadió, es más visible entre millennials tardíos y la generación Z, grupos que beben menos en comparación con generaciones anteriores a la misma edad; asimismo, inician el consumo más tarde y con mayor conciencia sobre los efectos físicos, mentales y sociales del alcohol.
Su experiencia le ha permitido observar este comportamiento con mayor fuerza en el Gran Área Metropolitana (GAM) y en segmentos de ingresos medios y altos, mientras que en zonas rurales y costeras el consumo tradicional es predominante.
No obstante, advirtió que, aunque no existe evidencia de que estas alternativas generen adicción o dependencia, no son nutricionalmente neutras.
“Su contenido de azúcares, carbohidratos y sodio implica que un consumo excesivo podría tener efectos no deseados, como aumento de peso u otros riesgos metabólicos. Por eso, el consumo debe seguir siendo moderado y crítico”, comentó.
