Maduro fue un dictador oprobioso, falsificó elecciones, llenó las cárceles de presos políticos, torturó, mató a sus opositores, burló las leyes o las hizo a su medida. Nadie lamenta que cayera.
La operación militar que llevó a su captura ha sido caracterizada por el New York Times (NYT) como ilegal e imprudente. La crítica más aguda provino del Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, quien señaló que no respetaron las normas que rigen las relaciones entre Estados y sienta un precedente peligroso que pone en riesgo el orden global.
En el Consejo de Seguridad, los Estados Unidos argumentaron defensa frente a la agresión narcoterrorista, su responsabilidad de proteger al hemisferio y la ejecución de órdenes judiciales internacionales.
Más allá de lo jurídico surge otro problema: la transición hacia un nuevo tipo de régimen y la relación con el trumpismo aislacionista, contrario a las guerras sin fin.
La posición de la republicana Marjorie Taylor criticando a Trump por querer gobernar Venezuela, cuando su deber es gobernar los EUA, se une a otros sectores del movimiento Make America Great Again (MAGA), como el congresista Thomas Massie quien denuncia una guerra contra el narco para ocultar el verdadero propósito: la codicia por el petróleo. Otros critican el operativo diciendo que derrocar un gobierno es fácil pero administrar el caos que se provoca es otra cosa.
Una parte de la base MAGA se ha visto reconfortada por la imagen de hombre fuerte proyectada por Trump, pero otra piensa que la intervención pueda ser una distracción de temas internos, como el caso Epstein, la economía doméstica o el descenso en las encuestas.
Una reciente encuesta Reuters-Ipsos encontró que el 72% de los entrevistados estaban preocupados por el involucramiento en Venezuela, se oponían a gobernar ese país (44%-34%) y en contra de plan para controlar el petróleo (46%-26%).Por otra parte, de acuerdo con RealClear Politics, el 52,6% no aprueba la gestión de Trump.
Aunque el tirano Maduro era la cúpula del régimen, su descabezamiento no significa, en lo inmediato, el fin de este.
El ejército no se ha desbandado, los paramilitares siguen organizados y la presidenta Rodríguez afirmó que el presidente legítimo era Maduro, aunque ofrezca su cooperación a Trump y al procónsul Rubio. Las turbulencias dominan y la transición podría ser hacia el desorden o hacia una nueva intervención, apartada esta del deseo no empantanarse en una ocupación. Así como de la negativa a convocar a elecciones.
La situación es compleja. Recientemente el Senado estadounidense encaminó hacia la votación final una resolución para frenar las acciones militares de Trump en Venezuela. La legislación prohíbe nuevas hostilidades de Estados Unidos contra Venezuela sin autorización explícita del Congreso.
Desde el lado de la Casa Blanca, Gobernar Venezuela supone que el país no caiga en el caos, al tiempo que reafirma su dominación sobre el Hemisferio Occidental tal y como lo señala la revista The Economist.
El duelo verbal con el presidente Petro y las amenazas contra este auguraban una extensión del conflicto y inestabilidad regional, pero el anuncio de una entrevista de Petro y Trump inicia una distensión.

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Constantino Urcuyo Fournier es abogado y doctor en Sociología Política de la Universidad de París. Catedrático de la Universidad de Costa Rica, exdiputado y director académico del Ciapa. Profesor visitante en las universidades de Tulane y Salamanca. También es consultor internacional y nacional para diversas empresas.