
Hemos escuchado muchas veces la historia de Henry Ford, su visión de negocios y su espíritu innovador. Sin embargo, pareciera que su biografía se paralizó en el tiempo. Después del Modelo T, cuya participación de mercado había llegado en 1914 a un 50% de todos los automóviles estadounidenses, no es fácil encontrar anécdotas destacadas que nos permitan seguir sus logros, como lo podríamos hacer con otros muchos líderes.
Jhon C. Maxwell, en su libro Las 21 leyes irrefutables del liderazgo , lo explica de la siguiente manera: “Henry Ford estaba tan enamorado de su Modelo T, que no tenía intenciones de cambiarlo ni de mejorarlo, ni quería ninguna otra persona que lo intentara. Una vez, cuando un grupo de sus diseñadores lo sorprendieron presentándole el prototipo de un modelo mejorado, Ford sacó las puertas de las bisagras y destruyó el auto con sus propias manos”.
El amor ciega, pero la pasión desenfrenada hace perder cualquier tipo de objetividad. Ford se enamoró tanto de su creación – de sí mismo, podríamos decir– que perdió su visión por completo. El amor propio y el egocentrismo le hicieron incapaz de formar a sus sucesores, de recrear el proceso de creatividad que había le había permitido conquistar la cima de la creatividad. “No fue sino hasta 1927 que finalmente, de mala gana, accedió a ofrecer al público un nuevo modelo. La compañía produjo el Modelo A, pero este era muy atrasado en comparación con sus competidores en lo referente a innovaciones técnicas”, agrega Maxwell.
Esto hizo que, en 1931, su participación de mercado se redujera a un 28%, poco más de la mitad de lo que había producido casi dos décadas antes. Ford pasaría a la historia como un innovador, un genio de la producción en serie, pero nunca como un estratega. Su narcicismo le hizo perder la capacidad de admiración, esa sensibilidad para sorprenderse ante lo desconocido. Pensó que había encontrado la piedra filosofal, que la novedad había llegado a su apogeo, y eso lo inhabilitó para conservar su liderazgo de mercado y también como dirigente de su propia compañía. Lejos de motivar a sus colaboradores, les humillaba.
Al principio –concluiría Maxwell–, la gente no sigue causas dignas, sino que siguen a los líderes meritorios que promueven causas loables. Cuando la competencia contra el mercado se desvirtúa para convertirse en una lucha de egolatría, el valor de las persona deja de ser una prioridad. Ford pensó que había agotado la verdad, pero en realidad estaba empalagado de sí mismo.
Formación espiritual
Hoy día, quizás uno de los retos más grandes de la sociedad moderna es formar a los futuros líderes en la austeridad, pero no solo material, sino también espiritual, si le podemos llamar así, en desprenderse de su afán de protagonismo. Las redes sociales y un mundo tan mediatizado hacen que todos queramos ser el centro de atención, de una forma u otra. No obstante, algo de madurez y sentido común nos permiten recobrar la perspectiva de la realidad.
A mi modo de ver la juventud, el problema es que las nuevas generaciones –y en ocasiones las mayores también– tendemos a confundir la fama y el éxito con el reconocimiento público, y tendemos a ver la humildad y el pasar inadvertidos como un escollo en la ruta del éxito.
En muchas ocupaciones y circunstancias, tener bajo perfil es más bien una ventaja competitiva: quien tiene la disciplina de actuar con discreción suele tener disciplina para muchas otras actividades de la vida. Es innumerable la cantidad de políticos y artistas que pierden su prestigio o incluso su cargo, por haber actuado con precipitación.
Por eso mismo, no me cansaré de mirar ejemplos de liderazgo como el que nos ofrece el papa Francisco: no cabe duda que es el último en buscar ser noticia, pero no olvida el alcance de sus acciones, porque su primado no es un primado de poder, sino de ejemplo en el servicio a los demás.
En el fondo todo líder debería actuar así: no buscarse a sí mismo, sino anteponer el bien de las personas.