Opinión

Editorial: Influjo de las materias primas

Varias fuerza intervienen en el reciente aumento mundial en los precios de las materias primas y el efecto combinado de todas ellas se traducirá mayores costos de producción para las empresas

El mundo está experimentando un incremento en los precios internacionales de las materias primas como no se veía desde hace 10 años. De acuerdo con el Banco Mundial, los costos de la energía se han incrementado 80% durante 2021 y se espera que mantengan esos niveles en 2022. Esto está generando presión sobre la medición de la inflación y provocando que el crecimiento económico aumente en los países exportadores de energía en detrimento de los importadores. El Banco proyecta que, en el caso de las materias primas no relacionadas con la energía, como los bienes agrícolas y los metales, reduzcan sus cotizaciones durante 2022, luego de haber experimentado altas ganancias en el presente año.

El aumento en el precio de las materias primas es el resultado de la combinación de varias fuerzas que operan en los mercados internacionales. En primer lugar, el detonante fue la crisis de la COVID-19 que provocó la paralización de la producción ante la interrupción del comercio internacional como resultado de las medidas de aislamiento mundial para detener el avance de la pandemia. Ello provocó cierres temporales y permanentes de fábricas, así como la clausura de comercios.

En segundo lugar, las principales economías del mundo brindaron ayudas fiscales a sus ciudadanos que perdieron empleos y los bancos centrales dieron estímulos monetarios para apoyar el mantenimiento de la demanda agregada y promover la reactivación económica. Esto ha tenido como consecuencia una reactivación del empleo, pero también una disminución en la tasa de participación de la fuerza de trabajo, pues hay un grupo de trabajadores que prefiere quedarse en casa y cobrar la ayuda del gobierno que buscar un trabajo. Con ello, la oferta no ha logrado reactivarse todo lo que se ha querido, aunque la demanda sí lo ha hecho, lo cual ha llevado a un incremento en la inflación.

En tercer lugar, relacionado con el punto anterior, está el fenómeno de la disrupción de las cadenas internacionales de distribución marítimas. El fuerte aumento en la demanda por bienes en países como los Estados Unidos, la cual tiene un alto componente de productos importados de Asia, causó problemas de desabasto ante la imposibilidad de las compañías navieras de satisfacer toda la demanda. Es así que, Estados Unidos, por ejemplo, ha visto limitada su capacidad de logística portuaria pues el 40% de las mercancías importadas por ese país ingresan por los puertos gemelos de Long Beach y Los Ángeles, los cuales están saturados. El resultado ha sido que los contenedores queden varados más tiempo a espera de ser desembarcados y el costo del flete marítimo se incrementó al menos cinco veces en comparación con los valores previos a la pandemia. Esto ha aumentado el costo de los bienes no solo de forma directa, sino también, porque obliga a las empresas a mantener mayores inventarios.

Esta combinación de eventos hacen pensar a bancos centrales y a organismos internacionales, incluido el Fondo Monetario Internacional, que el incremento en el precio de las materias primas no es tan temporal como inicialmente se pensó, sino que al mundo le tomará más tiempo normalizar las condiciones de oferta y controlar el crecimiento de la demanda, lo cual es incierto dada la recurrencia de nuevas variantes del coronavirus, que amenazan nuevamente con paralizar, parcialmente, las economías y el comercio. De hecho, la Reserva Federal de los Estados Unidos (la Fed) ha visto cómo inflación de ese país ha superado la mayor tasa en más de 40 años y ya no están viendo el fenómeno como coyuntural, sino permanente. Ante esto, se espera un ajuste en tasas de interés internacionales más pronto de lo que se creía. La opinión promedio de los presidentes de la Fed es de tres incrementos de tasas en 2022 y otros tres en 2023.

¿Cómo afecta estas tendencias al mercado costarricense? Es claro que el incremento en precios internacionales de las materias primas, el alza en el costo de los fletes marítimos y la mayor inflación internacional presionan los costos de producción de las empresas locales. Todo ello se puede visualizar como un deterioro de los términos de intercambio, lo cual a su vez presiona al alza el tipo de cambio.

Estas tendencias se ven, a su vez, correspondidas por una política monetaria expansiva del Banco Central de Costa Rica en su intento de mantener las tasas de interés bajas, con el consecuente castigo por invertir en colones, lo cual provoca mayores presiones sobre el mercado cambiario y sobre la tasa de inflación local. Esta posición comenzó a dar un giro esta semana con el aumento de medio punto porcentual en la tasa de política monetaria, a 1,25%.

Es claro que el incremento en precios internacionales de las materias primas, el alza en el costo de los fletes marítimos y la mayor inflación internacional presionan los costos de producción de las empresas locales. Todo ello se puede visualizar como un deterioro de los términos de intercambio, lo cual a su vez presiona al alza el tipo de cambio.

¿Cómo podrían las empresas y el país, en general, prepararse ante este tipo de eventos? Si bien las situaciones explicadas al inicio son externas, el país podría sacarle provecho a dos recursos estratégicos como lo son su ubicación y la menor dependencia energética de combustibles fósiles. En el primer caso, la disrupción de las cadenas de suministros podría favorecer el nearshoring de empresas hacia Costa Rica. Por ello, resulta necesario avanzar en el mejoramiento del clima de negocios para la atracción de inversión extranjera directa, incluyendo un extenso plan de simplificación de trámites que dinamice la economía. En el segundo caso, el país tiene la capacidad de alcanzar la autosuficiencia energética de fuentes renovables y más limpias como lo son la geotermia y la explotación de energía hidroeléctrica, mucha de la cual hoy se desperdicia, incluso en plantas ya construidas, por la adopción de un modelo de generación monopólico. Por ende, la competencia permitiría una mayor inversión en capacidad eléctrica y menores costos para empresas y consumidores.