La eliminación de los aranceles y el establecimiento de disciplinas para el uso adecuado y justificado de medidas no arancelarias no bastan

Por: Alexánder Mora 29 diciembre, 2017
Comercio internacional
Comercio internacional

El pasado 7 de diciembre, en el Día Nacional del Exportador, rendimos tributo a ese conglomerado de alrededor de 30% de la población ocupada del país que, desde ciudades, mares y campos, desempeñándose laboral o empresarialmente, producen y comercializan los bienes y servicios que nuestras tierras, aguas, músculos y mentes generan.

La ocasión es propicia, no solo para preciarnos de la exitosa diversificación, sofisticación y aumento constante de nuestras exportaciones de bienes y servicios -a las mayores y más estables tasas de crecimiento del continente americano en los últimos tres años-, sino para reflexionar sobre el futuro y tomar conciencia del cambio de paradigma que nos debe ocupar para seguir siendo líderes: la facilitación del comercio.

Aranceles y obstáculos técnicos

Hasta la década pasada los aranceles eran todavía el paradigma dominante del comercio internacional. Fueron, por siglos, el instrumento para limitar la competencia entre países y, con ello, inhibir los mecanismos virtuosos para estimular la división y especialización de la producción, que permite optimizar la eficiencia en el uso de los recursos escasos, cada vez más comprometidos y estrechos en relación con el crecimiento de la población y el deterioro del ambiente. Indujeron una espiral de baja productividad global que ha comprometido de manera importante la sostenibilidad del crecimiento y las perspectivas de una prosperidad más inclusiva.

Afortunadamente, la racionalidad poco a poco se ha impuesto y, gracias al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT por sus siglas en inglés), a los acuerdos comerciales multilaterales suscritos al fundarse la Organización Mundial del Comercio (OMC) y a los cientos de acuerdos de libre comercio bilaterales y regionales suscritos entre sus países miembros, los aranceles son hoy un paradigma extinto o en vías de extinción.

Paralelamente, a la sombra de los aranceles proliferaron por décadas las barreras técnicas al comercio, medidas que, si son aplicadas de forma arbitraria y discriminatoria, pueden tener efectos más negativos sobre el comercio que los mismos aranceles. Y los acuerdos de la Ronda Uruguay de 1994 fueron la respuesta para establecer disciplinas que limitaran el uso de este tipo de mecanismos a aquellas situaciones justificadas científicamente, para proteger valores superiores como la vida humana, la salud, la seguridad y el ambiente.

Nuevo paradigma

La eliminación de los aranceles y el establecimiento de disciplinas para el uso adecuado y justificado de medidas no arancelarias no bastan, se quedan cortos para potenciar verdaderamente el comercio. Hoy, la proliferación de trámites, las ineficiencias logísticas y las complejidades administrativas han creado un enjambre de trabas que encarecen sustancialmente el comercio.

Para combatirlas y abatirlas, se negoció y suscribió en la OMC en 2013, el Acuerdo de Facilitación del Comercio. Así como los países que lograron mayores niveles de bienestar fueron aquellos que más rápidamente desmantelaron los ineficientes modelos de protección arancelaria y ajustaron sus estructuras productivas, su institucionalidad y hábitos regulatorios al paradigma del libre comercio, igual sucederá con los que más pronto asumamos la facilitación como pilar de la política comercial moderna.

La facilitación del comercio no es eliminar controles. Es diseñarlos y usarlos inteligentemente, con la eficiencia como eje central, y con una base científica y estadística que maximiza el aprovechamiento de las tecnologías disponibles en la actualidad.

En abril pasado, la Asamblea Legislativa aprobó la Ley No. 9430 -Acuerdo de Facilitación del Comercio de la OMC- y, a propuesta del Ejecutivo, define el modelo nacional de gobernanza en este tema, a través de la creación del Consejo Nacional de Facilitación del Comercio (Conafac).

Con gran satisfacción, anticipo que el modelo elegido por Costa Rica se convertirá en un referente a nivel regional y global. Tres elementos sustentan mi afirmación. Primero, porque potencia el diseño de alianza público-privada y el modelo colegiado de gestión, que hace del sector de comercio exterior el más eficaz en nuestro Estado, para implementar políticas públicas de pronto y profundo impacto simultáneos. Segundo, porque su arquitectura garantiza la atención de todas las áreas relevantes a la facilitación y es flexible para adaptarse a los retos futuros (cubre infraestructura, tecnología, procesos en frontera, procesos logísticos en todo su ciclo, normativa, coordinación interinstitucional local y con nuestros socios comerciales; y todos los medios, ya sea terrestres, marinos, aéreos o electrónicos). Y, finalmente, porque sus decisiones en la materia de facilitación, son vinculantes para toda la Administración Pública y los privados en Costa Rica.

Conafac integra y ordena el modelo de pesos y contrapesos con que nuestro comercio exterior opera y finalmente crea las condiciones jurídicas, técnicas, institucionales y políticas que permitan una gestión efectiva de ejecución por parte de las distintas entidades con competencias legales específicas en la administración de acuerdos comerciales, tan solicitada por todos los sectores.

Confío en que esto, aunado a los cambios que gestionamos como parte del proceso de ingreso a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos –OCDE– (particularmente en materia de competencia y protección al consumidor), marquen un antes y un después, tanto para el aprovechamiento productivo, como para el disfrute de nuestros consumidores, de los profundos y amplios beneficios que el comercio internacional trae a nuestra sociedad y a nuestra economía, asfixiados por años entre los controles burocráticos y las perjudiciales concentraciones en los mercados domésticos.

Alexánder Mora es ministro de Comercio Exterior.